En la última página, el libro puso fín y se quedó sin palabras

En la última página, el libro puso fin y se quedó sin palabras y yo, vencida por el cansancio, cerré los ojos y empecé a soñar: las letras se escapaban del libro y, traicionando su vocación y su oficio, se dirigían volando hacia la estantería de mi salón, se introducían en mi antiguo televisor Sony de 26 pulgadas y empezaban a jugar al fútbol. Dentro del campo, tenían unas patitas negras diminutas: parecían hormigas sobre el césped.
Claramente vi que el árbitro, que era la letra a, pitaba el comienzo del partido. La r empezó a regatear, la c corría y la m marcaba al contrario. El juego se jugaba con pasión. A los cinco minutos, una g metió un gol con la O en la portería de la p. Las emes masificadas se enfadaban con las ges y las pes reclamaron fuera de juego. Yes dijo el linier, que era inglés, al preguntarle el árbitro. Y las pes y las ges pasaron a mayores. La i insultó, la e se enfureció y yo me sorprendí a mi misma vociferando como una vulgar v.
En el gol norte, las enes no entendían nada y apoyaban a las pes, que festejaban la fiesta con la f. En el gol sur la iracundia de la i era insoportable y la l echaba más leña al fuego. Se lió la mundial. «Llamemos a la policía», dijo la elle, que ese momento dejaba de serlo. Y aquello ya no era un juego sino una guerra de erres, que seguían erre que erre con los errores.
Mientras, en las gradas, una t tonteaba con otra t y a la c le daba un ataque de celos. Las tres pasaban del jaleo de la j, del gol de la g, de las emes masificadas y de la yes del linier inglés. Tenían otras preocupaciones. En el asiento de al lado la e intercambiaba guiños con la ñ, que levantaba la ceja sorprendida. La q, sin embargo, estaba quieta buscando una u para formar un que, aunque era difícil, porque la e se encontraba al otro extremo del campo y seguía enfurecida y la u estaba ausente porque le dolía una uña que le había partido una p con el puño. La h estaba despistada hurgándose los mocos ante la mirada curiosa de la z que la miraba desde la punta de su nariz respingona. La w, prima del linier, se fue al bar y se tomó un güisqui inglés con la b, que bebía como una cosaca. La k, la pobre, se sentía sola y era un poco invisible: había que kometer una falta para verla. Poco a poco, volvió la calma a las emes de la masa, a las uves, a las ies y a las erres. El partido acabó en empate a cero.

1 comentario:

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