El viejo mago de la calle Goles


Usted no me creerá porque me ve como me ve, no solo viejo, sino vencido y derrotado, que es la peor vejez que puede existir, pero yo le juro que, durante los años ochenta, fui el mejor mago de España. Sí: aquí donde me ve, que no tengo hoy donde caerme muerto. Si no se lo cree puede venir conmigo a mi casa; bueno, no a mi casa, sino a la habitación donde vivo, ahí cerca, a la vuelta de la esquina, en la calle Goles. Porque esa es otra: ya no tengo ni casa, que la mía me la embargó el banco; así se porta este país con los viejos y fracasados como yo.

Échese un trago conmigo, señor, que yo le invito. Camarero, ponga un vino.

Como le iba diciendo, tengo todos los recortes de periódicos de aquella época, todas las fotos y todos los reportajes donde se alababa mi destreza. Trabajé en el Circo Mundial, en el Gran Circo Ruso, en el Teatro de la Magia. Pero…¡ay, que poco duró aquello!: el éxito se esfumó prácticamente de la noche a la mañana. Los circos y los teatros dejaron de contratarme, sin más. Mis números se estaban quedando anticuados; eso fue, al menos, lo que me dijeron. Aunque yo creo que la razón fue otra: Los niños ya no se sorprendían cuando veían a un conejo salir de la chistera, a una paloma aparecer entre un pañuelo o a la pobre Verónica escapar indemne de los siete cuchillos que habían atravesado el cajón. Pobre muchacha: ella está peor que yo: muerta y enterrada; tuvo un accidente, ¿sabe usted? O tal vez, sea mejor así: morir a tiempo, antes de sufrir esta humillación.

Le iba diciendo que lo que pasó, en realidad, o así lo creo yo, no es que mi magia estuviera pasada de moda, o que yo hubiera perdido facultades, como algunos empresarios tuvieron el valor de decirme, es que los niños dejaron de creer en la magia. Me lo dejó claro un chavea con el que estuve hablando el último día de la temporada de la Feria de Abril del 87. Me acuerdo bien porque ese fue mi último día de trabajo; esas cosas no se olvidan. El chaval no levantaba dos palmos del suelo, tendría unos siete años, caculo yo, y, por lo visto, se colaba todos los días en el anfiteatro del circo. Se sentaba siempre en las primeras filas. ¡Jodio chaval!; no me pregunte cómo lo hacía, pero no faltó ni un solo día de los veintitrés que estuvimos actuando aquí. Aquel día, al terminar el espectáculo, me acerqué al él y le pregunté por qué no se inmutaba con el número de la paloma, ni con el del conejo, ni con ninguno. Se me encogió de hombros, ¿sabe usted?, y me dijo, en mi misma cara, que tenía una máquina en su casa que hacía mejores números que yo y que ya no creía en mi magia ¡Una maquina!, ¿puede usted creerlo? «¿Qué clase de máquina?», le pregunté con curiosidad. «Una videoconsola», me dijo el chaval. Era la primera vez en mi vida que oía tal nombrecito. Ha sido la ruina de los magos, de los ilusionistas, de los payasos, y de los Juegos reunidos Geyper. Sí, sí, no se ría. Y si no, mire aquella mesa, allí en aquella esquina: el padre y la madre comen, hablan, discuten… Obsérveles un segundo, ¿qué hacen los niños?: jugar con esos aparatejos que por lo que cuentan, porque yo le juro que jamás he tenido uno en mis manos, deben haber evolucionado una barbaridad. Una autentica ruina, se lo digo yo. No hacen otra cosa y lo que pasa a su alrededor les trae sin cuidado, no les ilusiona nada, nada más que la dichosa maquinita.

¿Quiere otro vasito de vino? Ha dejado de llover, pero es temprano.

Pues sí, ese fue el principio del fin. De mi fin. Pero usted perdone mi atrevimiento. A lo mejor le canso con mis cosas. Es que me pongo hablar y no paro.  Pero beba usted conmigo, hombre, que hoy es mi último día.