28.2.14

Viaje en tren

Son las diez menos cinco de la mañana en el reloj de la Estación de Santa Justa de Sevilla.  María sube a su coche, el siete, y localiza su plaza. Coloca en la zona de arriba su bolsa de viaje color caramelo y se acomoda en su asiento alisándose la falda para que no se le arrugue. Quiere llegar a Madrid de punta en blanco, como decía su padre que había que ir a las entrevistas de trabajo.

El tren arranca. Le ha tocado en sentido contrario a la marcha; una posición que le permite ir despidiéndose poco a poco de este sol y de esta luz que seguro que en Madrid no lucen igual. La invade cierta melancolía que enseguida se dispone a distraer.

Despliega la bandeja pegada al asiento de delante. Coloca encima una carpeta, por si le apeteciera repasar el texto, aunque quizás sea mejor estar relajada para cuando llegue. La cita lo merece, lo exige. Le han contado que el director del casting es un sieso.

Apenas han pasado unos minutos, cuando entra en el vagón una mujer de mediana edad, fuerte y rotunda. Lleva una bolsa enorme de cuadros azules a rebosar que se le quedó atascada en la puerta.

— Aquí es. Anda que otro día me voy a fiar yo de ti —le dice al que parece su marido, que entra tras ella muy acalorado.

― ¿Y por qué no has mirado antes el billete, mujer?

― ¿Y por qué no lo has mirado tú, que no llevas nada en esas manos que Dios te ha dado?

Detrás de ambos aparecen un adolescente de unos quince años, que habla a gritos por el móvil y una chica, de unos trece, con una pompa de chicle rosa en la boca a punto de explotar.

— El tren es guapo, tío, tiene tele y todo. 

— No, no para en los pueblos, esto va a Madrid del tirón. 

— Que sí tío, que sí, que te traigo una camiseta. Joe que pesado eres, tío, que acabo de Salir de Sevilla. Ya le pediré la pasta a mi padre y luego tu me la pagas. 

— Pues la camiseta, ¿Qué va a ser? no me vas a pagar el viaje.

— Anda que no ni ná,  pues claro que me la tienes que pagar. ¡Ya estamos!

Oye, Carlos, ¿quieres dejar ya el móvil, hijo mío?

María queda encantada cuando ve aparecer a la azafata con los auriculares. Pero justo cuando va a comprarlos el señor que va sentado a su lado —traje y corbata impecable y muy repeinado— le habla:

 Andaluces tenían que ser. Siempre dan la nota.

María no se calla, usa un tono contenido, pero irónico:

― Bueno, disculpe usted, pero andaluza soy yo también y voy aquí tan tranquila.

Si, ya, pero esa forma de hablar es de Andalucía. Usted no parece...

― Pues si señor, soy sevillana. El problema es la educación, no la lengua ni el acento.

Bueno, no es correcto hablar el español comiéndose las letras.

― No nos comemos las letras, las aspiramos, que no es lo mismo.

  Pues para andar por casa puede valer, pero en otros sitios no.

  ¿Por qué que no se va a poder hablar en andaluz? ¿Dónde?

    Pues, por ejemplo, en televisión, los presentadores, o en la radio. Y en las películas; los actores tienen que hablar en español bien pronunciado.  Yo cuando escojo a un actor soy exigente con eso. Es mi trabajo. Estar tarde tengo un Casting en Callao.

Suena el móvil de Carlos. Politono: última versión de La Macarena. El padre le da un manotazo al niño en la mano y el aparato cae al suelo.

María tendría que aprovechar el incidente para desaparecer. Pero no puede levantarse.

― ¿Y cómo ha dicho usted que se llama la película?

Todo el vagón está pendiente de la familia y el acompañante de María también; no la escucha. Pero María insiste.

― Oiga, perdone ¿Cómo se llama la película?

Los nueve escalones, de Pedro Silvestre.

 María se levanta bruscamente y se dirige a la cafetería. Le sudan las manos y tiene el pulso acelerado.

― Buenos días, por favor ¿me puede poner usted una tila?

― Tila no tenemos, señora, le puedo ofrecer manzanilla, té, menta poleo, café…

  Vaya, pues, agua, agua; una botella pequeña.

― Pequeña no le tenemos, señora, tiene que ser grande.

― Bueno, pues grande, y del tiempo, por favor. 

— Del tiempo no le tenemos, señora, tiene que ser fría. 

— Vaya por dios, pues como la tengamos. El agua, quiero decir, no la paciencia. Y es la, la tenemos —murmura María por lo bajini. 

— ¿Decía usted?

— Nada, nada. Que el agua, como la tenga. Y deme la cuenta cuando pueda por favor.

 María se queda un rato en la cafetería, mirando el pasar del paisaje a través de los ventanales. Cuando se tranquiliza vuelve a su sitio a recoger su bolsa de viaje. El del casting no está; es un alivio. Los escandalosos dormitan. María desaparece por la misma puerta que entró.

A las doce y treinta y cinco el tren hace su entrada en Atocha. María baja por el vagón número nueve. Lleva las gafas de sol. Va hacia el hall principal a paso lento; no tiene prisa. Busca un banco y toma asiento. Fija sus ojos en el reloj de la estación. En la aguja más larga, que va bajando poco a poco por los minutos como si fueran escalones. Cuenta nueve. Se levanta y se dirige al mostrador de los billetes.

― ¿El próximo para Sevilla?


24.2.14

Circunloquio de madrugada


La que roba a un ladrón tiene cien años de perdón, debe ser por esto por lo que yo practico el insomnio.
Que más quisiera yo que el refrán fuera cierto y encontrarme una mañana con treinta años de propina. Aunque me conformaría con que fueran ocho porque tampoco se le pueden pedir peras al tiempo; lo que por un lado te da, por el otro, seguro, te lo quita. Y no le hables de Santa Rita, que mi tiempo es laico: ni entiende de santas, ni de predicadores, ni de iluminados de la vieja ni de la nueva escuela. Él se lo guisa y él se lo sirve y si no le gusta lo recicla. Que los príncipes azules siempre fueron sapos y las princesas muñequitas de plástico. Que la buena estrella nunca baja del cielo y que el aura no existe, que es un cuento. Y que los fantasmas somos nosotros mismos reflejados en nuestros propio espejo. Por eso digo yo que al pan pan y al vino tiempo. Y si quieres un baile, mejor improvisamos que el tango queda lejos y el bolero ya se ha muerto. Pero roba, roba tiempo, que lo demás ya lo roban ellos.
  

 

11.1.14

Enero

Cada día tiene su afán
y cada noche su muerte
Cada tiempo su reloj de bronce dorado colgado en la pared.
Cada sueño su despertar 
Cada enero su herida

13.7.13

Sueños de mar


Nada le gustaba más a la niña que escuchar aquel cuento de labios de la abuela para imaginar el mundo que había más allá de la tierra. Luego, cuando dormía, solo le quedaba el recurso del sueño para ver el mar. Todas las noches se sentaba en el rompeolas y esperaba que el agua tocara sus pies, que la espuma cubriera su cintura y que el mar la conquistara palmo a palmo hasta dejarse llevar por él. Entonces aparecía una corte de delfines que la escoltaban en su viaje por aquel mundo submarino. Así, noche tras noche, la niña vivía sus sueños de mar hasta que al despuntar la mañana su abuela la despertaba con un beso. Pero una noche los delfines la arrastraron hasta las profundidades del océano y la niña empezó a llorar. Se despertó sirena y nunca más pudo escuchar la historia de la abuela que le hablaba del mar.

19.7.12

Imagen digital

29.6.12

Adolescencia

Ella presintió, desde el primer día, que aquel verano sería distinto para los dos en el preciso instante en que se bajó del coche y él, en vez de darle un beso como siempre, le alargó la mano para estrechar la suya y le soltó un escueto hola que le heló el alma. Claro, que él se puso nervioso nada más verla al apreciar el cambio radical que había experimentado su cuerpo en los últimos diez meses y eso le retrajo. «Ya no es mi niña» pensó, y correspondió con los ojos llenos de perplejidad a la inesperada expresión de extrañeza que ella le dirigía. Fue el fin de una bonita amistad.


18.6.12

A veces...

...aunque la esperanza sea lo último que se pierde, la decepción es lo primero que se encuentra.

27.3.12

Vanidad




Me llamo Paca y soy una cabra. Pero yo no vivo como esas pobres cabras de los campos, no. Yo, toda la vida, he sido una señora cabra de ciudad; fina, elegante, pacífica y con un objetivo claro en la vida: siempre quise ser oveja.
Así que, un día, cogí mis ahorros de toda una vida de acróbata profesional del taburete y me fui a una peletería a comprarme un buen abrigo de lana merina, de esos que te cubren toda enterita, con el que mereciera la pena estrenar un buen perfume a lana recién lavada y salir de fiesta a bailar el chachachá.
Crucé la ciudad para ir a la mejor tienda, a la que tenía más fama. Pero el dependiente me dijo que no había existencias y en apenas quince minutos me engatusó: en vez de venderme un abrigo de oveja me vendió una piel de osa por catálogo.
Y yo, toda envanecida, me fui a mi casa convencida de que convertirme en osa era mucho más de lo que había imaginado y por supuesto mucho mejor que ser una ovejita lucera de poca monta con un collar de campanillas; iba loca de contenta, vamos, como una cabra loca, realmente como una verdadera chota.
Al día siguiente, en el corral de mis dueños, a las afueras de la ciudad, les describí a mis amigas cabras lo fantástico que era el abrigo de piel de osa. Todas me miraban con cierto desden, desviando ligeramente los ojos hacia la tapia del corral, donde un sospechoso gato negro se relamía de la risa.
Pero esperé un mes, dos, tres meses; el invierno se iba acercando y el abrigo se retrasaba. 
Por fin, decidí cruzar la ciudad para ir de nuevo a la tienda donde lo compré y me la encontré cerrada. No podía despegar mi cara de cabra pasmada del cristal del escaparate vacío y lleno de polvo. Pregunté en la zapatería de la esquina y me dijeron que los dueños se habían ido sin dar muchas explicaciones.
¿Habéis visto alguna vez a una cabra cabreada?
Aquella noche no pude dormir del sofocón.
Puse un anuncio en el Correo Caprino y en La Gaceta de los Animales Acróbatas; “cabra incauta busca vendedor de piel de osa, se ofrece recompensa”. Coloqué carteles por toda la ciudad.
Todo en vano. Nadie me dio noticia de los dueños de la tienda.
Durante meses, he estado muy deprimida; no comía, no balaba, no brincaba y mis amigas ni siquiera se han compadecido de mi. Y el maldito gato negro ha ido reuniendo, tarde tras tarde, encima de la tapia del corral, a toda su parentela, para, juntos, relamerse de risa a mi costa.
Mi estado anímico ha ido de mal en peor, mi dueño ya no me lleva a trabajar por las plazas de la ciudad, pues ya no soy capaz de juntar las cuatro patas sobre el taburete cuando él toca la trompeta.
Hace poco, me ha llegado una carta sin remite donde me comunican que lo sienten mucho pero que la osa en cuestión se fue de vacaciones y no la pudieron cazar. 
¿Y yo? pues  aquí estoy, medio resignada: cabra para toda la vida, aunque cabra escaldada.

Aunque... ¿Y si me comprara la piel de loba?.







17.3.12

Leyendo a Saramago




15.2.12

Refrán


Una vez dijo miau y toda la vida comió pescado.

 


18.11.11

desaparecido

Mordió el polvo y se convirtió en estatua de barro. La lluvia hizo el resto.

16.11.11

La mujer y el dinosaurio


   —¿Todavía estás aquí? —le dijo ella.

18.9.11

Amanecer

28.7.11

Imagen digital *

31.5.11

Recomenzando

Reiniciando el sistema. Lista...

28.4.11

Cuento de hace mil años


Era la planta preferida de la princesa; un rosal frondoso, de tallo erguido, espinas fuertes y hojas verdes y sanas, que vivía en el jardín de palacio.
Pero ocurrió una desgracia: vino un viento huracanado que lo arrasó todo y el rosal no pudo resistir el envite. Sus ramas se quebraron y acabó con sus rosas en el suelo. Se sentía como un vulgar rastrojo y en sus noches de delirio marchito oía voces extrañas que salían de la tierra donde se aferraban sus raíces.
«Que desgraciado soy, en mi raíz suenan voces extrañas: ¡El rey Midas tiene orejas de burro! ¡El rey Midas tiene orejas de burro! », se quejaba un día el rosal con lágrimas como espinas.
Él no sabía qué significaban aquellas palabras, así que decidió investigar. Preguntó a los árboles más antiguos del jardín, que guardaban la sabiduría en el tronco, y estos le respondieron: «Es solo una historia que hace mucho tiempo un hombre escribió; se llamaba Ovidio». «¿Pero por qué las oigo yo?», preguntó el rosal. «La trajo el viento con su fuerza, pero pertenecen al pasado y al mundo de la imaginación, no has de tener miedo» le dijo el árbol.
Pero el rosal siguió escuchando todas las noches aquellas misteriosas voces que salían de su propia raíz; consumía toda su savia en reflexionar sobre su significado y no le quedaba ninguna para crecer de nuevo.
Una vez restaurado el palacio, volvió la princesa a visitar el jardín y viendo a su rosal preferido maltrecho y sin fuerzas, preguntó al jardinero qué ocurría: «¿Le falta agua a mi rosal?, ¿le falta abono? ¿Qué le pasa jardinero?» «No, princesa, lo riego a menudo y lo abono como es debido, pero tiene una enfermedad que lo consume: oye voces desde el fondo de la tierra que lo alimenta y eso le impide crecer».
Inmediatamente, la princesa dio una orden al jardinero: «¡Transplántalo lo antes posible! ¡Mañana quiero verlo frente a mi ventana!» «Será traumático mi princesa, perderá raíces y algunas ramas”», le contestó el jardinero. «No importa, corta todo lo que no sirva y transplántalo, »
A la mañana siguiente, sólo una ramita de rosal despuntaba sobre la tierra frente a la ventana de la princesa. Ésta, recién levantada, abrió su ventana y le habló así: «¿Cómo estás rosal mío?, ¿sigues oyendo tus fantasmas? ¡Se sordo por mí: necesito que vuelvas a darme flores como aquellas!»
Y así todos los días, hasta que el rosal dio como respuesta un pequeño brote, un milímetro más, un verdor distinto y más brillante, y, luego, hojitas tiernas de un color verde luminoso. Y, por fin, en primavera, rosas rojas de un exquisito olor.

18.4.11

Cabeza perdida

«Perdí la cabeza por una mujer», se le oyó decir desde no se sabe dónde.

17.4.11

Imagen digital


 Imagen digital de Ulla Ramírez

14.4.11

Solución drástica

Un día, los dioses, hartos de ser utilizados, se reunieron para analizar las guerras de religión. A la salida, se inmolaron.

La decisión de Cenicienta

No se si recordáis que, cuando dieron las doce en el reloj del palacio del príncipe, Cenicienta gritó «¡Tengo que irme!» y, a continuación, atravesó el salón y bajó la escalinata tan deprisa que perdió un zapato. A los pocos días, el príncipe buscó a la dueña del zapato y, como ya habréis recordado, encontró a Cenicienta y se casó con ella.
Pero eso fue solo una parte de lo que realmente pasó. Porque yo se, de buena tinta, que Cenicienta volvió totalmente descalza a su casa, porque no perdió un zapato, sino los dos. Y el otro zapato lo encontró el zapatero de palacio.
También él buscó a Cenicienta y cuando la encontró le propuso matrimonio. Pero esta no aceptó porque prefirió casarse con el futuro rey. Y así fue.
Al principio, el rey la trato como correspondía: como a una verdadera reina. Pero conforme iban pasando los años empezó a tratarla con desprecio. Y tanto fue así que se convirtió en una mujer desgraciada y deseó con todas sus fuerzas volver a su casa con sus hermanastras que, al contrario de lo que nos contaron, no eran tan malas.
Claro está que, toda la vida, se arrepintió de no haberse casado con el zapatero.

La nueva vida de La Ratita Presumida

Hasta donde yo sabía hace bien poco y creo que vosotros también, la Ratita Presumida se casó con el gato blanco de dulce voz. Lo que no sabíamos y si alguien lo sabía que lo diga, es que el gato —como era de esperar— dio mala vida a la ratita. Tanto fue así que, al parecer, la ratita llamó a los tres pretendientes que tuvo en el pasado para que le ayudaran a deshacerse del gato. Primero, llegó el cerdo que le gruñó, pero el gato se tapó los oídos y se hizo el remolón. Luego, llegó el gallo que le pico, pero el gato se lamió la pata y se puso una tirita. Y más tarde, llegó el perro que cumplió con su obligación y persiguió al gato hasta echarlo del vecindario. La Ratita Presumida, entonces, le dio las gracias a los tres, fue a comprarse un gran lazo de color rojo, se lo plantó en la cabeza y decidió vivir sola toda la vida.

13.4.11

La crisis de los tres cerditos

Todo el mundo sabe que los tres cerditos prepararon un caldero con agua hirviendo en el hueco de la chimenea y que el lobo cayó en él y salió de allí a toda prisa y escaldado. También sabemos que, a partir de entonces, los tres decidieron vivir juntos en la casa de ladrillo y cemento del tercer cerdito, más fuerte que la de madera o paja que había tumbado el lobo con sus soplidos. Pero lo que no sabe nadie es que, aunque trabajaron mucho, mucho, mucho, vino una crisis y no pudieron acabar de pagar la hipoteca. El banco, entonces, les embargó la casa de ladrillo y cemento y tuvieron que hacerse una de madera y paja. El lobo, de todos modos, no volvió a molestarlos porque hacía horas extras en el cuento de Caperucita.

11.4.11

Deseo oculto

Un cara dura se miró al espejo y lo partió. Desapareció en mil pedazos.

28.3.11

Guerra perdida

Nosotros estamos vivos, pero ellos son más y nos están esperando.

25.3.11

Maldito duende

Acababa yo de cumplir los ocho años, cuando mi abuela, entonces con cincuenta y siete, empezó a pelear, en voz alta, con un duende que parecía odiar el orden de todas las cosas. El duende le escondía las gafas, la novela de Corín Tellado, el rosario, el quinqué, el soplillo o el azucarero, y le cambiaba de sitio las babuchas, la revista Ama, las tijeras, las medias, el jabón y hasta las horquillas del moño. «Como te pille te vas a enterar, duende del demonio», la oíamos decir. Y mi hermano y yo nos reíamos.
Yo me escondía detrás de la puerta, de las cortinas o de la cómoda de los tres espejos para ver si lo pillaba por sorpresa, pero nunca llegué a verlo. Me lo imaginaba azul, del tamaño de un pepino, con dientes de Ratoncito Pérez, nariz de Pinocho y orejas iguales sino que mucho más pequeñas que las de nuestra burra Catalina. Y soñaba con él por las noches. 
Durante mucho tiempo, mi abuela siguió peleando con «su amigo›, que le «embarcaba la cabeza», decía ella, y la martirizaba con diabluras cada vez de más alto rango: le añadía sal extra a las comidas, metía la ropa limpia en la lavadora o ponía un huevo en el cajón de los calcetines. «Ya está la abuela otra vez con su duende», decíamos, y nos mirábamos con cierta perplejidad y preocupación.
Unos años más tarde, un día, al regresar al barrio, me encontré a mi abuela sentada en un banco de la plaza, echando trocitos de pan duro a las palomas. Estaba descalza y había perdido el camino de vuelta a casa. A partir de aquel día, fue olvidando poco a poco el nombre de todas las cosas y nuestros propios nombres hasta que se perdió a sí misma y no se volvió a encontrar nunca más.
¡Maldito duende del demonio!.