Hotel San Mittre

Aquella mañana, sin motivo aparente y por sorpresa, una extraña planta que me triplicaba la estatura, con una flor gigante y negra como el carbón, rompió con gran estrépito el cristal de mi ventana y se coló en mi salón, donde sentado en mi sillón estilo imperio, yo leía, placidamente, La fortuna de los Rougón. No era una pesadilla;  estaba bien despierto y la planta me atacaba abrazándome en actitud nada amistosa. Sí, estoy seguro como que me llamo Pierre: la planta me quería comer.

Usted pensará que estoy loco, pero no, todo tiene su explicación, al menos una explicación, aunque no obedezca a las leyes de la naturaleza que los humanos conocemos.

Tras un forcejeo que duró lo justo para no perder el aliento, logré escapar de los brazos largos y retorcidos de la invasora, no se si por mi propia pericia o por una decisión de última hora de la planta, que pudo pensar que comerme sería pan para hoy y hambre para mañana. Porque puede que ya ella, entonces, intuyera la idea que yo tuve después. Hoy día no se sabe, puede que una planta comehumanos tenga más inteligencia que nosotros mismos.

Sí, co-me-hu-ma-nos, ha leído usted bien; ahora le explico.

Mire usted, es difícil de creer, pero tiene su lógica: este edificio está construido sobre el solar baldío de un viejo cementerio del siglo XVII, donde, durante tres siglos, los muertos descansaron en paz. Cuenta la gente que la flora de la Provenza, típica de Plassans, tenía, en este lugar, tamaño y frondosidades amazónicas. La razón de este fenómeno era el abono extraordinario que este terreno había almacenado a lo largo de los siglos. Las plantas se alimentaban de cadáveres, sí señor; se alimentaban de un matillo húmedo que hervía y rezumaba savia.

Pero el viejo cementerio cerró por lleno absoluto, al ayuntamiento se le ocurrió trasladar los huesos al Cementerio Nuevo y las plantas se quedaron sin alimento. La mía, mi planta, la que invadió la casa aquel día, la que me atacó, fue la única que, hundiendo sus raíces en el subsuelo húmedo y profundo, sobrevivió a duras penas durante cincuenta años más, hasta que, hace unos nueve meses, el día que le he referido, empezó a crecer y a crecer, trepó por la pared de mi casa, golpeó con furia los cristales de la ventana hasta hacerlos añicos y me asaltó, guiada, con toda probabilidad, por el instinto de supervivencia. Quería darse, no me cabe la menor duda, un festín de huesos y jugos a mi costa. Menos mal que no lo hizo, porque ella y yo llegamos después a buen acuerdo. Porque sí, mi planta se salvó gracias a mí, eso lo sabe ella igual que yo, y mire usted que hermosa la tengo ahora. El laberinto de sus ramas ocupa todo el jardín y escala por las paredes blancas hasta el tejado. Es la atracción de este pueblo, que digo de este pueblo, de esta comarca. De todo el país vienen a ver la exótica belleza de sus flores negras y de camino, sin poder disimular la atracción morbosa que les produce, a interesarse por mi hotel, este hotel en el que convertí mi casa, el Hotel de San Mitrre, el único de su categoría que existe en Francia.

Ciento cincuenta euros la habitación por muerto y día, ¿que le parece?, no creo que sea caro. Hay que tener en cuenta que, últimamente, los familiares tienen que esperar hasta cinco o seis días para poder enterrar el cuerpo y que la población de Plassans no es gente pudiente, que le vamos a hacer. Hay cola para ser enterrado, sí señor. Aunque, a veces, la gente olvida a su muerto. Y si no, que se lo pregunten a mi planta.

En fin, ya le digo, ciento cincuenta euros la habitación refrigerada, incluida una flor negra. La planta está bien alimentada y yo... yo me estoy haciendo rico.

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