Un paisaje

En esta tarde, tierra madre, mi mente se abandona a la contemplación de la belleza plenamente subjetiva que encierra el paisaje físico y espiritual que describen las curvas de tus suaves lomas. Y escucho extasiada un canto de gorrión allá, un ladrido de perro por allí, un aleteo de palomos en desbandada...
La sombra, que la loma de Baldomero pinta cuando el sol se coloca allá arriba en el Lagar de los Clementes en actitud soñolienta, avanza, cruza el río, el pozo y el huerto de abajo. Va reptando poquito a poquito por la tierra rojiza, subiendo lentamente terrón a terrón y cubriendo los pobres almendros que quedan en lo que fue mi loma preferida. Se convierte así -la sombra- en un gigantesco reloj solar que mide esta tranquila existencia en la que el tiempo es lento porque nunca tiene prisa.
Justo a las cinco de la tarde, la sombra cruza los cañaverales, se toma su tiempo en refrescarse en el brocal del pozo y, lamiendo la humedad con placer, se da un respiro antes de subir la cuesta.
A esa hora los pájaros despabilan de la siesta y revolotean de un almendro a otro alegrando el silencio.
Antes ha llovido, y al salir el sol la tierra desprende ese característico olor que te reconcilia con la vida porque te recuerda el origen, el mundo limpio, la especie humana desnuda y desprendida de todo lo que siglo tras siglo ha ido acumulando.
Un mochuelo presiente el anochecer con su llantina y de pronto se nos mete la pena en el cuerpo. Esa pena que tú y yo tenemos desde que la abuela ya no pudo venir más.
La sombra llega a la Piedra Gorda y se dispone a escalar, entre esparragueras y retamas, el repecho más alto, hasta por fin alcanzar la cima y fundirse con la eterna umbría del abismo de La Barranca.
Para entonces, la oscuridad será un monstruo con un solo ojo: la luna.
La fresca brisa se torna húmeda y me vuelvo a la casa sobrecogida. Pero dentro el sobrecogimiento es aún mayor.
Esta casa nos echó de menos. La soledad también es dramática para los espacios. Se agrietaron sus techos y paredes que se hundían sin remedio, y durante veinte largos años yo no pude hacer nada.
Recuerdo... cuando la lluvia golpeaba los cristales con fuerza. El viento, fuera, dibujaba señales misteriosas, mudaba las cosas de sitio, separaba los árboles de sus raíces. Nosotros, chavales entonces, apenas desperezándonos de la niñez, no percibíamos el lenguaje del otoño, de las hojas secas, del viento que pasa y lo arrasa todo. Vivíamos instalados en nuestro eterno verano de juegos y risas.
Ahora, la noche es cerrada y la soledad se cierne en círculo sobre nosotros. No hay nada más. Un perro que ladra.

2 comentarios:

hEto dijo...

Jooder!!, qué bonito lo escribes.

Y qué perfecto.






Te dejo mi envidia; no quiero que salga de aquí.

Raquel Bazán dijo...

Bellísima descripción.