Introduje una cámara de fotos pequeñita que me habían regalado. Y disparé.
Yo no tenía ni idea de técnica fotográfica y me dió por jugar con ella. Hacía fotos a cosas pequeñas: una canica, una pompa de jabón, un cristal contra el cielo, un objeto de aluminio, caracoles y conchas marinas en el agua de un vaso, lámparas encendidas... Desde cerca, desde abajo, al vértice, al límite, a la curva, a lo paralelo...
Lo que vi en la fotografía del baño de plástico me gustó. Azul y negro. El negro no existía antes.
El baño de plástico era la realidad. Pero lo que yo ví en la fotografía era otra cosa: un Planeta suspendido en el espacio. En un espacio negro.
De eso se trataba. De inventar una nueva realidad. Era 2008.
Más tarde, empecé a escribir de forma esporádica. Y sin darme cuenta, hice lo mismo: escribir sobre la realidad poniendo el foco en otro sitio.
Y no me olvidé de mi planeta. Le añadí un punto de luz: un sol que empezaba a despuntar. Un sol naciente.
Mi planeta me inspiró nuevas ficciones. Ficciones en busca de otra realidad. Algunas buenas y otras malas. Y una muy buena: me enamoré del punto de luz.
Ahora tengo una ficción perfecta: muy alejada de la realidad. En otro universo.
Y el Universo es complejo.
Es 2026.
Planeta azul con punto de luz no visible
