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3.7.26

El África tropical


Recuerdo el molinillo de café de mi abuela. Era azul. Ella no molía café; molía malta, granos de malta. Malta tostada.

Con sus manos envejecidas, manchadas de vida, de dedos largos y finos, daba vueltas a la manivela. Y la malta molida caía en el cajoncito del molinillo, donde reposaba unos minutos antes de convertirse en infusión. Para ella.

A continuación, mi abuela se giraba para verter el cacao en polvo en un vaso de leche condensada diluida en agua. Para mí.

El olor del cacao anulaba todos los demás olores de la cocina. El momento estaba amenizado por la radio. Era justo la hora del anuncio del Cola Cao.

Un día, después del desayuno, pregunté a mi abuela dónde vivía el negrito del África tropical. Mi abuela me llevó al porche y me dijo:

—¿Ves el mar? Pues después de cruzar el mar, pero más lejos.

—¿Y podemos ir a verle, abuela? —insistí.

—Está muy lejos, hija. Es mejor que él venga. Seguro que vendrá, ya verás.

Me soltó de la mano y volvió a la cocina. Y yo me quedé mirando el mar.  Igual que ahora.

2.12.25

Diciembre

Diciembre me indispone. Desde las primeras horas del día uno, ya siento el cuerpo rendirse: un peso turbio en las piernas, un zumbido en los brazos, un tambor en la cabeza. Llegan luego las náuseas, la angustia que se aferra al estómago, las urticarias que brotan como pequeñas protestas del alma. Las prisas malhumoradas.

Me aterran los almanaques que pasan páginas como si dictaran sentencia, las apps que recuerdan tareas que no quiero ver, los cohetes que anuncian fiestas que no deseo, y ese coro publicitario de turrones que invade cada rincón. Y lo peor: el desfile interminable de catálogos y aplicaciones de compras, auténticos heraldos del caos.

Que alguien detenga diciembre.

Que alguien lo ponga en pausa, lo silencie, lo exilie.  

Por favor, que lo suspendan.

Que suspendan diciembre entero y enero de todos los calendarios de mi vida. Saltémonos el invierno. Y que llegue pronto la primavera como mejor regalo de la Navidad que nunca existió.



23.11.25

Un día sin Tí


A lo largo del día, casi sin darme cuenta, atravieso distintos estadios del querer. Antes no sabía leerlos y tanta emoción en tan poco tiempo me inquietaba y aturdía. Era vivir en el trapecio.

Ahora, en cambio, disfruto de los buenos días que te doy al levantarme, con esa luz tenue que apenas roza la habitación. Te saludo como si no te conociera y, aun así, estuvieras ahí desde siempre. Todavía medio dormida, con la mente a medias, te digo lo primero que me sale antes de probar el primer sorbo de café.

Ya sabes que sin ese amargor caliente, no termino de despertarme ni de ordenar las distancias.

Cuando avanza la mañana y el cuerpo me ocupa del todo, empiezo a preguntarme dónde andarás, si tu día te está tratando bien, si el frío te ha rozado la cara. Entonces me viene un sentimiento casi maternal, aunque la biología no lo sostenga.

Podríamos ser hermanos extraviados, pero esa idea siempre la desecho.

Por la tarde, cuando escribo y el tacto del papel o del teclado me ancla, te siento más cerca. Es una cercanía tranquila, de camaradas, como si nuestras manos trabajaran en paralelo aunque no estemos en el mismo lugar. En este silencio, tu presencia tiene textura. Tú me inspiras.

A la hora de la cena, te imagino entre cuchillos y platos, con el vapor subiendo como una niebla tibia. Te veo probando algo, cerrando los ojos un segundo para comprobar si está en su punto.

“Pon una ración más y voy”, pienso dejando escapar una sonrisa, y me sorprendo con ese: “ojalá pudiera estar contigo y saborear tu manjar”. 

Después de cenar, cuando por fin me relajo y todo alrededor se vuelve más lento, llega la hora más difícil de nombrar. Es cuando te imagino con una nitidez casi táctil: la distancia se acorta, la emoción me allana.

Y el querer se convierte en amor. 

 

Tí  es nombre propio y tiene un bonito acento.


27.10.25

Aparéceteme


El pulso era caballo salvaje desbocado. El miedo me devoraba la soledad.
Desperté sobresaltada, implorando ayuda, con las manos extendidas hacia un techo de flores celestes.
Tuve un sueño anoche, un sueño raro, una pesadilla: unos hombres enfundados en escafandras grises me gaseaban con un gas del mismo color.
Quizás era el eco de la última serie distópica que vi antes de las vacaciones, o el miedo latente a los locos que gobiernan el mundo, a las guerras, o a los viajeros del espacio que algún día llegarán en una nave disfrazada de meteorito.
En el tránsito del sueño a la vigília me dio tiempo a escucharme a mí misma: "Ángel de mi hogar infantil, aparéceteme". Sin embargo, fue tu cara la que ví y tus manos coger las mías*.

Aparéceteme ¿Existe esta palabra?
Si no existe, me la inventaré. Como haces tú, ángel creador.


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* Se conocen como alucinaciónes hipnopómpicas



Ángel infantil

No eres un Ángel  
eres niño como yo
mi buena compañía 
en mis noches de sueños
en mis días de agua y sol
y no me dejas sola
frente al viento
que viene a por los dos.

                      (Escrito adolescente).

8.4.25

Vida nocturna

 Le vió robar los huevos de las gallinas en el corral. Le vio llevarse el almirez de la mesita oval que adornaba la entrada de la casa. Y no dijo nada. 

Vino la madre a devolver el almirez, pidió disculpas por el niño, que mire usted que no está acostumbrado a entrar en casa de nadie y no sabe que hay cosas que no son de uno y que no se pueden coger; los huevos no se los voy a poder devolver, se sentó en la tapia de la alberca, los agujereó y se los bebió, pero yo le he hecho jurar que no lo volverá a hacer. Dígame usted cuánto le debo.

 Pero que va mujer,  entre usted, por dios, y siéntese, y el niño, que no se quede ahí en la puerta. Dígale que entre, está asustado. ¿Como te llamas?  La madre contestó por él. Pues que se venga mañana a jugar con mis niños si quiere. Tiene un hermano, más chico, dijo la madre. Pues que venga también.  

Escuchó la reverberación de sus risas, chapoteando debajo del chorro de la alberca. Cada vez más fuerte. Hasta que los sonido se fueron difuminando, dando paso a uno desagradable, agudo y tintineante.

¡La campanita! 

Apretó los ojos muy fuerte, negando con la cabeza repetidamente. La monja tiró de la manta hacia abajo con fuerza y ella levantó medio cuerpo, estiró el brazo y volvió a taparse con rabia. La monja volvió a tirar y la dejó totalmente destapada. 

— Venga, niña, no te hagas la remolona. Todos los días te tengo que espabilar.

A la noche siguiente, difícil precisar la hora, volvió a ser verano bajo el chorro del agua del pozo que caía en la alberca. Quedaban pocas ranas por sacar.

— Ponte el bañador y ayúdame a cogerlas, le dijo él. Está buena.

—Mi madre no quiere que me bañe porque dice que el agua es mala para la sangre que tengo.

— ¿Qué sangre? ¿Te hiciste una herida?

— No, yo no, se hizo sola. Dice mi madre que es porque me he hecho mujer. 

— Pues yo no veo que tengas herida ninguna. Y tampoco veo que seas una mujer.

— Yo tampoco lo veo. Pero qué sabrás tú que eres un niño. Tampoco me dejan subirme a los árboles.

— ¿Y eso es por la herida o por ser una mujer?

—¡Mira, mira, mira! Allí, allí, acabo de ver una  rana! ¡Cógela, cógela...!

Y sintió entonces como un tirón en los pies y la manta deslizarse hacia abajo. Y la campanita, la dichosa campanita. Y apretó los ojos. Y dijo que no con la cabeza.

—Bueno, la cogeremos esta noche —pensó finalmente. Y se echó de la cama sin mirar a la monja. 


5.4.25

La memoria de los gatos


La memoria de los gatos

Volví al lugar años después. La casa parecía más pequeña de lo que yo la recordaba. Él había muerto. Su vieja silla de enea aún estaba en su rincón. Me senté en ella. La silla crujió. Y también mi voz:

Había una vez un viejo, el señor Antonio, que había sido carretero en su juventud...


Sonó como un eco en la casa vacía. Me detuve un momento. ¿Para quién estaba yo contando?


El bastón del señor Antonio estaba colgado en la pared. Me levanté y lo cogí. Al volverme, un gato blanco ocupaba el escalón de la casa.

Era enorme, de ojos azules, con cara de haber consumido casi todas sus vidas.

Al rato apareció otro. Y después otro, y después otro. Se fueron adelantando poco a poco hasta situarse todos a mi alrededor, sobre el suelo ajedrezado. Me observaban. Tragué saliva y empecé de nuevo.


Había una vez un viejo, el señor Antonio, que había sido carretero en su juventud. Carretero y gañán.


Los gatos ronroneaban. Permanecían atentos, con los ojos bien abiertos. Proseguí entonces mi relato con un poco más de vivacidad.


Cuando éramos niños, cada tarde esperábamos que el señor Antonio tomara su silla baja de enea y se acomodara en el porche. Parece que lo estoy viendo: encorvado, ojos azules; una boina negra protegía su pelo blanco y su voz pausada nos llevaba a tiempos y lugares que nunca habíamos visto, pero que nos resultaban familiares. Porque el señor Antonio repetía aquellas historias, con alguna leve variación, una y otra vez. Siempre que las contaba, los gatos aparecían y se acomodaban a su alrededor. Nunca los llamaba, pero ellos acudían. Siempre eran los mismos. Cada uno de un color.

Una vez, intrigado, le pregunté:

—Señor Antonio, ¿por qué siempre vienen los gatos a escucharle?

Él sonrió mientras acariciaba la cabeza del gato rubio que se le había subido a las rodillas.

—Porque recuerdan.

—¿Qué recuerdan?

—Todo. Las historias que cuento, a vosotros y a mí.


En ese momento, el gato blanco pareció sonreírme. Le correspondí con un parpadeo suave y me dispuse a contar la historia otra vez.

Tenía que añadir algo nuevo y una pregunta me rondaba: ¿transmitirían los gatos las historias antes de morir?


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*Imagen generada con IA

5.8.24

La puerta



Hay puertas que cautivan; viejas puertas con historia. Esta lleva incrustada el olor a retama quemada y el aroma del pan recién sacadito del horno de la vieja panadería. 

Tras ella, aun se conservan los ecos de las voces de Mariana, su fundadora allá por 1905,  y de María, hermanas de mi bisabuela Remedios, mujeres, las tres, arrugaditas como pasas de tanto trabajar. Más tarde, los del maestro pala y de Emilia, una generación herida por la guerra,  y los de la risa floja de Lily,  que cogía un bollo "prestado" para dárselo a escondidas a Paquito. "Cosas de chiquillos" le decía el tío Salvador Chines a Miguel de Mariana cuando este les reñía. "¿Que más da un bollo más que menos, Miguel? ".

Pero Miguel vigilaba cada gramo de harina y así amasaba el futuro. Y encargaba a Emilia que estuviera atenta a su niña y no le perdiera ojo a sus trabajadores, que "a veces se distraen", decía Miguel. Ella procuraba cumplir, aunque otras veces hacia la vista gorda porque había gente que no podía comprar un pan blanco. Había escasez.

Muchos hombres acudían al alba a la explanada de la Ermita de Benajarafe, muy cerca de la panadería, día tras día, para entrar en una especie de subasta donde los escogían para trabajar hasta la puesta de sol.

"Tú y tú y tú, sí; los demás, otro día, que no hay trabajo para todos. Y tú, Antonio, a ver si te pasas por mi casa y me limpias la cuadra y la corraleta de los cochinos y ya más adelante habrá trabajo" decía el encargado del cortijo.

Menos mal que estaban las cabrillas, me contó mucho despues mi padre —Paquito el huérfano, le llamaban— y que la leche no faltó nunca ni en los Burgos, en casa de su abuela Remedios,  ni en Valle Niza, en casa de su tío Antonio, ni más tarde en casa de su tía María, en los Ruises, al lado de la panadería, que en todas estas casas estuvo viviendo de niño mi padre, siempre de un lado para otro,  como rifado. Tampoco faltaban los espárragos, ni los chumbos coloraos recién barridos y lavados. Ni el pan de habas casero, ni el café de cebada. Ni la alegría dentro de la tristeza por los lutos y la estrechez.

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*Escrito en 2022. 



29.7.24

Cambios

Se levantó a las siete de la mañana, preparó el desayuno, llevó los hijos al colegio, limpió la casa, puso la lavadora, fue al mercado, tendió la ropa, hizo la comida, puso la mesa y la quitó, fregó los platos y los colocó en su sitio. Recogió la ropa, la planchó y la guardó en el ropero. Se tomó un cafe y encendió la tele. Decían algo de que las mujeres habían avanzado mucho en los últimos cuarenta años y se acordó de su abuela que se levantaba a las siete de la mañana, prendía la chimenea, molía la malta y servía el desayuno, hacía las camas, lavaba la ropa en el lebrillo de barro con el restregador de madera y el jabón verde y cambiaba el agua una y otra vez para enjuagar y venía la vecina y ayudaba a exprimir, retorciendo cada una por una punta las sábanas enrolladas, tendían la ropa juntas y luego cada cual a su casa a preparar la comida. Y después de comer fregaba los platos, los peroles y las sartenes. Y le daban las seis de la tarde ordenando y ya no podía más con su cuerpo cuando llegaba el hijo del campo y soltaba las botas en el escalón para que ella le quitara el estiércol de las suelas. Y le decía “qué hay de cenar hoy, que vengo muerto de hambre” y María se levantaba y se ponía a pelar papas y a sacar carne en aceite de la orza. Y comían en silencio, salvo cuando ella preguntaba:
—Abuela ¿mamá trabaja en el cielo tanto como tú?  
—No, hija mia, el cielo tiene esa ventaja, que ya no hay que doblar tanto el lomo. 
Y seguían cenando en silencio a la luz del quinqué.

4.5.24

Doña Lorenza

Doña Lorenza la solterona, rubia, ojos color verde oliva, de unos cuarenta y tantos, tenía una tienda donde vendía legumbres, aceite a granel, carne de membrillo, chocolate y cerveza, con un emparrado en la puerta bajo cuya sombra impartía cada tarde clases de costura y bordado a las niñas del pueblo en edad de empezar el ajuar, aunque el novio no hubiera aparecido todavía.
A las cinco y media de la tarde, con rigurosa puntualidad, llegaba en bicicleta Miguel, al que Doña Lorenza quería como un hijo desde que de niño quedara huerfano de madre. Se mantenía a una distancia prudencial, posado sobre sus albarcas silenciosas; esperando.
Las malas lenguas podrían añadir alguna historia de amoríos entre Lorenza y el padre de Miguel, el típico caciquillo de pueblo, pero no vamos a dar aquí pábulo a chismes de comadres y tabernas.
El chaval, alto y bien hecho y con unos ojos negros que quitaban el sentido, era ya un hombre y su presencia alborotaba a las quinceañeras. Sobre todo se inquietaba Remedios que se levantaba de la silla cada cinco minutos con cualquier pretexto. Pero Doña Lorenza era la mar de comprensiva y, cinco minutos antes de que terminara la clase, le daba permiso para que diera por terminada la labor.
— Anda, hija mía, que pareciera que tienes un garbanzo en el culo. Ve, ve, y ya vuelves mañana, que de coser vas a tener tiempo, pero el amor pasa volando como las mariposas.
Y allá que se levantaba rauda Remedios y se montaba en la bicicleta con Miguel y se marchaban por aquellos caminos de tierra a pintar un corazón con dos flechas en el tronco de cualquier algarrobo, mientras a Doña Lorenza se le caían dos lagrimones de nostalgia.

24.4.24

Una maestra en apuros

— ¿Y eso se lo has contado a papá y a mamá? 

— ¿El qué?

— ¿Que tienes pensado volar en la bici? 

— No, quiero darles una sorpresa.

— Pero verás, Juan, los niños tienen que contarle a papá y a mamá todos los planes que tengan. ¿Y a dónde piensas volar, Juan?

— Desde mi calle al cielo, como Eliot y ET

— Pero las bicis de verdad no vuelan, cariño.

— Si vuelan, yo las he visto volar. 

— ¿Cuándo?

— En la película.

— Pero en la película es una fantasía, cielo.

— Pero mi mamá me ha dicho que si lo deseas mucho mucho los sueños se pueden cumplir. Y que si tú los persigues para cogerlos los alcanzas.

— Pero volar con una bici es imposible Juan. Hay que volar dentro de un avión con mamá o con papá o con una persona mayor.

— ¿Y en avión se llega a donde está el abuelo? 

— No cielo, el abuelo está en un cielo que está más lejos.

— Pues yo quiero ir aunque esté más lejos. Mi bici es fuerte y veloz.

– ¿Sabes una cosa Juan? Escúchame bien. Escuchadme todos. Todos vamos a ir al cielo algún día. Pero tenemos que esperar mucho tiempo porque hay cola para ir ¿Lo entiendes cariño?¿Lo entendéis?

— Sí, como cuando fuimos al cine, a ver ET, que había cola.

– Sí, eso, pero la cola para ir al cielo es muy larga y aburrida. Así que es mucho mejor hacer otras cosas mucho más divertidas. Toda la vida, ¿vale?

– ¡Vale! Entonces puedo ir con la bici a otro sitio mientras? 

– Claro, cariño. Pero siempre se lo tienes que decir a mama y a papá. ¿Vale?

–  Pues entonces iré a la luna, como los astronautas.

2.4.24

El entierro


Un hombre preguntó quién era el muerto escandalizado por el grupo de muchachos que apedreaban el ataúd al paso de la comitiva formada por tres curas, seis monaguillos y diez seglares con antorchas, rumbo al cementerio de San Fernando, en aquella calurosa mañana del verano de mil novecientos seis. Algunos caballeros rompieron la fila intentando disuadir a los mozalbetes.

En realidad, el suceso era una muestra más de la ola anticlerical propia de la época; nada personal contra el finado.

Enseguida se formó un corrillo en torno al caballero que preguntó interesado:

—Es un cura —contestó una mujer toda vestida de negro a la que apenas se le veía el rostro cubierta como estaba por un pañuelo negro anudado bajo el cuello que le cubría toda la cabeza.

—Es un marino de la Armada —dijo un viejo, acodado en la pared, que escuchaba la conversación—. Cuentan que navegó por los mares del Sur. Vino de tierras malagueñas, como tantos otros aquí.

— Tengo entendido que es un capellán de la marina. Lo entierran en el Pabellón de hombres Ilustres, debe haber sido importante —Terció un hombre maduro con traje de alpaca, chaleco y leontina.

— Importante o no, ya está fiambre —Sentenció un muchacho que portaba un canasto lleno de pescado sobre el que revoloteaban una cuantas avispas.

Intervino entonces, en tono respetuoso pero enérgico, un caballero vestido de forma humilde, con la cabeza cubierta por una gorra:

—Señores, un respeto para el muerto. Un hombre bueno y cabal al que he venido a despedir. 

— ¿Y usted quién es, si se puede saber? –Preguntó el pescadero en esas.

— Yo no importo para el caso, muchacho, pero no quiero ser descortés; mi nombre es Salvador.

— Pues ya da igual quien sea el muerto, ¿no le parece Salvador? También damos igual los vivos. ¿Quién se acordará de él mañana o dentro de cien años? 

— Yo, yo me acordaré mientras viva. Que en paz descanse Don Manuel Robles Postigo. Fue mi maestro —dijo Salvador— y mi pariente.

— ¿Maestro de qué? ¿no era marino? ¿No era cura? —. Puso interés el de la leontina.

— Maestro de lenguas, de pensamiento, de palabras, señor. Antes de echarse a la mar, cuando yo era un chaval de catorce años. Él me inculcó el amor por las letras.

— Pues de mi, seguro que nadie se acuerda cuando me muera. Soy un simple vendedor de pescado —dijo el muchacho del canasto–. Ni tengo padre ni madre ni solar donde caerme muerto.

— Disculpe,  pero yo escribo versos sencillos, igual al hombre leído que al cenachero, lo mismo al cielo que a la cigarra o a los pececillos de la mar.

— Los hombres leídos, como usted dice, no se preocupan de los pobres. La iglesia tampoco. Mucho boato y mucho oro, eso sí. El pueblo es el que tiene que hablar; más igualdad habría.

— Y así será más temprano que tarde. Ya lo verán los ojos de los que vengan detrás de nosotros; quizas usted lo vea, joven. Y ahora queden con Dios, que yo tengo que acompañar a mi maestro a su última morada y partir luego a mi destino.

— Pues tenga usted buen viaje Salvador. Y larga vida. —dijo el caballero de la leontina.

Se distrajo la concurrencia mirando en ese momento un grupo de gaviotas chillonas que cruzaba el cielo de San Fernando y Salvador aprovechó para marcharse discretamente tras la comitiva del entierro.

En su espalda quedó fija la mirada del pescadero al que se le había quedado en la punta de la lengua la última pregunta para Salvador. No se la pudo reprimir y aun tuvo tiempo de hacerla a voz en grito:

— !Eh!, caballero, caballero... ¿Cómo se llamaba usted, señor, señor poeta? ¿Salvador qué, señor? Salvador...

Pero Salvador ya no le escuchó.



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*Sepa el lector que el suceso del apedreamiento del ataúd del D. Manuel Robles Postigo aparece en la Prensa escrita de la época. No así  la presencia física del poeta Salvador Rueda en el entierro de su maestro, que forma parte del imaginario del relato.
* Manuel Robles Postigo, nació en Benajarafe. 

31.3.24

El viaje

De niño, mi sueño era tener un coche de pedales de color rojo y con bocina. Pero eran muy caros, así que me tuve que conformar con el pedal de la máquina de coser de mi madre y mover la rueda grande para un lado y para el otro como si fuera el volante. A mi madre no le gustaba aquella idea y me abrió una libreta de ahorros y a los dos años me regaló una bicicleta.

Fue con aquella bicicleta con la que un tarde llegué a tu casa y nos hicimos amigos. Nos pasábamos la vida jugando bajo la sombra de la parra, pero un día, al poco tiempo, nos dejaron bajar en bici a la playa con mi hermano mayor y allí hicimos castillos de arena y chapoteamos entre las olas; nos gustó tanto que ya fuimos todo el verano. Cada día veíamos pasar el tren y siempre le decíamos adiós con la mano a los que miraban el paisaje por la ventanilla. Hasta que un día, pasado el tiempo, fuimos nosotros los que viajamos en el tren con tu abuela y pasamos por los túneles, que dentro del tren parecía que era de noche, aunque contábamos hasta diez en voz alta y enseguida se hacía de día. Y nos reíamos, porque era como un juego.

Y volvimos más veces a la ciudad y fuimos al parque y a ver los patos del estanque y nos tomamos nuestra primera cerveza con mucha espuma, tanta que rebosaba y nos dejaba unos bigotes blancos que nos hacían parecer payasos y yo limpiaba con mi pañuelo tus labios y vaya sonrisa bonita que tenías. Y fuimos al puerto y vimos los barcos y aquello sí que fue soñar a lo grande, porque ese viaje sí que tendría que ser una verdadera aventura: cruzar el mar, tan azul y tan inmenso, contigo.

Fue entonces cuando nos hicimos novios formales aunque tardamos unos años en casarnos. La boda fue muy bonita y muy alegre y yo no he visto en mi vida novia tan guapa como tú ni tanta comida hecha en los peroles de mi tía ni tanto pan blanco junto, ni tanto baile de rueda.

Luego nos fuimos a vivir a Málaga y montamos una tienda y tuvimos a nuestro hijo, que cumplía un año aquel maldito día en el que los militares salieron a la calle. Y vino la guerra que ganaron y tuvimos que irnos andando por la carretera de Almería y nos salvamos de milagro porque nos tiraban desde el mar y llegamos hasta Alicante, donde también había un puerto. Y sí, viajamos en un barco grande, pero no fue como en nuestros sueños porque nunca pudimos volver. 

Y ya solo nos queda el viaje ese que tú y yo sabemos, en el que vamos dormidos para siempre y no vemos el camino. Como tú ahora, que ya no me ves, aunque yo creo que sí me escuchas porque lo siento en tus manos.

15.3.24

La culpa


Se recuerda escondido detrás de aquellos arbustos, ovillado sobre sí mismo como su madre lo tuviera en el vientre, mordiéndose los labios, sangrándole la boca, orinándose en los calzones como un chiquillo cobarde, llorando por dentro, maldiciendo su vida y aquella guerra, paralizado y muerto de miedo como lo está ahora, veinte años después de aquel fatal minuto en el que el capitán Santiago ordenó apunten, disparen y fuego y su padre, con la cabeza alta y el puño levantado, recibiera en el centro del corazón la bala que lo mató y cayera desplomado al suelo junto a la tapia del cementerio sin que él moviera un músculo para impedirlo, sin gritar basta ya bastardos que es mi  padre, que esto es un  error, que él no ha matado a nadie. Pero no dijo nada. Nada. Por eso ahora se mantiene firme, de frente, con la cabeza alta y el puño izquierdo levantado, al igual que hiciera su padre en el momento de su muerte, y sin pedir perdón a Dios ni a nadie por su venganza, con la mano derecha se coloca la pistola en la sien, apunta y dispara.

16/03/2014

22.2.24

LLueve ahí afuera


Aquella noche, a la hora acostumbrada, cogió las gafas, se las colocó justo encima del ángulo que el perfil de su nariz aguileña dibujaba y abrió la novela de Corín Tellado por la señal que había dejado la noche anterior.
Apenas llevaba diez minutos leyendo, mi madre se levantó sobresaltada de la mecedora de rejilla, soltó el libro en la mesa y se dirigió a la ventana. Abrió los postigos y se quedó ahí, mirando hacia fuera, escrutando la oscuridad. Algo había oído que parecía preocuparle.
Parece que la estoy viendo como si fuera ayer y ya hace más de cuarenta años; de espaldas a nosotras, alta, derecha, peinada con un moño a modo de roete que le dejaba el cuello libre y vestida de negro, siempre de negro; aquella noche también.
Estaba lloviendo. Más bien diluviaba ahí afuera. Pero mi madre nos dijo que un hombre rondaba la casa y que iba a salir.
Tenía apenas siete años, pero percibí el peligro cuando ordenó que nos metiéramos debajo de la cama y que no saliéramos hasta que ella volviera. Y más aún lo percibí cuando la seguí hasta el corral y la vi coger un palo enorme, el más grande que tenía. Y más aún cuando nos dio un beso a cada una y desapareció de nuestra vista tras cerrar la puerta y mi prima rompió a llorar. Y entonces lloré yo también, mientras mi prima tiraba de mí hacia el dormitorio y me empujaba hacía el suelo para que nos metiéramos debajo de la cama; como mi madre había ordenado.
Estábamos a oscuras y tiritábamos, aunque no sabía si de frío o de miedo. Antes de esa noche yo había sentido miedo alguna vez, pero nunca de alguien. Ahora tenía miedo de ese hombre desconocido que dijo mi madre que rondaba la casa. Esta casa que está en medio de la nada, rodeada de cerros por todos los puntos cardinales y a la que hace cuarenta años solo se podía llegar a pie por un caminito estrecho y pendiente que la separaba del pueblo unos tres kilómetros. Y aquella noche diluviaba y había una oscuridad impenetrable, de esas que hacían pensar que cualquier hombre que hubiera llegado hasta aquí conocía el camino y no podía venir a nada bueno. Eso decía mi madre antes de salir por la puerta con el palo en la mano y muy enfadada. Porque sí que parecía que ella supiera los motivos de aquel hombre para venir a rondar nuestra casa.
Encima de la mesita de noche había un reloj despertador blanco (el viejo despertador de la abuela) con las manecillas negras y los número romano muy grandes; lo recuerdo muy bien porque durante toda la noche, mi prima y yo, oímos el tictac del tiempo debajo de la cama. Un tiempo infinito. Interminable. Mi madre no volvió y al amanecer pensamos que se habría ido.
«Será sinvergüenza, será canalla, será ladrón», dijo mi madre antes de salir por esa puerta. Siempre me he preguntado si aquello fue valentía.
Lo recuerdo muy bien: sinvergüenza, canalla y ladrón, fueron sus palabras. Las últimas que yo escuché.
Sinvergüenza, canalla y asesino, debió adivinar ella, porque él había venido a matarla.
Llueve ahí afuera, más bien diluvia. Y el hombre desconocido aún ronda esta casa. Nunca le vi, a pesar de que era mi padre.

17. 7. 2012  

20.11.23

El último viaje


Se murió Bernardo Postigo en verano o en invierno de 1964; no recuerdo bien si yo iba con sandalias o llevaba calcetines. Tenía siete años y mi abuela me llevó al duelo; no me podía dejar sola. Fue la primera vez en mi vida que vi a una persona muerta.
Bernardo tenía los ojos cerrados como todos los muertos que tienen quien les cuide. A mi abuela le pregunté que si estar muerto era como estar dormido y mi abuela me dijo que sí, que dormido para siempre. 
Lo que más me llamó la atención es que Bernardo, que tenía el pelo blanco, la cara blanca y el traje negro, tenía los zapatos puestos. Y muy limpios, como para ir a una boda. Entonces le pregunté a mi abuela que para qué quería Bernardo los zapatos si ya estaría dormido para siempre, a lo que mi abuela me contestó que aún le quedaba por hacer el último viaje.
¿Con los ojos cerrados, abuela? Sí, con los ojos cerrados, me contestó ella ¿Y no tropieza? No, ya no tropieza, tropezar solo tropezamos los vivos, hija.
Unos días después, mis amigos y yo jugábamos a los muertos. Llevaba los ojos vendados y avanzaba a tientas por el porche, buscando el cuerpo de alguno de ellos, mientras declamaba a voz en grito ¡voy al último viaje, voy al último viaje! 
Entre risas, mis amigos me esquivaban, pero el juego nos distrajo y me alejé del espacio seguro. Un instante después oí un grito de mi abuela que ya me avisaba tarde, mientras yo rodaba por un terraplén de cinco metros.
Solo me lastimé un tobillo; ya se sabe que los niños en aquella época éramos de chicle Bazooka o de goma fresca de almendro. Eso sí, mi abuela me recetó reposo o castigo, que aún me ronda la duda, y estuve un día en cama. Cuando ella no estaba en el cuarto, de vez en cuando y sin hacer muchos aspavientos, yo sacaba los pies por debajo de la sábana y me aseguraba de no tener los zapatos puestos. 
Lo he recordado esta mañana cuando me he despertado y lo he vuelto hacer.


12.11.23

El duende de la Piedra Gorda (cuento infantil)



Tenía yo seis años cuando mi abuela empezó a pelear, en voz alta, con un duende que le cambiaba las cosas de sitio. El duende le escondía las gafas, el libro, los zapatos, las medias y el peine. «Como te pille te vas a enterar», la oía decir un poco enfadada.
A mi no me gustaba ver a mi abuela enfadada por culpa de aquel duende y me escondía detrás de la puerta, de las cortinas o de la cómoda de los tres espejos para ver si lo pillaba por sorpresa.
Me lo imaginaba azul, del tamaño de un pepino, con dientes de Ratoncito Pérez, nariz de Pinocho y orejas de gato. Pero no conseguía verlo.
Una noche, dejé en la cocina un platito con frutos secos y trocitos de galletas y le escribí un mensaje: 
 "Quiero ser tu amiga y jugar contigo, pero te pido por favor que no le escondas más las cosas a mi abuelita", le decía. 
Y me escondí, esperando que llegara. Por algún sitio tenía que entrar. 
Al poco rato, apareció. Era tal como yo lo había imaginado: pequeñín, azul, con una nariz muy larga y orejitas de gato, aunque llevaba un sombrero picudo con tres bolitas de colores en la punta; muy gracioso. Le vi bajar por el hueco de la chimenea y descolgarse por una cuerda muy fina hasta la tabla de la cocina donde estaban los frutos secos y las galletas que yo le había dejado. Se comió algunas almendras, nueces y avellanas y lo demás lo guardó en un pequeño saquito rojo que traía colgado en la espalda. 
Luego, leyó mi mensaje y empezó a bailar y dar saltos por toda la cocina. Parecía muy contento. Sacó un pequeño trozo de carbón de su saquito y escribió algo encima de la tabla de la cocina. Después, se quedó dormido allí mismo. 
No quise acercarme a leer su mensaje porque lo hubiera despertado. Y me fui muy despacito, muy despacito, sin hacer ruido, a mi cama. Era muy tarde y mi abuela, que me estaba esperando, se acercó a mí, me dio un beso y me leyó un cuento. Me quedé dormida.
Por la mañana, me levanté muy temprano para leer el mensaje del duende. 
Me decía que esconder las cosas de la abuela era para él como un juego, porque los duendes son
muy traviesos, pero que ya no lo haría más porque quería ser mi amigo. Y me proponía un juego nuevo.
"Tienes que buscar mi casa y cuando la encuentres te presentaré a mis amigos", me decía. 
Busqué y busqué y busqué hasta que al fin la encontré. La casa del duende era una cueva muy pequeña dentro de una piedra muy grande. En la puerta de la cueva había un cartel que decía: "Aquí vive el duende de la Piedra Gorda". 
Fue así como me hice amiga del duende y de sus amigos: la libélula, la hormiga, el saltamontes y el escarabajo.
A partir de aquel día, al llegar la tarde nos juntábamos todos en la puerta de aquella cueva para contarnos cuentos de niños, animales y duendes.

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* Escrito para leer a los niños en la actividad lúdica organizada por el colegio público de mis nietos, a la que se refiere la imagen del cartel arriba expuesto, editado por el colegio.

* * Este cuento parte de los primeros párrafo de otro cuento para adultos, que está incluido en este blog y que se llama "Maldito duende".





31.10.23

La fortuna


Aquella noche de invierno, una planta que me triplicaba la estatura con una flor gigante y negra como el carbón, rompió con furia y gran estrépito los cristales de mi ventana y se coló en mi salón. Sí señores, la planta me asaltó y me quería comer.  Lo juro como que me llamo Pierre. No sufro de alucinaciones, ni estoy loco, aunque los envidiosos de mi actual fortuna lo murmuren por ahí. 
Tras un forcejeo que duró lo justo para no perder el aliento, logré escapar de los largos y retorcidos brazos de la invasora, no se si por mi propia pericia o por decisión de aquella flor, que me lamía el cuerpo y el rostro con sus pegajosos petalos negros. Quién sabe si ella intuía ya cuál sería su futuro si me dejaba con vida. 
Había oído contar yo que, en el pasado, la flora de este lugar gozaba de una frondosidad fuera de lo común, debido al abono extraordinario que este terreno había almacenado a lo largo de los siglos. La savia de los muertos, le llamaban. Y es que parte de este pueblo, como bien es sabido, se asienta sobre un viejo cementerio medieval. La gente contaba que con el paso del tiempo las plantas se marchitaron y murieron. Y fin de la historia, al menos para mí. 
Pero no señores. La mía, mi planta, resucitó de pronto aquella noche al olor de mi carne y de mis huesos frescos. Pero le gané la batalla –o ella me dejó ganarla– y miren lo hermosa que la tengo ahora. El laberinto de sus ramas ocupa todo el jardín y escala por las paredes hasta el tejado de mi hotel, este hotel en el que convertí mi casa.
Ciento cincuenta euros por muerto y día ¿qué les parece? Ahora hay que esperar hasta una semana para enterrarlos. Hay cola, sí señores. Aunque, a veces, la gente olvida a sus muertos y mi planta lo agradece. 
Ya les digo, ciento cincuenta la habitación refrigerada, incluida una flor negra.
La historia es gratis. 

1.10.23

El marino. Un relato inspirado en hechos reales

Con la pleamar de la marea y arreciando a Barlovento, al mando de las máquinas del Orión, Enrique Robles Postigo –cincuenta y tres años– no se arrugó aquel siete de julio de 1902 cuando el Capitán le ordenó volver al puerto de Almería, del que acababa de salir rumbo a Málaga, donde la carga del Mayfield era pasto de las llamas. La maniobra de acercamiento fue complicada, pero Enrique era un maquinista experto, curtido en la guerra de Cuba y condecorado por aquel episodio del diez de junio de 1898, del que se hablaría en los libros de Historia. Cuando consiguió la mejor posición del Orión, de inmediato alumbraron al Mayfield y colocaron la bomba para anegar la estancia donde ardían más de ochocientas toneladas de esparto. Pero a las cuatro de la madrugada, el fuego aún seguía vivo y Enrique no quiso turnarse con sus ayudantes. Permaneció toda la noche en su puesto, vigilante del viento y de las llamas, preocupado por los hombres que no escatimaban esfuerzos. A las seis de la mañana, una fuerte tormenta, que descargó granizo de tamaño nunca visto, ayudó a sofocar el fuego. Fue un alivio. Horas mas tarde, el Orión reanudó su viaje hacia el puerto de Málaga. 

Dos días después, desde la playa de Benajarafe algún pescador divisaría la figura de Enrique en la atalaya de Torre Moya renovando su idilio con el cielo y la tierra que le vieron nacer. Allí tomaba aliento y recordaba aquella conversación que muchos años atrás tuvo con su padre, Antonio Robles Gutiérrez, el viejo torrero.

—Toda esta tierra abandonada por el mar, hijo mío, algún día será tuya.

-—No es la tierra lo que deseo, padre, sino la libertad del mar. La brava caricia de sus olas. Quiero ser marino.

______________

* Inspirado en hechos reales. Enrique era hermano de mi tatarabuelo José y de mi tatarabuela María. Tambien de Manuel Robles Postigo, cura de Benajarafe, capellán de la marina y maestro de latin y los clásicos del poeta Salvador Rueda, cuando este era adolescente. 

20.1.15

Entre la realidad y el laberinto


Paco fabrica su mundo a la medida de los 87 años que cumple hoy. Anoche, en la cama, cogió a su mujer de la mano y le propuso ir a comprar pescado a la playa; muy temprano, antes de que los lugareños se llevaran el que sale en el copo. Luego, se entretuvo durante un buen rato cantando canciones de rueda, de las que se cantaban cuando era mozuelo por las cortijadas de Benajarafe.

"Si tu padre quiere un rey
la baraja tiene cuatro
Rey de copa, Rey de oros
Rey de espada, Rey de bastos.

Mi padre no quiere un rey
porque no me lo merezco
pero no quiere que me siente
a guardar ningún estiércol.

Y que vengo de la churipampas
churripampas, churripleros
mi novio con otra novia
y yo con este salero." 
.....                     

27.3.12

Vanidad




Me llamo Paca y soy una cabra. Pero yo no vivo como esas pobres cabras de los campos, no. Yo, toda la vida, he sido una señora cabra de ciudad; fina, elegante, pacífica y con un objetivo claro en la vida: siempre quise ser oveja.
Así que, un día, cogí mis ahorros de toda una vida de acróbata profesional del taburete y me fui a una peletería a comprarme un buen abrigo de lana merina, de esos que te cubren toda enterita, con el que mereciera la pena estrenar un buen perfume a lana recién lavada y salir de fiesta a bailar el chachachá.
Crucé la ciudad para ir a la mejor tienda, a la que tenía más fama. Pero el dependiente me dijo que no había existencias y en apenas quince minutos me engatusó: en vez de venderme un abrigo de oveja me vendió una piel de osa por catálogo.
Y yo, toda envanecida, me fui a mi casa convencida de que convertirme en osa era mucho más de lo que había imaginado y por supuesto mucho mejor que ser una ovejita lucera de poca monta con un collar de campanillas; iba loca de contenta, vamos, como una cabra loca, realmente como una verdadera chota.
Al día siguiente, en el corral de mis dueños, a las afueras de la ciudad, les describí a mis amigas cabras lo fantástico que era el abrigo de piel de osa. Todas me miraban con cierto desden, desviando ligeramente los ojos hacia la tapia del corral, donde un sospechoso gato negro se relamía de la risa.
Pero esperé un mes, dos, tres meses; el invierno se iba acercando y el abrigo se retrasaba. 
Por fin, decidí cruzar la ciudad para ir de nuevo a la tienda donde lo compré y me la encontré cerrada. No podía despegar mi cara de cabra pasmada del cristal del escaparate vacío y lleno de polvo. Pregunté en la zapatería de la esquina y me dijeron que los dueños se habían ido sin dar muchas explicaciones.
¿Habéis visto alguna vez a una cabra cabreada?
Aquella noche no pude dormir del sofocón.
Puse un anuncio en el Correo Caprino y en La Gaceta de los Animales Acróbatas; “cabra incauta busca vendedor de piel de osa, se ofrece recompensa”. Coloqué carteles por toda la ciudad.
Todo en vano. Nadie me dio noticia de los dueños de la tienda.
Durante meses, he estado muy deprimida; no comía, no balaba, no brincaba y mis amigas ni siquiera se han compadecido de mi. Y el maldito gato negro ha ido reuniendo, tarde tras tarde, encima de la tapia del corral, a toda su parentela, para, juntos, relamerse de risa a mi costa.
Mi estado anímico ha ido de mal en peor, mi dueño ya no me lleva a trabajar por las plazas de la ciudad, pues ya no soy capaz de juntar las cuatro patas sobre el taburete cuando él toca la trompeta.
Hace poco, me ha llegado una carta sin remite donde me comunican que lo sienten mucho pero que la osa en cuestión se fue de vacaciones y no la pudieron cazar. 
¿Y yo? pues  aquí estoy, medio resignada: cabra para toda la vida, aunque cabra escaldada.

Aunque... ¿Y si me comprara la piel de loba?.