Llevo la última sonrisa de mi padre en mi retina. «Ven a verme», me dijo. «Claro que vendré», le contesté desde la puerta, y al día siguiente ya no estaba. Él y yo sabemos que algún día cumpliré mi promesa.
Escribía poemas mi padre. Recreaba historias que había vivido y soñaba vidas que no pudo tener. Era un gran conversador. Los últimos dos años de su vida me convertí en la escribiente de sus recuerdos —perdió la vista y, al final, la memoria de las cosas por culpa de un problema vascular— y recorrimos juntos el camino de vuelta a una infancia sin retorno, reviviendo sus juegos de chiquillo en un parque con palomas. Se fue sonriendo como un niño.
Sí, un niño demandante de atención, cuidados, escucha y mimos. Un ser vulnerable, sensible, a veces irascible, sobre todo al principio, pero tierno.
Qué gran paradoja: mi padre ya no era el padre que yo había tenido toda la vida: ya no reñía, no mandaba, no tenía aquel torrente de voz, ya no me controlaba, ya no me había enviado a un colegio interna, ya no le guardaba yo ningun reproche, ya él no me había hecho a mí ninguno. Nada de aquello tenía ya importancia. Ya no podía leer, ni escribir, ni ir a las tertulias, ni hacer nada. Y me necesitaba. Él, que siempre había tenido más energía, más optimismo, más vitalidad que yo, ahora me inspiraba una gran compasión. ¿Donde iría a parar toda aquella energía y ganas de vivir que siempre tuvo? Ojalá me dejara su fuerza y su entusiasmo, me decía yo.
Tras los primeros meses de desconcierto, en los que ni él mismo entendía lo que le estaba pasando, mi padre se olvidó de sus eternas obsesiones y volvía a sonreír.
¿Por qué sonreiría mi padre hasta cuando estaba solo? ¿Qué tenía en la cabeza?
Serían las dos o las tres de la madrugada, no lo sé; las luces fuertes estaban ya apagadas. Alguna débil se mantenía encendida para no andar a oscuras en caso de necesidad. Afuera, todo estaba en silencio. Hasta que mi padre empezó a llamar a Pepe. A voz en grito.
—Pepe, Pepe. Pepe. Vámonos al barco. Vámonos a jugar al barco, Pepe.
Me levanté del sillón como un resorte y me acerqué a la cama.
—Papá, papá, escúchame, mírame, papá, no grites. Es de noche y hay que dormir. Hay más personas en la habitación. No estamos en casa, papá. Esto es un hospital, es de noche. Tienes que estar en silencio, ¿me entiendes?
—Pepe, Pepe, Pepe, vámos a jugar al barco. Pepe, Pepe, Pepe —repetía mi padre, con el mismo tono de urgencia e insistencia que la sirena de una ambulancia.
—Papá, calla ya, no grites. Deja a Pepe en paz, que está muy tranquilo en su casa. Pepe está dormido, lo vas a despertar.
—Vámonos al barco, Pepe. Vámonos a jugar al barco.
—¿Qué barco, papá? Tu hijo Pepe no tiene ningún barco.
—Pepe, vámonos ya al barco de Gabriel. Remeditos, Remeditos, ¿dónde está Remeditos?
En ese momento me di cuenta de que mi padre no estaba llamando a mi hermano, sino a un primo suyo, en cuya casa vivió unos años después de quedarse huérfano de padre y madre. Pepe y Remeditos, eran hermanos, casi de la misma edad que mi padre que tenía por entonces unos doce o trece años. Y mi padre los llamaba para ir a jugar. No era un recuerdo. Lo estaba viviendo.
A partir de aquel día, mi padre me retransmitió en directo su niñez, de viva voz. No salía de mi asombro: su infancia estaba localizada en algún lugar mágico de su cerebro dañado. Intacta.
Volvió a los años de escasez y a la tristeza por la falta de sus padres y de su hermano mayor que desapareció en el frente, pero tambien vivió momentos de alegría, de cariño. Compartió mesa y trabajo con una familia de siete: café de cebada, gachas con picatostes, pan de habas, sopa de Maimones, amarrar tomates, buscar leña y cuidar cabras.
Cerca vivía Elena, otra hermana de mi abuela, y su marido, Gabriel, hombre de mar.
Mucho después de la muerte de mi padre, hace unos años, en un mapa antiguo de la zona, vi que cerca de la casa donde vivían Antonio y Modesta había una finca que se llamaba El Barco. Así que no era un barco donde iban a jugar.
Un verano fui a conocer sobre el terreno esas casas. Mi padre iba conmigo. Él y sus ganas de saber. Él y su curiosidad.
Nota: Antonio y Modesta vivieron en la Casa Colorada. Valle Niza. Almayate. Málaga. Gabriel y Elena, en la Loma de los Burgos. Benajarafe. Gabriel, posiblemente tuvieran alguna suerte de tierra en El Barco.
* Maimones