El último viaje


Se murió Bernardo Postigo en verano o en invierno de 1964; no recuerdo bien si yo iba con sandalias o llevaba calcetines. Pero tenía siete años y mi abuela me llevó al duelo; no me podía dejar sola. Fue la primera vez que vi una persona muerta.

Bernardo tenía los ojos cerrados como todos los muertos que tienen quien les cuide. A mi abuela le pregunté que si estar muerto era como estar dormido y mi abuela me dijo que sí, que dormido para siempre. Lo que más me llamó la atención es que Bernardo, que tenía el pelo blanco, la cara blanca y el traje negro, tenía los zapatos puestos. Y muy limpios, como para ir a una boda o a un entierro. Entonces le pregunté a mi abuela que para qué quería Bernardo los zapatos si ya estaría dormido para siempre, a lo que mi abuela me contestó que aún le quedaba por hacer el último viaje.

¿Con los ojos cerrados, abuela? Sí, con los ojos cerrados, me contestó ella ¿Y no tropieza? No, ya no tropieza, tropezar solo tropezamos los vivos.

Unos días después, mis amigos y yo nos pusimos, en el cuarto, a jugar a los muertos. Me levanté de la cama y empecé a caminar con los ojos cerrados, crucé la puerta de la calle a tientas y avancé unos pasos mientras declamaba ¡voy al último viaje, voy al último viaje! Entre risas y malicias, mis amigos me seguían, pero el juego nos distrajo y acabé desorientada. Un instante después oí un grito de mi abuela que ya me avisaba tarde, mientras yo rodaba por un terraplén de cinco metros.
 
Solo me lastimé un tobillo; ya se sabe que los niños en aquella época eran de chicle Bazooka y las niñas como yo de goma fresca de almendro. Eso sí, mi abuela me recetó reposo o castigo, que aún me ronda la duda, y estuve dos días en la cama. Cuando ella no estaba en el cuarto, de vez en cuando y sin hacer muchos aspavientos, yo sacaba los pies por debajo de la sábana y me aseguraba de que no tenía los zapatos puestos. Lo he recordado esta mañana cuando me he despertado y lo he vuelto hacer.


 

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