
Un latido extra
Ojos que ven corazón que siente
viernes 17 de febrero de 2012
miércoles 15 de febrero de 2012
viernes 27 de enero de 2012
Cambio físico
Desde hace algún tiempo, ocupo un cuerpo que no es el mío. Por las mañanas su boca es amarga, por las tardes su cabeza pesa tanto que a veces pienso que un dia de estos se caerá redonda al suelo y por las noches, al subir la escalera, las piernas no obedecen mis deseos. Estoy convencida: esta que habito ya no soy yo. Me ha invadido un cuerpo extraño y rebelde al que parece que tengo que ir acostumbrándome.
jueves 12 de enero de 2012
Pirómana
En duermevela me ha venido a la cabeza un sustantivo con un complemento añadido: humo de hogar. Me inquieto: ¿Se ha producido un fuego? Me levanto, recorro la casa, abro la ventana, miro al jardín; nada arde. Invierto los términos. Aún estoy a tiempo de introducir un verbo que encienda la llama.
lunes 9 de enero de 2012
Hotel San Mittre
Aquella mañana, sin motivo aparente y por sorpresa, una extraña planta que me triplicaba la estatura, con una flor gigante y negra como el carbón, rompió con gran estrépito el cristal de mi ventana y se coló en mi salón, donde yo leía, placidamente, La fortuna de los Rougón, sentado en mi sillón estilo imperio. No era una pesadilla. Estaba bien despierto y la planta me atacaba abrazándome en actitud nada amistosa. Sí, estoy seguro como que me llamo Pierre: la planta me quería comer.
Usted pensará que estoy loco, pero no, todo tiene su explicación, al menos una explicación, aunque no obedezca a las leyes de la naturaleza que los humanos conocemos.
Tras un forcejeo que duró lo justo para no perder el aliento, logré escapar de los brazos largos y retorcidos de la invasora, no se si por mi propia pericia o por una decisión de última hora de la planta, que pudo pensar que comerme sería pan para hoy y hambre para mañana. Porque puede que ya ella, entonces, intuyera la idea que yo tuve después. Hoy día no se sabe, puede que una planta comehumanos tenga más inteligencia que nosotros mismos.
Sí, co-me-hu-ma-nos, ha leído usted bien; ahora le explico.
Mire usted, es difícil de creer, pero tiene su lógica: este edificio está construido sobre el solar baldío de un viejo cementerio del siglo XVII, donde, durante tres siglos, los muertos descansaron en paz. Cuenta la gente que la flora de la Provenza, típica de Plassans, tenía, en este lugar, tamaño y frondosidades amazónicas. La razón de este fenómeno era el abono extraordinario que este terreno había almacenado a lo largo de los siglos. Las plantas se alimentaban de cadáveres, sí señor; se alimentaban de un matillo húmedo que hervía y rezumaba savia.
Pero el viejo cementerio cerró por lleno absoluto, al ayuntamiento se le ocurrió trasladar los huesos al Cementerio Nuevo y las plantas se quedaron sin alimento. La mía, mi planta, la que invadió la casa aquel día, la que me atacó, fue la única que, hundiendo sus raíces en el subsuelo húmedo y profundo, sobrevivió a duras penas durante cincuenta años más, hasta que, hace unos nueve meses, el día que le he referido, empezó a crecer y a crecer, trepó por la pared de mi casa, golpeó con furia los cristales de la ventana hasta hacerlos añicos y me asaltó, guiada, con toda probabilidad, por el instinto de supervivencia. Quería darse, no me cabe la menor duda, un festín de huesos y jugos a mi costa. Menos mal que no lo hizo, porque ella y yo llegamos después a buen acuerdo. Porque sí, mi planta se salvó gracias a mí, eso lo sabe ella igual que yo, y mire usted que hermosa la tengo ahora. El laberinto de sus ramas ocupa todo el jardín y escala por las paredes blancas hasta el tejado. Es la atracción de este pueblo, que digo de este pueblo, de esta comarca. De todo el país vienen a ver la exótica belleza de sus flores negras y de camino, sin poder disimular la atracción morbosa que les produce, a interesarse por mi hotel, este hotel en el que convertí mi casa, el Hotel de San Mitrre, el único de su categoría que existe en Francia.
Ciento cincuenta euros la habitación por muerto y día, ¿que le parece?, no creo que sea caro. Hay que tener en cuenta que, últimamente, los familiares tienen que esperar hasta cinco o seis días para poder enterrar el cuerpo y que la población de Plassans no es gente pudiente, que le vamos a hacer. Hay cola para ser enterrado, sí señor. Aunque, a veces, la gente olvida a su muerto. Y si no, que se lo pregunten a mi planta.
En fin, ya le digo, ciento cincuenta euros la habitación refrigerada, incluida una flor negra. La planta está bien alimentada y yo... yo me estoy haciendo rico.
Usted pensará que estoy loco, pero no, todo tiene su explicación, al menos una explicación, aunque no obedezca a las leyes de la naturaleza que los humanos conocemos.
Tras un forcejeo que duró lo justo para no perder el aliento, logré escapar de los brazos largos y retorcidos de la invasora, no se si por mi propia pericia o por una decisión de última hora de la planta, que pudo pensar que comerme sería pan para hoy y hambre para mañana. Porque puede que ya ella, entonces, intuyera la idea que yo tuve después. Hoy día no se sabe, puede que una planta comehumanos tenga más inteligencia que nosotros mismos.
Sí, co-me-hu-ma-nos, ha leído usted bien; ahora le explico.
Mire usted, es difícil de creer, pero tiene su lógica: este edificio está construido sobre el solar baldío de un viejo cementerio del siglo XVII, donde, durante tres siglos, los muertos descansaron en paz. Cuenta la gente que la flora de la Provenza, típica de Plassans, tenía, en este lugar, tamaño y frondosidades amazónicas. La razón de este fenómeno era el abono extraordinario que este terreno había almacenado a lo largo de los siglos. Las plantas se alimentaban de cadáveres, sí señor; se alimentaban de un matillo húmedo que hervía y rezumaba savia.
Pero el viejo cementerio cerró por lleno absoluto, al ayuntamiento se le ocurrió trasladar los huesos al Cementerio Nuevo y las plantas se quedaron sin alimento. La mía, mi planta, la que invadió la casa aquel día, la que me atacó, fue la única que, hundiendo sus raíces en el subsuelo húmedo y profundo, sobrevivió a duras penas durante cincuenta años más, hasta que, hace unos nueve meses, el día que le he referido, empezó a crecer y a crecer, trepó por la pared de mi casa, golpeó con furia los cristales de la ventana hasta hacerlos añicos y me asaltó, guiada, con toda probabilidad, por el instinto de supervivencia. Quería darse, no me cabe la menor duda, un festín de huesos y jugos a mi costa. Menos mal que no lo hizo, porque ella y yo llegamos después a buen acuerdo. Porque sí, mi planta se salvó gracias a mí, eso lo sabe ella igual que yo, y mire usted que hermosa la tengo ahora. El laberinto de sus ramas ocupa todo el jardín y escala por las paredes blancas hasta el tejado. Es la atracción de este pueblo, que digo de este pueblo, de esta comarca. De todo el país vienen a ver la exótica belleza de sus flores negras y de camino, sin poder disimular la atracción morbosa que les produce, a interesarse por mi hotel, este hotel en el que convertí mi casa, el Hotel de San Mitrre, el único de su categoría que existe en Francia.
Ciento cincuenta euros la habitación por muerto y día, ¿que le parece?, no creo que sea caro. Hay que tener en cuenta que, últimamente, los familiares tienen que esperar hasta cinco o seis días para poder enterrar el cuerpo y que la población de Plassans no es gente pudiente, que le vamos a hacer. Hay cola para ser enterrado, sí señor. Aunque, a veces, la gente olvida a su muerto. Y si no, que se lo pregunten a mi planta.
En fin, ya le digo, ciento cincuenta euros la habitación refrigerada, incluida una flor negra. La planta está bien alimentada y yo... yo me estoy haciendo rico.
jueves 15 de diciembre de 2011
La suerte de los zapatos
( En memoria de tantos que no tuvieron nuestra suerte)
Hace un frío que pela; moriré en invierno, seguro. ¿El paraguas?: no sé si me servirá con este viento. ¿La llave?… la llevo. Tengo que comprar el periódico. Y el cupón, a ver si hay suerte. No me tocará, no sé por qué que lo compro. ¿Llevo dinero? diez euros. Las siete, ¡uf, qué tarde! Esta puerta hay que arreglarla.
—Hola, buenos días ¿Cómo está usted hoy, María? ¿Se le pasó el catarro? Es que hace unos días…hay que abrigarse. Déme usted un cuponcito a ver si me saca de pobre; (ojalá). No, ese no, este que acaba en veinticuatro. Tome. ¡Que tenga buen día, María!
Mira que es amable esta mujer.. ¡Joder con este paraguas!, lo voy a jubilar; me voy a quedar ciego con la varilla.
¡Qué pintas llevas hijo mío!, este chico está majara, seguramente le quedó algo mal colocao en la cabeza; pobre madre, desde que el hijo salió…no levanta cabeza. Es guapa la bici. Ha tenido éxito lo del carril, no pensaba yo...podría ir en bici… (pero tú no montas en bici desde los veinte, Pedro, ya no estás para esos trotes). Esos zapatos me gustan, vendrá otro y se los llevará. Noventa euros…una barbaridad. Pero aquellos de allí: no; mejor negros. La de la esquina del trabajo es más barata.
A ver… dos euros.
—Buenos días, Curro, El País. Tome. Gracias.
¡Cómo está el país! No aguanta, que lo se yo que no aguanta. ¿Qué pensión me va a quedar? ¡Eh, tenga cuidado con el coche!
¡No respetan nada! Siempre me mojan. Podían ir más despacio ¿no se dan cuentan que salpican? ¡Ay que ver como me ha puesto el tío! Los zapatos mojados y viejos. Noventa euros…carísimos. Pero es que son buenos. Son de piel. Si me tocara…¡qué me va a tocar!
No ando muy fino hoy, voy pegando tumbos, pensarán que estoy borracho. Las cervicales. Me tomaré una pastilla cuando llegue, están en el cajón. ¡Mejor una tila! A ver que me tienen preparado. No lo quiero ni pensar. Después de veinticinco años… ¡cabrones! Si me tocara… a la mierda el trabajo y me compraría esos zapatos, anda que si me los compraría. Un viaje como ese... le encantaría, ¡quinientos euros por persona! Si me tocara… pero mejor en coche y pararíamos donde quisiéramos. Si tuviera coche…
Menú de dos platos, 9 euros, no está mal. Está siempre lleno, estudiantes, ¡qué futuro!, músicos..., suena bonito. Un día tengo que entrar, no fue una mala mili. Y ahora, el conservatorio, quién lo iba a pensar. Qué bien suena ese violín. ¿Desayuno?, menos cinco, no puedo, me espera…
Joder con las carreras, ¿qué pasa?, ¿qué pasa? ¿La gente está loca o qué?
— Oiga, pero… ¿qué pasa?, ¿qué dice usted?, ¿qué hay qué?, ¿cómo que no podemos pasar?, ¿qué amenaza? ¿Una bomba? ¡Aquí no ponen bombas, hombre! Yo voy a la otra punta de la calle, déjenme pasar, déjenme, por favor, ¡le he dicho que me deje pasar! mi trabajo, he quedado con mi jefe. No puedo llegar tarde ¿Pero qué ha sido ese ruido? ¡Qué olor! me ahogo, me ahogo, no veo, no puede ser. ¡Qué dolor! No entiendo lo que me dice. Avisen a mi mujer, pero dígale que estoy bien. ¿Y mis piernas? ¿Y mis pies? ¿dónde están mis pies? ¡Maldita suerte la mía!
Hace un frío que pela; moriré en invierno, seguro. ¿El paraguas?: no sé si me servirá con este viento. ¿La llave?… la llevo. Tengo que comprar el periódico. Y el cupón, a ver si hay suerte. No me tocará, no sé por qué que lo compro. ¿Llevo dinero? diez euros. Las siete, ¡uf, qué tarde! Esta puerta hay que arreglarla.
—Hola, buenos días ¿Cómo está usted hoy, María? ¿Se le pasó el catarro? Es que hace unos días…hay que abrigarse. Déme usted un cuponcito a ver si me saca de pobre; (ojalá). No, ese no, este que acaba en veinticuatro. Tome. ¡Que tenga buen día, María!
Mira que es amable esta mujer.. ¡Joder con este paraguas!, lo voy a jubilar; me voy a quedar ciego con la varilla.
¡Qué pintas llevas hijo mío!, este chico está majara, seguramente le quedó algo mal colocao en la cabeza; pobre madre, desde que el hijo salió…no levanta cabeza. Es guapa la bici. Ha tenido éxito lo del carril, no pensaba yo...podría ir en bici… (pero tú no montas en bici desde los veinte, Pedro, ya no estás para esos trotes). Esos zapatos me gustan, vendrá otro y se los llevará. Noventa euros…una barbaridad. Pero aquellos de allí: no; mejor negros. La de la esquina del trabajo es más barata.
A ver… dos euros.
—Buenos días, Curro, El País. Tome. Gracias.
¡Cómo está el país! No aguanta, que lo se yo que no aguanta. ¿Qué pensión me va a quedar? ¡Eh, tenga cuidado con el coche!
¡No respetan nada! Siempre me mojan. Podían ir más despacio ¿no se dan cuentan que salpican? ¡Ay que ver como me ha puesto el tío! Los zapatos mojados y viejos. Noventa euros…carísimos. Pero es que son buenos. Son de piel. Si me tocara…¡qué me va a tocar!
No ando muy fino hoy, voy pegando tumbos, pensarán que estoy borracho. Las cervicales. Me tomaré una pastilla cuando llegue, están en el cajón. ¡Mejor una tila! A ver que me tienen preparado. No lo quiero ni pensar. Después de veinticinco años… ¡cabrones! Si me tocara… a la mierda el trabajo y me compraría esos zapatos, anda que si me los compraría. Un viaje como ese... le encantaría, ¡quinientos euros por persona! Si me tocara… pero mejor en coche y pararíamos donde quisiéramos. Si tuviera coche…
Menú de dos platos, 9 euros, no está mal. Está siempre lleno, estudiantes, ¡qué futuro!, músicos..., suena bonito. Un día tengo que entrar, no fue una mala mili. Y ahora, el conservatorio, quién lo iba a pensar. Qué bien suena ese violín. ¿Desayuno?, menos cinco, no puedo, me espera…
Joder con las carreras, ¿qué pasa?, ¿qué pasa? ¿La gente está loca o qué?
— Oiga, pero… ¿qué pasa?, ¿qué dice usted?, ¿qué hay qué?, ¿cómo que no podemos pasar?, ¿qué amenaza? ¿Una bomba? ¡Aquí no ponen bombas, hombre! Yo voy a la otra punta de la calle, déjenme pasar, déjenme, por favor, ¡le he dicho que me deje pasar! mi trabajo, he quedado con mi jefe. No puedo llegar tarde ¿Pero qué ha sido ese ruido? ¡Qué olor! me ahogo, me ahogo, no veo, no puede ser. ¡Qué dolor! No entiendo lo que me dice. Avisen a mi mujer, pero dígale que estoy bien. ¿Y mis piernas? ¿Y mis pies? ¿dónde están mis pies? ¡Maldita suerte la mía!
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Ficción
viernes 18 de noviembre de 2011
miércoles 16 de noviembre de 2011
viernes 11 de noviembre de 2011
Insomnio
Para conciliar el sueño, anoche, me puse a contar ovejas: primero una, luego otra, luego la siguiente; así hasta reunir un buen rebaño. Habría unas cicuenta más o menos. No se cómo se me coló un perro en la escena y un pastor no podía faltar. De manera que, a partir de cierto momento, empezó a molestarme el balar de las ovejas, los ladridos del perro y las voces del pastor. Entonces, cambié de método y me puse a contar lobos. Las ovejas desaparecieron, pero tuve que soportar los aullidos de la manada. Seis lobos llamando a más lobos. Insoportable. Dí un salto de la cama y salí de la habitación. Fuí al baño, baje a la cocina, me comí un yogurt, bebí agua, me asomé por la ventana, miré la noche, suspiré. Miré el reloj y eran las dos. Me entró frio y pensé que los lobos ya se habrían ido, de modo que subí las escaleras con el ánimo dispuesto para el sueño, pero cuando entré en la habitación, allí estaba el dinosaurio.
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martes 8 de noviembre de 2011
nueva vida
Se miró al espejo y el alma se le partió en mil pedazos. Pero no se agachó a recoger los cristales.
martes 25 de octubre de 2011
Ley antitabaco
Se prohibe que las mujeres fumen mientras esperan a su amante. Ni siquiera se permitirá que lo hagan tras los cristales de alegres ventanales. Y mucho menos si el amante se llama Ulises.
viernes 14 de octubre de 2011
Epílogo al Génesis
Al abrir los ojos, Dios vió un mundo sin hombres y se dió cuenta que había descansado demasiado tiempo.
―No importa: ahora está perfecto― pensó. Y se volvió a dormir.
―No importa: ahora está perfecto― pensó. Y se volvió a dormir.
martes 11 de octubre de 2011
domingo 18 de septiembre de 2011
jueves 28 de julio de 2011
jueves 21 de julio de 2011
Un paisaje
La sombra, que la loma de Baldomero pinta cuando el sol se coloca allá arriba en el Lagar de los Clementes en actitud soñolienta, avanza, cruza el río, el pozo y el huerto de abajo. Va reptando poquito a poquito por la tierra rojiza, subiendo lentamente terrón a terrón y cubriendo los pobres almendros que quedan en lo que fue mi loma preferida. Se convierte así -la sombra- en un gigantesco reloj solar que mide esta tranquila existencia en la que el tiempo es lento porque nunca tiene prisa.
Justo a las cinco de la tarde, la sombra cruza los cañaverales, se toma su tiempo en refrescarse en el brocal del pozo y, lamiendo la humedad con placer, se da un respiro antes de subir la cuesta.
A esa hora los pájaros despabilan de la siesta y revolotean de un almendro a otro alegrando el silencio.
Antes ha llovido, y al salir el sol la tierra desprende ese característico olor que te reconcilia con la vida porque te recuerda el origen, el mundo limpio, la especie humana desnuda y desprendida de todo lo que siglo tras siglo ha ido acumulando.
Un mochuelo presiente el anochecer con su llantina y de pronto se nos mete la pena en el cuerpo. Esa pena que tú y yo tenemos desde que la abuela ya no pudo venir más.
La sombra llega a la Piedra Gorda y se dispone a escalar, entre esparragueras y retamas, el repecho más alto, hasta por fin alcanzar la cima y fundirse con la eterna umbría del abismo de La Barranca.
Para entonces, la oscuridad será un monstruo con un solo ojo: la luna.
La fresca brisa se torna húmeda y me vuelvo a la casa sobrecogida. Pero dentro el sobrecogimiento es aún mayor.
Esta casa nos echó de menos. La soledad también es dramática para los espacios. Se agrietaron sus techos y paredes que se hundían sin remedio, y durante veinte largos años yo no pude hacer nada.
Recuerdo... cuando la lluvia golpeaba los cristales con fuerza. El viento, fuera, dibujaba señales misteriosas, mudaba las cosas de sitio, separaba los árboles de sus raíces. Nosotros, chavales entonces, apenas desperezándonos de la niñez, no percibíamos el lenguaje del otoño, de las hojas secas, del viento que pasa y lo arrasa todo. Vivíamos instalados en nuestro eterno verano de juegos y risas.
Ahora, la noche es cerrada y la soledad se cierne en círculo sobre nosotros. No hay nada más. Un perro que ladra.
jueves 28 de abril de 2011
Cuento de hace mil años
Era la planta preferida de la princesa; un rosal frondoso, de tallo erguido, espinas fuertes y hojas verdes y sanas, que vivía en el jardín de palacio.
Pero ocurrió una desgracia: vino un viento huracanado que lo arrasó todo y el rosal no pudo resistir el envite. Sus ramas se quebraron y acabó con sus rosas en el suelo. Se sentía como un vulgar rastrojo y en sus noches de delirio marchito oía voces extrañas que salían de la tierra donde se aferraban sus raíces.
«Que desgraciado soy, en mi raíz suenan voces extrañas: ¡El rey Midas tiene orejas de burro! ¡El rey Midas tiene orejas de burro! », se quejaba un día el rosal con lágrimas como espinas.
Él no sabía qué significaban aquellas palabras, así que decidió investigar. Preguntó a los árboles más antiguos del jardín, que guardaban la sabiduría en el tronco, y estos le respondieron: «Es solo una historia que hace mucho tiempo un hombre escribió; se llamaba Ovidio». «¿Pero por qué las oigo yo?», preguntó el rosal. «La trajo el viento con su fuerza, pero pertenecen al pasado y al mundo de la imaginación, no has de tener miedo» le dijo el árbol.
Pero el rosal siguió escuchando todas las noches aquellas misteriosas voces que salían de su propia raíz; consumía toda su savia en reflexionar sobre su significado y no le quedaba ninguna para crecer de nuevo.
Una vez restaurado el palacio, volvió la princesa a visitar el jardín y viendo a su rosal preferido maltrecho y sin fuerzas, preguntó al jardinero qué ocurría: «¿Le falta agua a mi rosal?, ¿le falta abono? ¿Qué le pasa jardinero?» «No, princesa, lo riego a menudo y lo abono como es debido, pero tiene una enfermedad que lo consume: oye voces desde el fondo de la tierra que lo alimenta y eso le impide crecer».
Inmediatamente, la princesa dio una orden al jardinero: «¡Transplántalo lo antes posible! ¡Mañana quiero verlo frente a mi ventana!» «Será traumático mi princesa, perderá raíces y algunas ramas”», le contestó en jardinero. «No importa, transplántalo, corta todo lo que no sirva»
A la mañana siguiente, sólo una ramita de rosal despuntaba sobre la tierra frente a la ventana de la princesa. Ésta, recién levantada, abrió su ventana y le habló así: «¿Cómo estás rosal mío?, ¿sigues oyendo tus fantasmas? ¡Se sordo por mí: necesito que vuelvas a darme flores como aquellas!»
Y así todos los días, hasta que el rosal dio como respuesta un pequeño brote, un milímetro más, un verdor distinto y más brillante, y, luego, hojitas tiernas de un color verde luminoso. Y, por fin, en primavera, rosas rojas de un exquisito olor.
Pero ocurrió una desgracia: vino un viento huracanado que lo arrasó todo y el rosal no pudo resistir el envite. Sus ramas se quebraron y acabó con sus rosas en el suelo. Se sentía como un vulgar rastrojo y en sus noches de delirio marchito oía voces extrañas que salían de la tierra donde se aferraban sus raíces.
«Que desgraciado soy, en mi raíz suenan voces extrañas: ¡El rey Midas tiene orejas de burro! ¡El rey Midas tiene orejas de burro! », se quejaba un día el rosal con lágrimas como espinas.
Él no sabía qué significaban aquellas palabras, así que decidió investigar. Preguntó a los árboles más antiguos del jardín, que guardaban la sabiduría en el tronco, y estos le respondieron: «Es solo una historia que hace mucho tiempo un hombre escribió; se llamaba Ovidio». «¿Pero por qué las oigo yo?», preguntó el rosal. «La trajo el viento con su fuerza, pero pertenecen al pasado y al mundo de la imaginación, no has de tener miedo» le dijo el árbol.
Pero el rosal siguió escuchando todas las noches aquellas misteriosas voces que salían de su propia raíz; consumía toda su savia en reflexionar sobre su significado y no le quedaba ninguna para crecer de nuevo.
Una vez restaurado el palacio, volvió la princesa a visitar el jardín y viendo a su rosal preferido maltrecho y sin fuerzas, preguntó al jardinero qué ocurría: «¿Le falta agua a mi rosal?, ¿le falta abono? ¿Qué le pasa jardinero?» «No, princesa, lo riego a menudo y lo abono como es debido, pero tiene una enfermedad que lo consume: oye voces desde el fondo de la tierra que lo alimenta y eso le impide crecer».
Inmediatamente, la princesa dio una orden al jardinero: «¡Transplántalo lo antes posible! ¡Mañana quiero verlo frente a mi ventana!» «Será traumático mi princesa, perderá raíces y algunas ramas”», le contestó en jardinero. «No importa, transplántalo, corta todo lo que no sirva»
A la mañana siguiente, sólo una ramita de rosal despuntaba sobre la tierra frente a la ventana de la princesa. Ésta, recién levantada, abrió su ventana y le habló así: «¿Cómo estás rosal mío?, ¿sigues oyendo tus fantasmas? ¡Se sordo por mí: necesito que vuelvas a darme flores como aquellas!»
Y así todos los días, hasta que el rosal dio como respuesta un pequeño brote, un milímetro más, un verdor distinto y más brillante, y, luego, hojitas tiernas de un color verde luminoso. Y, por fin, en primavera, rosas rojas de un exquisito olor.
lunes 18 de abril de 2011
Nuevas estrategias de salvamento.
«¡Socorro, se hunde el barco!—dijeron las ratas—.Y echaron al capitán por la borda. Tres horas después se produjo el naufragio.
viernes 15 de abril de 2011
jueves 14 de abril de 2011
Solución drástica
Un día, los dioses se reunieron para analizar las guerras de religión. A la salida, se autoimolaron.
La decisión de Cenicienta
No se si recordáis que, cuando dieron las doce en el reloj del palacio del príncipe, Cenicienta grito: «¡Tengo que irme!», y, a continuación, atravesó el salón y bajó la escalinata tan deprisa que perdió un zapato. A los pocos días, el príncipe buscó a la dueña del zapato y, como ya habréis recordado, encontró a Cenicienta y se casó con ella.
Pero eso fue solo una parte de lo que realmente pasó. Porque yo se, de buena tinta, que Cenicienta volvió totalmente descalza a su casa, porque no perdió un zapato, sino los dos. Y el otro zapato lo encontró el zapatero de palacio.
También él buscó a Cenicienta y cuando la encontró le propuso matrimonio. Pero esta no aceptó, porque prefirió casarse con el futuro rey. Y así fue.
Al principio, el rey la trato como correspondía: como una verdadera reina. Pero conforme iban pasando los años, empezó a tratarla con desprecio. Y tanto fue así que se convirtió en una mujer desgraciada y deseó con todas sus fuerzas volver a su casa con sus hermanastras que, al contrario de lo que nos contaron, no eran tan malas.
Claro está que, toda la vida, se arrepintió de no haberse casado con el zapatero.
Pero eso fue solo una parte de lo que realmente pasó. Porque yo se, de buena tinta, que Cenicienta volvió totalmente descalza a su casa, porque no perdió un zapato, sino los dos. Y el otro zapato lo encontró el zapatero de palacio.
También él buscó a Cenicienta y cuando la encontró le propuso matrimonio. Pero esta no aceptó, porque prefirió casarse con el futuro rey. Y así fue.
Al principio, el rey la trato como correspondía: como una verdadera reina. Pero conforme iban pasando los años, empezó a tratarla con desprecio. Y tanto fue así que se convirtió en una mujer desgraciada y deseó con todas sus fuerzas volver a su casa con sus hermanastras que, al contrario de lo que nos contaron, no eran tan malas.
Claro está que, toda la vida, se arrepintió de no haberse casado con el zapatero.
La nueva vida de La Ratita Presumida
Hasta donde yo sabía hace bien poco, y creo que vosotros también, la Ratita Presumida se casó con el gato blanco de dulce voz. Lo que no sabíamos ninguno, y si alguien lo sabía que lo diga, es que el gato —como era de esperar— dio mala vida a la ratita. Tanto fue así que, al parecer, la ratita llamó a los tres pretendientes que tuvo en el pasado para que le ayudaran a deshacerse del gato. Primero, llegó el cerdo que le gruñó, pero el gato se tapó los oídos y se hizo el remolón. Luego, llegó el gallo que le pico, pero el gato se lamió la pata y se puso una tirita. Y más tarde, llegó el perro que cumplió con su obligación y persiguió al gato hasta echarlo del vecindario. La Ratita Presumida, entonces, le dio las gracias a los tres, fue a comprarse un gran lazo de color rojo, se lo plantó en la cabeza y decidió vivir sola toda la vida.
miércoles 13 de abril de 2011
La crisis de los tres cerditos
Todo el mundo sabe que los tres cerditos prepararon un caldero con agua hirviendo en el hueco de la chimenea y que el lobo cayó en él y salió de allí a toda prisa y escaldado. También sabemos que, a partir de entonces, los tres decidieron vivir juntos en la casa de ladrillo y cemento del tercer cerdito, más fuerte que la de madera o paja que había tumbado el lobo con sus soplidos. Pero lo que no sabe nadie es que, aunque trabajaron mucho, mucho, mucho, vino una crisis y no pudieron acabar de pagar la hipoteca. El banco, entonces, les embargó la casa de ladrillo y cemento y tuvieron que hacerse una de madera y paja. El lobo, de todos modos, no volvió a molestarlos, porque hacía horas extras en el cuento de Caperucita.
Ceses y dimisiones
Sentó la cabeza y cesó al corazón. El resto del cuerpo dimitió de todos sus cargos.
lunes 11 de abril de 2011
viernes 8 de abril de 2011
La cabeza de Manolito
«¡Monolito...tienes la cabeza llena de serrín!», le decían niños y mayores al loco del pueblo. Un día, ya cansado, Manolito se pegó un tiro en la sien. De su cabeza salieron pájaros.
lunes 4 de abril de 2011
La leyenda de Barranqueros 1
Desde la ventana de mi habitación, en Barranqueros, donde crecí, se puede ver el Mediterráneo tras un horizonte intermitente de tierra, hoy casi baldía, pero ayer poblada de almendros, olivos y viñas. Situado entre La Cerca y Los Burgos, ceñido por cañaverales y chumberas, aquel cachito de tierra, me sigue pareciendo, hoy, sin embargo, el más bello paraíso perdido de la tierra. Y así debió ser, también, para el protagonista de mi historia.
Cuando era niña, los viejos del lugar aseguraban que el fantasma de un moro se aparecía, cada noche de luna llena, en los riscos del repecho más alto, aquel a cuyo abismo llaman La Barranca, y que allí, sobre un saliente de roca pizarra, permanecía durante toda la noche vigilante fiel de un hipotético cofre maravilloso lleno de monedas de plata, piedras preciosas, perlas de nácar y ricas telas de seda, que había dejado enterrado, debajo de la Piedra Gorda, antes de partir para tierras lejanas.
Una noche, en sueños, el moro me visitó. Y me reveló, desde su acostumbrado lugar, que había sido el dueño y señor de aquellas tierras y que volvía, cada noche, victima de la nostalgia. Sí, allí quedaron sus tesoros: su tierra, su casa y el amor de su «princesa», que así la llamaba.
Al despuntar el sol, tras mi noche de ensueños, subí a lo alto de aquel promontorio, me senté unos minutos en aquella roca a modo de balcón y miré a mí alrededor con detenimiento. Mis ojos buscaron, en el punto imaginario desde el cual el moro me habló, alguna prueba de su presencia. Pero no quedaba ni una sola huella de su dolor: ni una lágrima, ni su gran pañuelo blanco...y sus profundos ojos negros, redondos como la O, se habían esfumado como las estrellas. Lentamente, volví sobre mis pasos, hacia la casa, cavilando sobre lo reales que a veces nos parecen los sueños.
Aquella mañana el aire era limpio y el rocío había regado los arriates. Un sol redondo como un pan de rojo fuego salía tras la silueta del legendario Cortijo y el olor a tierra mojada se colaba hasta la cocina donde se mezclaba con el de la malta y el Cola-Cao.
Durante el desayuno mi abuela sintonizaba la radio y mientras buscaba en el dial Radio Juventud de Málaga, ruidos de frecuencias extrañas se entremezclaban con voces de locutores y locutoras familiares. Y algo que siempre sonaba: las emisoras de "los moros" con aquella música exótica, lejana y cercana a la vez.
Era inevitable: me levantaba de la silla y mientras bailaba al ritmo de aquellas notas que llegaban a través del viento soñaba que era yo la princesa enamorada a la que el moro venía a ver desde el otro lado del horizonte.
Más tarde, la vida me expulsó de aquel reino infantil de leyendas y almendros florecidos. Tenía que aprender matemáticas, geografía, historia y latín. Fue mi destierro.
Pero de vez en cuando vuelvo. Y en las noches de luna llena, cansinamente, porque el tiempo pesa, subo hasta la roca saliente de piedra pizarra. Es allí donde se respira el mejor aire de la tierra: un aire limpio con aromas de campo y de mar que se me cuela hasta los huesos.
Y fue allí donde ayer, por fin, encontré a aquel moro enamorado de ojos negros y mirada profunda que levantó a duras penas su cuerpo, apoyando una hermosa curva de vejez sobre su viejo cayado. Su mirada fue como un rayo. Y su temblorosa mano alargó hacia las mías un pequeño cofre de madera que abrí con curiosidad de niña.
«¡Toma, aquí está mi pequeña historia, mi humilde vida, mi cuento y mi leyenda! - me dijo -. Ve y cuéntala al viento por si el viento se la susurrara a los hombres. Por si estos aprendieran del viento que anda libre por el mundo sin límites ni fronteras».
No salía de mi asombro. Tenía entre las manos el mejor de los tesoros posibles: el relato del que había sido un humilde habitante de aquella tierra, que desde su eterno exilio volvía para entregarme el testimonio de su vida. ¡A mí, que soñé con ser su princesa!.
Y por su mandato os la entrego.
lunes 28 de marzo de 2011
viernes 25 de marzo de 2011
Maldito duende
Acababa yo de cumplir los ocho años, cuando mi abuela, entonces con cincuenta y siete, empezó a pelear, en voz alta, con un duende que parecía odiar el orden de todas las cosas. El duende le escondía las gafas, la novela de Corín Tellado, el rosario, el quinqué, el soplillo o el azucarero, y le cambiaba de sitio las babuchas, la revista Ama, las tijeras, las medias, el jabón y hasta las orquillas del moño. «Como te pille te vas a enterar, duende del demonio», la oíamos decir mi hermano y yo y nos reíamos a carcajadas. Yo me escondía detrás de las puertas, de las cortinas o de la cómoda de los tres espejos para pillarlo por sorpresa, pero nunca llegué a verlo. De todas formas, me lo imaginaba azul, del tamaño de un pepino, con dientes de Ratoncito Pérez, nariz de Pinocho y orejas iguales, sino que mucho más pequeñas, a las de nuestra burra Catalina, y soñaba con él por las noches. Durante nuestra juventud, ya en casa de mis padres, mi abuela siguió peleando con «su amigo›, que le «embarcaba la cabeza», decía ella, y la martirizaba con diabluras cada vez de más alto rango: le añadía sal extra a las comidas, metía la ropa limpia en la lavadora o ponía un huevo en el cajón de los calcetines. «Ya está la abuela otra vez con el duende, serán despistes», decíamos todos mirándonos con cierta perplejidad y preocupación. Pero, a continuación, mis padres salían pitando para la tienda, de donde volvían a las diez de la noche reventados, y mis hermanos y yo nos íbamos a una reunión, a la manifestación de turno, a la facultad, al trabajo o al cine, y dejábamos a mi abuela sola en la casa con «su duende». Unos años más tarde, un día, cuando regresaba de la facultad a mi casa, a eso de las seís de la tarde, me encontré a mi abuela, en camisón de dormir y descalza, sentada en un banco de la plaza, echándole trocitos de pan duro a las palomas. A partir de aquel día, fue olvidando el nombre de las cosas y nuestros nombres hasta que se perdió a sí misma y no se volvió a encontrar nunca más. Y ahora, parece que un duende se «entretiene» conmigo. Será porque tengo cincuenta y siete años.
martes 22 de marzo de 2011
Premonición
Aquella mañana, sin motivo aparente y por sorpresa, pensé que aquel invierno los almendros no florecerían, que las cigüeñas se quedarían ciegas y surcarían el cielo como locas, tropezando contra espadañas y cables de alta tensión, cayendo al suelo gravemente heridas o electrocutadas. Y que la primavera sería abortada antes de brotar. No era una pesadilla como otras veces. Esta vez estaba despierta, con los ojos redondos de miedo ante la posibilidad de que mi pensamiento fuera una premonición que no supiera interpretar. Me puse a hacer cábalas, asociaciones de ideas, junté y separé palabras, conté silabas, pensé en los colores de mi pensamiento: el blanco de las flores y de las cigüeñas; el negro de la muerte. Después, paré de pensar. En estos casos es los mejor, me dije, y me dirigí a la cocina buscando consuelo en un bombón de los que había comprado para Navidad. Tres meses después, el 11 de marzo de 2004, no fue un once de marzo cualquiera. Sonó el despertador a las ocho y media, como siempre, pero al locutor le temblaba la voz y en su discurso nervioso y apresurado destacaban algunas palabras por encima de otras: trenes, Atocha, bombas, atentados, muertos, muertos, muertos… Algunos días después, el recuento oficial dio ciento noventa fallecidos, asesinados, aunque el número final fue de ciento noventa y uno, porque el diez de mayo, a las cuarenta y ocho horas de nacer, murió un niño, debido a las heridas sufridas por su madre en el atentado. Al saberlo, sentí miedo de la humanidad y de mí misma y un profundo escalofrío recorrió mi cuerpo.
martes 8 de marzo de 2011
La suerte está echada
Miró el reloj y eran las ocho. Se puso el abrigo y se echó sobre los hombros la bufanda y cogió las llaves y los guantes y el paraguas y se aseguró de que llevaba dinero en el bolsillo antes de salir. Diez euros; suficiente para comprar el periódico en el quiosco de la Barqueta. «Y el cupón, el cupón, el cupón» repitió mentalmente para fijar la idea en su cabeza. Últimamente tenía que hacer ese ejercicio con demasiada frecuencia y le preocupaba. «Es la edad, los cincuenta y cinco, que no perdonan» le decía su mujer para tranquilizarlo.
Cerró la puerta y echó la llave, pero apenas habia andando cuatro pasos se volvió para echar la segunda vuelta. Sería la edad, pero, además, estaba nervioso, tenía que reconocerlo.
«Si muero de muerte natural, moriré en invierno, seguro», pensó mientras aceleraba el paso, se ponía los guantes y se colocaba la bufanda alrededor del cuello, tapándose hasta las orejas. Dos grados bajo cero, marcaba el termómetro de la calle. Pero era bueno caminar; para la salud y para el bolsillo.
Y no es que Mario no tuviera dinero para coger el autobús, es que estaba ahorrando, si se podía llamar así. No desde hacía mucho tiempo, apenas una semana: desde el jueves anterior; el día en que su jefe —el gerente de Medios y Publicidad, S.A— le mandó una cartita, de esas que te meten el miedo en el cuerpo, citándolo esta mañana, en su despacho; a las nueve. Además, quería tener calle, aire suficiente, para respirar hondo antes de enfrentarse a aquel mequetrefe de medio pelo —les dan un cargo y se creen dioses— que posiblemente lo iba a despedir con la excusa de la crisis.«¡Y meterán a un becario en mi lugar, poca vergüenza!» se dijo, y apretó el paso. Y los dientes.
Cruzó Torneo por el semáforo del Alamillo. Aún no llovía, aunque amenazaba. Mientras caminaba con paso vacilante (hacía días que venía notando como si sus pies, en vez de suelo firme, pisaran sobre blando e inestable), fijaba su atención en el río, adivinando peces debajo de los círculos concéntricos del agua y admirando a los jóvenes remadores del club de piragüismo. También le gustaba ver ese ir y venir de gente joven, y no tan jóvenes, en bicicleta. Podría probar. «¡Pero si no tienes equilibrio ni sobre la tierra, Marío! Además, Las bicicletas son para el verano», pensaba mientras se veía con quince años montado en aquella que le regaló su padre, tan larguirucho, lánguido y pazguato como Gabino Diego. En ese momento se sorprendió a sí mismo con la, probablemente, única sonrisa del día, y tomó conciencia, con ella, de que ya había llegado a la rotonda de la Barqueta.
Miró el reloj. Eran menos diez y el pulso se le aceleró.
Todavía tuvo tiempo de saludar a Curro, comprarle el periódico (El País), echar una ojeada a los titulares y comentar con él la última novedad del gobierno. «¡Que más quisiera yo que tener trabajo hasta los 67, Curro, qué más quisiera yo!».
Cruzó la calle Torneo de nuevo, cogió la calle Calatrava en dirección a la Alameda y se detuvo antes de llamar al portero electrónico del noveno A del número siete. Respiró hondo y llenó sus pulmones de aire. Arriba le esperaba la mala noticia. Su suerte estaba echada.
Cerró la puerta y echó la llave, pero apenas habia andando cuatro pasos se volvió para echar la segunda vuelta. Sería la edad, pero, además, estaba nervioso, tenía que reconocerlo.
«Si muero de muerte natural, moriré en invierno, seguro», pensó mientras aceleraba el paso, se ponía los guantes y se colocaba la bufanda alrededor del cuello, tapándose hasta las orejas. Dos grados bajo cero, marcaba el termómetro de la calle. Pero era bueno caminar; para la salud y para el bolsillo.
Y no es que Mario no tuviera dinero para coger el autobús, es que estaba ahorrando, si se podía llamar así. No desde hacía mucho tiempo, apenas una semana: desde el jueves anterior; el día en que su jefe —el gerente de Medios y Publicidad, S.A— le mandó una cartita, de esas que te meten el miedo en el cuerpo, citándolo esta mañana, en su despacho; a las nueve. Además, quería tener calle, aire suficiente, para respirar hondo antes de enfrentarse a aquel mequetrefe de medio pelo —les dan un cargo y se creen dioses— que posiblemente lo iba a despedir con la excusa de la crisis.«¡Y meterán a un becario en mi lugar, poca vergüenza!» se dijo, y apretó el paso. Y los dientes.
Cruzó Torneo por el semáforo del Alamillo. Aún no llovía, aunque amenazaba. Mientras caminaba con paso vacilante (hacía días que venía notando como si sus pies, en vez de suelo firme, pisaran sobre blando e inestable), fijaba su atención en el río, adivinando peces debajo de los círculos concéntricos del agua y admirando a los jóvenes remadores del club de piragüismo. También le gustaba ver ese ir y venir de gente joven, y no tan jóvenes, en bicicleta. Podría probar. «¡Pero si no tienes equilibrio ni sobre la tierra, Marío! Además, Las bicicletas son para el verano», pensaba mientras se veía con quince años montado en aquella que le regaló su padre, tan larguirucho, lánguido y pazguato como Gabino Diego. En ese momento se sorprendió a sí mismo con la, probablemente, única sonrisa del día, y tomó conciencia, con ella, de que ya había llegado a la rotonda de la Barqueta.
Miró el reloj. Eran menos diez y el pulso se le aceleró.
Todavía tuvo tiempo de saludar a Curro, comprarle el periódico (El País), echar una ojeada a los titulares y comentar con él la última novedad del gobierno. «¡Que más quisiera yo que tener trabajo hasta los 67, Curro, qué más quisiera yo!».
Cruzó la calle Torneo de nuevo, cogió la calle Calatrava en dirección a la Alameda y se detuvo antes de llamar al portero electrónico del noveno A del número siete. Respiró hondo y llenó sus pulmones de aire. Arriba le esperaba la mala noticia. Su suerte estaba echada.
Entonces cayó en la cuenta de que se le había olvidado comprar el cupón.
lunes 7 de marzo de 2011
Reencuentro
Hacía siete veranos que no veía aquellos montes, pero fue ayer en mi recuerdo cuando, desde lo alto de aquel promontorio, divisé aquellas lomas limpias, suaves, aterciopeladas, vestidas de color oro al atardecer.
El olor a salitre y a campo penetraba en mis sentidos como el de la dama de noches, hiriendo de intensidad, y emborrachándome de él me detuve allí por unos minutos. El rumor de las olas aún mecía mis sueños: va y viene, sube y baja la espuma...
Allí aprendí los primeros pasos, las primeras palabras, las primeras letras, los primeros números, los primeros juegos, las primeras canciones.
Allí tuve los primeros sueños, las primeras pesadillas, los primeros miedos.
Allí rompí los primeros juguetes, ignoré los primeros pecados.
Ahora, aquel escenario posaba ante mis ojos de nuevo: la musa de mi vida. Todo más viejo, más desgastado: ¿La erosión del viento en el paisaje? ¿La erosión del tiempo en mis ojos?
No se cuánto tiempo pasó, porque el tiempo allí no tiene nunca prisa. Permanecí inmóvil, ensimismada en mis recuerdos, hasta que el negro color de la noche, salpicado de mágicas e incontables estrellas, descendió sobre mí. Y una vez más, como siempre que vuelvo, añoré la paz que perdí y el dulce regazo de la tierra.
El olor a salitre y a campo penetraba en mis sentidos como el de la dama de noches, hiriendo de intensidad, y emborrachándome de él me detuve allí por unos minutos. El rumor de las olas aún mecía mis sueños: va y viene, sube y baja la espuma...
Allí aprendí los primeros pasos, las primeras palabras, las primeras letras, los primeros números, los primeros juegos, las primeras canciones.
Allí tuve los primeros sueños, las primeras pesadillas, los primeros miedos.
Allí rompí los primeros juguetes, ignoré los primeros pecados.
Ahora, aquel escenario posaba ante mis ojos de nuevo: la musa de mi vida. Todo más viejo, más desgastado: ¿La erosión del viento en el paisaje? ¿La erosión del tiempo en mis ojos?
No se cuánto tiempo pasó, porque el tiempo allí no tiene nunca prisa. Permanecí inmóvil, ensimismada en mis recuerdos, hasta que el negro color de la noche, salpicado de mágicas e incontables estrellas, descendió sobre mí. Y una vez más, como siempre que vuelvo, añoré la paz que perdí y el dulce regazo de la tierra.
jueves 3 de marzo de 2011
Diálogo de civilizaciones
—Tengo miedo —dijo el vivo—vosotros estáis muertos, pero sois más.
—Tengo miedo —dijo el muerto—, porque llegará un día en que ya no cabremos en este mundo y, también aquí, nos mataremos los unos a los otros.
—¿Y, entonces, adonde iremos todos?—preguntó el vivo.
—Nos iremos a la nada, a empezar de cero —contestó el muerto mientras suspiraba con aires de resignación.
—Tengo miedo —dijo el muerto—, porque llegará un día en que ya no cabremos en este mundo y, también aquí, nos mataremos los unos a los otros.
—¿Y, entonces, adonde iremos todos?—preguntó el vivo.
—Nos iremos a la nada, a empezar de cero —contestó el muerto mientras suspiraba con aires de resignación.
miércoles 23 de febrero de 2011
miércoles 16 de febrero de 2011
Despoblación
En enero, murió de frío el guardia forestal y en febrero, su mujer murió de tristeza. En marzo, una pulmonía se llevó al otro mundo a Remigio, el leñador, que ya era viudo, y en abril, encontramos al herrero ahogado en el río. En mayo, murió la tendera, nadie supo de qué, y en junio, su marido, de un ataque al corazón. En julio, murió, desangrada, Adelita, la soltera y, en agosto, el médico se suicidó sin dejar nada dicho. En septiembre, apareció la matrona con un tiro mortal en la cabeza y en octubre, nos dejó el cura, D. Benito, que Dios lo tenga en su gloria. En noviembre, murió el último niño del pueblo y en diciembre, la maestra. Ahora tengo miedo, porque empieza un nuevo año y solo quedamos tú y yo.
viernes 11 de febrero de 2011
El viejo mago de la calle Goles
Usted no me creerá porque me ve como me ve, no solo viejo, sino vencido y derrotado, que es la peor vejez que puede existir, pero yo le juro que, durante los años ochenta, fui el mejor mago de España. Sí: aquí donde me ve, que no tengo hoy donde caerme muerto. Si no se lo cree puede venir conmigo a mi casa; bueno, no a mi casa, sino a la habitación donde vivo, ahí cerca, a la vuelta de la esquina, en la calle Goles. Porque esa es otra: ya no tengo ni casa, que la mía me la embargó el banco; así se porta este país con los viejos y fracasados como yo.
Échese un trago conmigo, señor, que yo le invito. Camarero, ponga un vino.
Como le iba diciendo, tengo todos los recortes de periódicos de aquella época, todas las fotos y todos los reportajes donde se alababa mi destreza. Trabajé en el Circo Mundial, en el Gran Circo Ruso, en el Teatro de la Magia. Pero…¡ay, que poco duró aquello!: el éxito se esfumó prácticamente de la noche a la mañana. Los circos y los teatros dejaron de contratarme, sin más. Mis números se estaban quedando anticuados; eso fue, al menos, lo que me dijeron. Aunque yo creo que la razón fue otra: Los niños ya no se sorprendían cuando veían a un conejo salir de la chistera, a una paloma aparecer entre un pañuelo o a la pobre Verónica escapar indemne de los siete cuchillos que habían atravesado el cajón. Pobre muchacha: ella está peor que yo: muerta y enterrada; tuvo un accidente, ¿sabe usted? O tal vez, sea mejor así: morir a tiempo, antes de sufrir esta humillación.
Le iba diciendo que lo que pasó, en realidad, o así lo creo yo, no es que mi magia estuviera pasada de moda, o que yo hubiera perdido facultades, como algunos empresarios tuvieron el valor de decirme, es que los niños dejaron de creer en la magia. Me lo dejó claro un chavea con el que estuve hablando el último día de la temporada de la Feria de Abril del 87. Me acuerdo bien porque ese fue mi último día de trabajo; esas cosas no se olvidan. El chaval no levantaba dos palmos del suelo, tendría unos siete años, caculo yo, y, por lo visto, se colaba todos los días en el anfiteatro del circo. Se sentaba siempre en las primeras filas. ¡Jodio chaval!; no me pregunte cómo lo hacía, pero no faltó ni un solo día de los veintitrés que estuvimos actuando aquí. Aquel día, al terminar el espectáculo, me acerqué al él y le pregunté por qué no se inmutaba con el número de la paloma, ni con el del conejo, ni con ninguno. Se me encogió de hombros, ¿sabe usted?, y me dijo, en mi misma cara, que tenía una máquina en su casa que hacía mejores números que yo y que ya no creía en mi magia ¡Una maquina!, ¿puede usted creerlo? «¿Qué clase de máquina?», le pregunté con curiosidad. «Una videoconsola», me dijo el chaval. Era la primera vez en mi vida que oía tal nombrecito. Ha sido la ruina de los magos, de los ilusionistas, de los payasos, y de los Juegos reunidos Geyper. Sí, sí, no se ría. Y si no, mire aquella mesa, allí en aquella esquina: el padre y la madre comen, hablan, discuten… Obsérveles un segundo, ¿qué hacen los niños?: jugar con esos aparatejos que por lo que cuentan, porque yo le juro que jamás he tenido uno en mis manos, deben haber evolucionado una barbaridad. Una autentica ruina, se lo digo yo. No hacen otra cosa y lo que pasa a su alrededor les trae sin cuidado, no les ilusiona nada, nada más que la dichosa maquinita.
¿Quiere otro vasito de vino? Ha dejado de nevar, pero es temprano.
Pues sí, ese fue el principio del fin. De mi fin. Pero usted perdone mi atrevimiento. A lo mejor le canso con mis cosas. Es que me pongo hablar y no paro.
jueves 3 de febrero de 2011
Cosas de la vida
Una cabra soñó con ser oveja y se fue a una peletería. Pero le vendieron la piel del oso antes de cazarla. Salió escaldada.
Dibujo encontrado en un artículo de la Sociedad Chilena de Anatomía sobre la producción de Quimeras.
Dibujo encontrado en un artículo de la Sociedad Chilena de Anatomía sobre la producción de Quimeras.
viernes 28 de enero de 2011
En la última página, el libro puso fín y se quedó sin palabras
En la última página, el libro puso fin y se quedó sin palabras y yo, vencida por el cansancio, cerré los ojos y empecé a soñar: las letras se escapaban del libro y, traicionando su vocación y su oficio, se dirigían volando hacia la estantería de mi salón, se introducían en mi antiguo televisor Sony de 26 pulgadas y empezaban a jugar al fútbol. Dentro del campo, tenían unas patitas negras diminutas: parecían hormigas sobre el césped.
Claramente vi que el árbitro, que era la letra a, pitaba el comienzo del partido. La r empezó a regatear, la c corría y la m marcaba al contrario. El juego se jugaba con pasión. A los cinco minutos, una g metió un gol con la O en la portería de la p. Las emes masificadas se enfadaban con las ges y las pes reclamaron fuera de juego. Yes dijo el linier, que era inglés, al preguntarle el árbitro. Y las pes y las ges pasaron a mayores. La i insultó, la e se enfureció y yo me sorprendí a mi misma vociferando como una vulgar v.
En el gol norte, las enes no entendían nada y apoyaban a las pes, que festejaban la fiesta con la f. En el gol sur la iracundia de la i era insoportable y la l echaba más leña al fuego. Se lió la mundial. «Llamemos a la policía», dijo la elle, que ese momento dejaba de serlo. Y aquello ya no era un juego sino una guerra de erres, que seguían erre que erre con los errores.
Mientras, en las gradas, una t tonteaba con otra t y a la c le daba un ataque de celos. Las tres pasaban del jaleo de la j, del gol de la g, de las emes masificadas y de la yes del linier inglés. Tenían otras preocupaciones. En el asiento de al lado la e intercambiaba guiños con la ñ, que levantaba la ceja sorprendida. La q, sin embargo, estaba quieta buscando una u para formar un que, aunque era difícil, porque la e se encontraba al otro extremo del campo y seguía enfurecida y la u estaba ausente porque le dolía una uña que le había partido una p con el puño. La h estaba despistada hurgándose los mocos ante la mirada curiosa de la z que la miraba desde la punta de su nariz respingona. La w, prima del linier, se fue al bar y se tomó un güisqui inglés con la b, que bebía como una cosaca. La k, la pobre, se sentía sola y era un poco invisible: había que kometer una falta para verla. Poco a poco, volvió la calma a las emes de la masa, a las uves, a las ies y a las erres. El partido acabó en empate a cero.
Claramente vi que el árbitro, que era la letra a, pitaba el comienzo del partido. La r empezó a regatear, la c corría y la m marcaba al contrario. El juego se jugaba con pasión. A los cinco minutos, una g metió un gol con la O en la portería de la p. Las emes masificadas se enfadaban con las ges y las pes reclamaron fuera de juego. Yes dijo el linier, que era inglés, al preguntarle el árbitro. Y las pes y las ges pasaron a mayores. La i insultó, la e se enfureció y yo me sorprendí a mi misma vociferando como una vulgar v.
En el gol norte, las enes no entendían nada y apoyaban a las pes, que festejaban la fiesta con la f. En el gol sur la iracundia de la i era insoportable y la l echaba más leña al fuego. Se lió la mundial. «Llamemos a la policía», dijo la elle, que ese momento dejaba de serlo. Y aquello ya no era un juego sino una guerra de erres, que seguían erre que erre con los errores.
Mientras, en las gradas, una t tonteaba con otra t y a la c le daba un ataque de celos. Las tres pasaban del jaleo de la j, del gol de la g, de las emes masificadas y de la yes del linier inglés. Tenían otras preocupaciones. En el asiento de al lado la e intercambiaba guiños con la ñ, que levantaba la ceja sorprendida. La q, sin embargo, estaba quieta buscando una u para formar un que, aunque era difícil, porque la e se encontraba al otro extremo del campo y seguía enfurecida y la u estaba ausente porque le dolía una uña que le había partido una p con el puño. La h estaba despistada hurgándose los mocos ante la mirada curiosa de la z que la miraba desde la punta de su nariz respingona. La w, prima del linier, se fue al bar y se tomó un güisqui inglés con la b, que bebía como una cosaca. La k, la pobre, se sentía sola y era un poco invisible: había que kometer una falta para verla. Poco a poco, volvió la calma a las emes de la masa, a las uves, a las ies y a las erres. El partido acabó en empate a cero.
La doble fortuna...
... del que cayó a un pozo y fué rescatado a tiempo y a medida que iba subiendo la distancia que separaba el brocal del fondo, fue viendo como se iban ahogando en él ratas y culebras que no tenían donde agarrarse ni quien las salvara, de modo que se sintió afortunado de ser persona humana y no animal.
martes 18 de enero de 2011
Humor propio: mis greguerías
La p es la letra más puntual: siempre llega en punto.
El sueño de las letras es formar una palabra con todo el abecedario.
Una novela es el sueño de un libro en blanco.
Mensajes para Bécquer:
Ya no caben más suspiros en el aire, hay demasiados huracanes.
El amor cuando se olvida… se va… a paseo.
Mensaje en una botella para un alcohólico: prohibido abrir la botella.
El sol esta celoso de Ese toro enamorao de la luna.
Se comió la sopa de letras y se quedó sin palabras.
Quien no llora, no mama y quien no mama llora de hambre.
La paloma de la paz se ha vuelto loca: sufre desdoblamiento de personalidad.
En el principio, las palabras congeniaron con las piedras y se inventó la escritura.
Había una vez un grillo que se llamaba José: era un Pepito grillo.
La infancia es la magia del tiempo; la vejez, el descubrimiento del truco.
El pingüino se vistió para bailar un vals, pero no tiene dotes.
El camaleón es feo, pero tiene mucho estilo: se cambia de traje según la ocasión.
El niño quiere ser piloto porque su abuelo está en el cielo.
El caracol va despacio porque no necesita llegar a su casa.
Una oveja es una cabra bien abrigada.
Una cabra sueña con ser oveja y se va a una peletería.
La leche y el café se reunen a la hora del desayuno.
La leche y el café se han reunido a la hora del desayuno. Han decido aparcar sus diferencias y volver a reunirse a la hora de la merienda.
Los corderos son lobos disfrazados.
En la última página, el libro puso fín y se quedó sin palabras.
El sueño de las letras es formar una palabra con todo el abecedario.
Una novela es el sueño de un libro en blanco.
Mensajes para Bécquer:
Ya no caben más suspiros en el aire, hay demasiados huracanes.
El amor cuando se olvida… se va… a paseo.
Mensaje en una botella para un alcohólico: prohibido abrir la botella.
El sol esta celoso de Ese toro enamorao de la luna.
Se comió la sopa de letras y se quedó sin palabras.
Quien no llora, no mama y quien no mama llora de hambre.
La paloma de la paz se ha vuelto loca: sufre desdoblamiento de personalidad.
En el principio, las palabras congeniaron con las piedras y se inventó la escritura.
Había una vez un grillo que se llamaba José: era un Pepito grillo.
La infancia es la magia del tiempo; la vejez, el descubrimiento del truco.
El pingüino se vistió para bailar un vals, pero no tiene dotes.
El camaleón es feo, pero tiene mucho estilo: se cambia de traje según la ocasión.
El niño quiere ser piloto porque su abuelo está en el cielo.
El caracol va despacio porque no necesita llegar a su casa.
Una oveja es una cabra bien abrigada.
Una cabra sueña con ser oveja y se va a una peletería.
La leche y el café se reunen a la hora del desayuno.
La leche y el café se han reunido a la hora del desayuno. Han decido aparcar sus diferencias y volver a reunirse a la hora de la merienda.
Los corderos son lobos disfrazados.
En la última página, el libro puso fín y se quedó sin palabras.
martes 11 de enero de 2011
Un día de invierno inusualmente luminoso
viernes 12 de noviembre de 2010
El espantapájaros
Una de las múltiples diversiones que los niños teníamos en Barranqueros era tirar piedras a los espantapájaros que colocaba en los huertos Paco Vela, el medianero. Sobre todo, contra aquel que había puesto en el llano grande, junto al pozo.
Creíamos que dentro de aquel disfraz desaliñado, en realidad, había un hombre escondido, no de trapo, sino de carne y hueso, y que su enmascaramiento, solo tenía un objetivo: ser mientras más feo mejor para así infundir más miedo a los gorriones. Y queríamos tentar su paciencia, ver si algún día, cansado ya de aguantarnos, salía corriendo detrás de nosotros y así poder reírnos de él. Aunque, cojitranco —con una pierna de palo más larga que la otra— y tuerto —solo tenía un ojo de culo de botella— era difícil que nos cogiera. «Para espantapájaros vales, pero para coger niños, mejor el Tío Mantequero», le decíamos entre burlas y risas.
Nunca olvidaré aquel día, de octubre ya, en el que, a la caída de la tarde, de una tarde que era casi noche y empezando a lloviznar, mi abuela cayó en la cuenta de que se le había olvidado ir a recoger el pan a la casilla del pozo, junto al llano grande, a unos doscientos metros de la casa, cerro abajo, donde lo dejaba todas las mañanas el panadero. Considerándome ya mayor —unos siete años, si no recuerdo mal—, me ofrecí para bajar a recogerlo y ella me dio permiso.
Me puse el impermeable, me armé de valor y bajé la cuesta con mis katiuscas y mi paraguas en ristre. Todo fue normal y tranquilo hasta que llegué a la casilla. Allí, de pronto, el estruendoso ruido seco de un trueno espeluznante dejó mi garganta sin grito. Una sombra inesperada se colocó a mis pies y la luz de un relámpago verde cegó mis ojos. Mi cuerpo tembló todo entero y fui transportada a un mundo fantasmagórico.
El espantapájaros alargó su brazo, que se estiró como un chicle, colocando su peluda mano de tomiza de esparto sobre mis hombros. Quise ser pájaro entonces, pero mis alas no existían y mis pies quedaron paralizados. Para mis adentros, supliqué: «¡No me mates, no me mates, ahora no, déjame vivir, cógeme cuando sea mayor!», pensando confiadamente en que para entonces tendría armas suficientes para escapar.
En pocos segundos, el cielo descargó sobre mí un chaparrón fuerte que me espabiló el sentido y devolvió a su sitio al terrorífico muñeco de sacos rotos y sombrero de paja. Cogí el pan que estaba protegido con un plástico y salí corriendo, caminito arriba, que me las pelaba.
Cuando llegué a la casa iba empapada: en ningún momento había caído en la cuenta de que llevaba un paraguas; además, le podía haber atizado con él al espantapájaros, pero el miedo me atenazó.
Aquella noche, tuve una pesadilla: un relámpago verde bajaba de la loma de Cañeo, iluminando las viñas, el río, el pozo y los bancales. El espantapájaros se reía de mí a carcajadas y unas primillas negras sobrevolaban el cielo, teñido de violeta. Todas bajaban que parecían aviones en picado y me perseguían, corriendo por las lomas y los cerros. Yo corría sin parar y mientras más corría más pájaros negros me perseguían y más se reía de mí el espantapájaros. Llegué a pedirle perdón por mis piedras y por todas las piedras de todos los niños de Barranqueros y desperté entre los brazos de mi abuela, empapada, esta vez, de lágrimas y no de lluvia.
Creíamos que dentro de aquel disfraz desaliñado, en realidad, había un hombre escondido, no de trapo, sino de carne y hueso, y que su enmascaramiento, solo tenía un objetivo: ser mientras más feo mejor para así infundir más miedo a los gorriones. Y queríamos tentar su paciencia, ver si algún día, cansado ya de aguantarnos, salía corriendo detrás de nosotros y así poder reírnos de él. Aunque, cojitranco —con una pierna de palo más larga que la otra— y tuerto —solo tenía un ojo de culo de botella— era difícil que nos cogiera. «Para espantapájaros vales, pero para coger niños, mejor el Tío Mantequero», le decíamos entre burlas y risas.
Nunca olvidaré aquel día, de octubre ya, en el que, a la caída de la tarde, de una tarde que era casi noche y empezando a lloviznar, mi abuela cayó en la cuenta de que se le había olvidado ir a recoger el pan a la casilla del pozo, junto al llano grande, a unos doscientos metros de la casa, cerro abajo, donde lo dejaba todas las mañanas el panadero. Considerándome ya mayor —unos siete años, si no recuerdo mal—, me ofrecí para bajar a recogerlo y ella me dio permiso.
Me puse el impermeable, me armé de valor y bajé la cuesta con mis katiuscas y mi paraguas en ristre. Todo fue normal y tranquilo hasta que llegué a la casilla. Allí, de pronto, el estruendoso ruido seco de un trueno espeluznante dejó mi garganta sin grito. Una sombra inesperada se colocó a mis pies y la luz de un relámpago verde cegó mis ojos. Mi cuerpo tembló todo entero y fui transportada a un mundo fantasmagórico.
El espantapájaros alargó su brazo, que se estiró como un chicle, colocando su peluda mano de tomiza de esparto sobre mis hombros. Quise ser pájaro entonces, pero mis alas no existían y mis pies quedaron paralizados. Para mis adentros, supliqué: «¡No me mates, no me mates, ahora no, déjame vivir, cógeme cuando sea mayor!», pensando confiadamente en que para entonces tendría armas suficientes para escapar.
En pocos segundos, el cielo descargó sobre mí un chaparrón fuerte que me espabiló el sentido y devolvió a su sitio al terrorífico muñeco de sacos rotos y sombrero de paja. Cogí el pan que estaba protegido con un plástico y salí corriendo, caminito arriba, que me las pelaba.
Cuando llegué a la casa iba empapada: en ningún momento había caído en la cuenta de que llevaba un paraguas; además, le podía haber atizado con él al espantapájaros, pero el miedo me atenazó.
Aquella noche, tuve una pesadilla: un relámpago verde bajaba de la loma de Cañeo, iluminando las viñas, el río, el pozo y los bancales. El espantapájaros se reía de mí a carcajadas y unas primillas negras sobrevolaban el cielo, teñido de violeta. Todas bajaban que parecían aviones en picado y me perseguían, corriendo por las lomas y los cerros. Yo corría sin parar y mientras más corría más pájaros negros me perseguían y más se reía de mí el espantapájaros. Llegué a pedirle perdón por mis piedras y por todas las piedras de todos los niños de Barranqueros y desperté entre los brazos de mi abuela, empapada, esta vez, de lágrimas y no de lluvia.
miércoles 20 de octubre de 2010
Quíen le iba a decir...
En la fotografía, mi abuela Emilia(1908-1993), en quien está inspirado el texto. Quién le iba a decir a Inés, criada en una de las casas más pretenciosas de la Alameda Principal —con sirvientas y doncella a su servicio—, en el seno de una de las familias más acomodadas de la alta burguesía malagueña —su «papajosé» (en realidad era su tío) había sido un empresario sobresaliente del negocio pasero antes de la irrupción de la filoxera en Málaga (1878)—, en la que su único fin había consistido en ser una señorita fina y educada y su único «trabajo» aprender a tocar el piano con elegancia, que acabaría siendo una avezada especialista en limpiar heridas, coger puntos, liar torniquetes; vendar piernas, brazos, pies y cuerpos rotos y ensangrentados; cortar hemorragias, inyectar morfina (o lo que hubiera) y consolar a los moribundos en el hospital malagueño de la Cruz Roja: «¡Las vueltas que da la vida!; si mi “papajosé” levantara la cabeza…¿qué me diría?», pensó; y es que la guerra lo había trastocado todo.
jueves 14 de octubre de 2010
La última carta
En la fotografía, mi tio Enrique José(1920 - ...., en quien está inspirado el texto. Cuando despertó, no vio nada; un deslumbrante rayo de sol entraba por el diminuto tragaluz, situado justo encima de sus ojos. Estaba aturdido; necesitó unos segundos para percatarse de que estaba malherido, unos minutos para tomar conciencia de su entorno físico y apenas unas horas para saber que de allí no saldría con vida. No recordaba cuál había sido el detonante de la última refriega ni el instante exacto en el que perdió el conocimiento. Tenía un vago recuerdo del momento en el que un compañero afirmó que se habían equivocado de carretera porque aquel pueblo no venía en el mapa. Pero sí recordaba claramente su nombre —Enrique Ramírez—, su edad —dieciocho años—, su profesión —maestro de escuela— y su regimiento —el treinta y cuatro—, que se replegaba hacia el noreste, perseguido por el ejército nacional. Esto fue lo que le contó, con la respiración entrecortada, a los cabecillas que le interrogaron aquella misma mañana en aquel sucio, húmedo y destartalado cuarto trasero de la última casa del último pueblo de Teruel, apenas a seis kilómetros de la provincia de Tarragona, todavía en manos republicanas, según oyó comentar a los interrogadores. A las dos de la tarde, después del interrogatorio, Enrique pidió un médico; sentía un dolor incandescente en la pierna derecha. La herida le supuraba un pus espeso y maloliente y tan pronto tiritaba de frío como sudaba por todo el cuerpo. En este estado pasó toda la tarde sin que nadie le socorriera ni consolara. A las nueve de la noche, el médico todavía no había llegado. Sin embargo, el inquietante trajín nervioso que se desarrollaba dentro de las reducidas dimensiones de aquella, parecía que improvisada, cárcel le hizo temer lo peor; el médico no venía porque no hacía falta curar a un muerto. Entonces, Enrique pidió al carcelero lápiz y papel para escribir una carta y este le facilitó el material y le ayudó a incorporarse en el camastro. Con pulso tembloroso, cogió el lápiz y escribió con dificultad: Queridos padres y hermano: Al recibo de esta, espero que os encontréis bien de salud, yo estoy bien dentro de lo que cabe. Estoy herido madre, pero no se preocupen padre y usted que todo esto va a pasar. No pudo seguir, alguien le colocó una venda en los ojos y lo arrastró con rabiosa y desproporcionada fuerza hasta la calle. La carta quedó en el suelo como una hoja muerta. Tres meses después, llegó a su destino. Estaba fechada en Cretas, el 24 de marzo de 1938, con letra clara y distinta a la de Enrique. No tenía remite. Nada más supo su familia.
viernes 3 de septiembre de 2010
miércoles 16 de junio de 2010
la caracola
En un rincón a la izquierda, tras la puerta de madera pintada de verde, sobre un blanco y almidonado tapete de croché extendido sobre la pequeña mesa oval, está la caracola, como una radio sin botón, a la que sólo hay que pegar la oreja para oír la única melodía posible: el mar. Es de suaves colores marrones, rosas y anacarados y se riza sobre sí misma como las olas que la han arrastrado desde la profundidades del mar hasta la playa. Los chiquillos porfían para tenerla como se porfía por obtener un premio. Hay quien dice que no oye nada. La niña se acerca al tropel, altiva, mandamás de la cuadrilla, la coge, más bien la roba en un arrebato de las manos del chiquillo labrador. Y acercándosela al oído, cierra los ojos para escuchar intensamente aquella música lenta y acompasada como las mecidas de una cuna que le trae a la boca un fuerte sabor a sal y a la memoria recuerdos del último verano. Y en un suspiro suelta la queja: ¡que pena, es el eco del mar que está prisionero!
.....julio de 1983
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