Cuando era niña y hasta bien entrada la treintena tenía sueños recurrentes. En uno de ellos el mar subía de nivel y las olas gigantes cubrían el pueblo. La primera vez que lo soñé no tenía referencias; ni la tele ni el cine habían llegado aun a mi vida. Eso sí, mi abuela y sus primas, con las que estaba muy a menudo, contaban historias de un maremoto que había sucedido en el lugar, hacía muchos años, sin ahorrarse los detalles que ellas habían oido contar a sus abuelos.
Hace algunos años, cuando el famoso Tsunami, recordé esas pesadillas.
Ahora, cuando veo en las redes o en los informativos las imágenes del mar arrasando los paseos marítimos, inundando la costa, también me acuerdo. Cada día veo más cosas que se parecen a mis pesadillas. Pero ahora no me despierto.