Premonición

Aquella mañana, sin motivo aparente y por sorpresa, pensé que aquel invierno las cigüeñas se quedarían ciegas, que surcarían el cielo como locas, tropezando contra espadañas y cables de alta tensión, cayendo al suelo gravemente heridas o electrocutadas. También pensé que los almendros no florecerían y  que la primavera sería abortada antes de brotar. No era una pesadilla como otras veces. Aquella mañana estaba  bien despierta, con los ojos redondos de miedo ante la posibilidad de que mi pensamiento fuera una premonición que no supiera interpretar. Me puse a hacer cábalas, asociaciones de ideas, junté y separé palabras, conté silabas, pensé en los colores de mi pensamiento: el blanco de las flores y de las cigüeñas; el negro de la muerte. Después, paré de pensar. En estos casos es los mejor, me dije, y me dirigí a la cocina buscando consuelo en un bombón de los que había comprado para Navidad.

Tres meses después, el 11 de marzo de 2004, no fue un once de marzo cualquiera. Sonó el despertador a las ocho menos cuarto, como siempre, pero al locutor le temblaba la voz y en su discurso nervioso y apresurado destacaban algunas palabras por encima de otras: trenes, Atocha, bombas, atentados, muertos, muertos, muertos…

Algunos días después, el recuento oficial dio ciento noventa fallecidos, asesinados, aunque el número final fue de ciento noventa y uno, porque el diez de mayo, a las cuarenta y ocho horas de nacer, murió un niño, debido a las heridas sufridas por su madre en el atentado.

Pensando en todos ellos, sentí entones y siento hoy miedo de la Humanidad y de mi misma.

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