hace mudanza en el corazón y descubre lo que tenía guardado.
Un latido extra
Ojos que ven corazón que siente
9.3.26
8.3.26
Todavía. Canción
no vuelve dos veces,
que la piel aprende pronto
Que en otoño
se baja el telón despacio,
que el deseo se recoge,
se plancha, se dobla,
y se guarda en el armario.
nosotras, “fuera de escena”.
Ellos suman experiencia,
nosotras restamos belleza.
nos llaman “recuerdo”
y nos sientan al fondo
agradece el asiento.
Gestiona tus emociones
¿Quién firmó el decreto
Todavía sabemos elegir,
todavía miramos de frente
No pedimos permiso.
Nosotras, estamos aquí.
ni la nostalgia de ayer
es la dignidad de nuestro tiempo,
el derecho a nuestro ser.
todavía nos vibra la voz.
No somos cifra, ni calendario,
Todavía nombramos la vida,
todavía sabemos sentir.
No pedimos permiso.
Nosotras, estamos aquí.
———
(Proyecto para canción)
Letra: Ulla Ramírez
28.2.2026
7.3.26
6.3.26
4.3.26
En algún lugar mágico
Llevo la última sonrisa de mi padre en mi retina. «Ven a verme», me dijo. «Claro que vendré», le contesté desde la puerta, y al día siguiente ya no estaba. Él y yo sabemos que algún día cumpliré mi promesa.
Escribía poemas mi padre. Recreaba historias que había vivido y soñaba vidas que no pudo tener. Era un gran conversador. Los últimos dos años de su vida me convertí en la escribiente de sus recuerdos —perdió la vista y, al final, la memoria de las cosas por culpa de un problema vascular— y recorrimos juntos el camino de vuelta a una infancia sin retorno, reviviendo sus juegos de chiquillo en un parque con palomas. Se fue sonriendo como un niño.
Sí, un niño demandante de atención, cuidados, escucha y mimos. Un ser vulnerable, sensible, a veces irascible, sobre todo al principio, pero tierno.
Qué gran paradoja: mi padre ya no era el padre que yo había tenido toda la vida: ya no reñía, no mandaba, no tenía aquel torrente de voz, ya no me controlaba, ya no me había enviado a un colegio interna, ya no le guardaba yo ningun reproche, ya él no me había hecho a mí ninguno. Nada de aquello tenía ya importancia. Ya no podía leer, ni escribir, ni ir a las tertulias, ni hacer nada. Y me necesitaba. Él, que siempre había tenido más energía, más optimismo, más vitalidad que yo, ahora me inspiraba una gran compasión. ¿Donde iría a parar toda aquella energía y ganas de vivir que siempre tuvo? Ojalá me dejara su fuerza y su entusiasmo, me decía yo.
Tras los primeros meses de desconcierto, en los que ni él mismo entendía lo que le estaba pasando, mi padre se olvidó de sus eternas obsesiones y volvía a sonreír.
¿Por qué sonreiría mi padre hasta cuando estaba solo? ¿Qué tenía en la cabeza?
Serían las dos o las tres de la madrugada, no lo sé; las luces fuertes estaban ya apagadas. Alguna débil se mantenía encendida para no andar a oscuras en caso de necesidad. Afuera, todo estaba en silencio. Hasta que mi padre empezó a llamar a Pepe. A voz en grito.
—Pepe, Pepe. Pepe. Vámonos al barco. Vámonos a jugar al barco, Pepe.
Me levanté del sillón como un resorte y me acerqué a la cama.
—Papá, papá, escúchame, mírame, papá, no grites. Es de noche y hay que dormir. Hay más personas en la habitación. No estamos en casa, papá. Esto es un hospital, es de noche. Tienes que estar en silencio, ¿me entiendes?
—Pepe, Pepe, Pepe, vámos a jugar al barco. Pepe, Pepe, Pepe —repetía mi padre, con el mismo tono de urgencia e insistencia que la sirena de una ambulancia.
—Papá, calla ya, no grites. Deja a Pepe en paz, que está muy tranquilo en su casa. Pepe está dormido, lo vas a despertar.
—Vámonos al barco, Pepe. Vámonos a jugar al barco.
—¿Qué barco, papá? Tu hijo Pepe no tiene ningún barco.
—Pepe, vámonos ya al barco de Gabriel. Remeditos, Remeditos, ¿dónde está Remeditos?
En ese momento me di cuenta de que mi padre no estaba llamando a mi hermano, sino a un primo suyo, en cuya casa vivió unos años después de quedarse huérfano de padre y madre. Pepe y Remeditos, eran hermanos, casi de la misma edad que mi padre que tenía por entonces unos doce o trece años. Y mi padre los llamaba para ir a jugar. No era un recuerdo. Lo estaba viviendo.
A partir de aquel día, mi padre me retransmitió en directo su niñez, de viva voz. No salía de mi asombro: su infancia estaba localizada en algún lugar mágico de su cerebro dañado. Intacta.
Volvió a los años de escasez y a la tristeza por la falta de sus padres y de su hermano mayor que desapareció en el frente, pero tambien vivió momentos de alegría, de cariño. Compartió mesa y trabajo con una familia de siete: café de cebada, gachas con picatostes, pan de habas, sopa de Maimones, amarrar tomates, buscar leña y cuidar cabras.
Cerca vivía Elena, otra hermana de mi abuela, y su marido, Gabriel, hombre de mar.
Mucho después de la muerte de mi padre, hace unos años, en un mapa antiguo de la zona, vi que cerca de la casa donde vivían Antonio y Modesta había una finca que se llamaba El Barco. Así que no era un barco donde iban a jugar.
Un verano fui a conocer sobre el terreno esas casas. Mi padre iba conmigo. Él y sus ganas de saber. Él y su curiosidad.
Nota: Antonio y Modesta vivieron en la Casa Colorada. Valle Niza. Almayate. Málaga. Gabriel y Elena, en la Loma de los Burgos. Benajarafe. Gabriel, posiblemente tuvieran alguna suerte de tierra en El Barco.
* Maimones
2.3.26
1.3.26
28.2.26
Todavía
Nos dijeron que el verano
no vuelve dos veces,
que la piel aprende pronto
a despedirse.
Que después de cierta edad
se baja el telón despacio,
que el deseo se recoge,
se plancha, se dobla,
y se guarda en el armario.
Nos borraron del espejo,
nos llamaron “recuerdo”,
nos sentaron al fondo
del banquete del tiempo.
Sonríe, sé discreta,
agradece el asiento.
Gestiona tus emociones
Controla tus sentimientos.
Todavía arde la sangre,
todavía late la piel.
No somos museos ni mármol
Ni pasado ni ayer.
Todavía miramos de frente,
todavía sabemos elegir.
No estamos pidiendo permiso.
Ellos maduran “interesantes”,
nosotras “fuera de escena”.
Ellos suman experiencia,
nosotras restamos belleza.
Si todos miran hacia abajo,
¿Quién se atreve a mirarnos de frente?
¿Quién firmó el decreto
que clausura nuestro presente?
No es rabia lo que nos mueve,
No es la nostalgia de un ayer
Es la dignidad de nuestro tiempo.
El derecho a nuestro ser.
Todavía nos corre la sangre,
todavía nos vibra la voz.
No somos cifra ni calendario,
no nos archiva el reloj.
Todavía nombramos la vida,
todavía sabemos sentir.
No estamos pidiendo permiso.
Estamos aquí…
Y nos pasa lo mismo que a ti.
(Proyecto de canción)
Letra: Ulla Ramírez
28.2.2026
27.2.26
Sentimiento
y se queda en sueño.
que te lleva dentro
donde nadie entra.
que hace el amor y no la guerra
y me desarma.
Cuento lo que no tengo,
lo tengo mientras lo cuento.
Invento lo que no existe,
y existes mientras lo intento.
Imposible es vivirlo,
imaginado es más cierto.
Inalcanzable al tacto,
y yo lo siento.
Inconveniente según el manual.
tan plano y tan tópico,
tan lejos de la piel.
Es tan práctico decirlo
y tan fácil definirlo.
Sentimiento,
lo siento mientras lo pienso,
lo pienso mientras lo escribo.
—————
Título: Sentimiento. V4.5
Letra: Ulla Ramírez.
Voz y música : Suno. Creada el 2.3.2026
—————
El origen de la idea:
Título: Solo palabras. Enlace
Ulla Ramírez. 9.4.2025
N° 317
25.2.26
Abandonos
El dia que se marchó
no le pidió disculpas
por dejarla a oscuras
sin luz para alumbrarse
sin sangre para vivir
Le dejó
la cama sin hacer
la nevera vacía
el coche sin gasolina
los platos sin fregar
la basura sin tirar
la ropa sin recoger
la pierna herida
el alma dolida
y ni agua en la mesilla.
él volvió.
llamó a la puerta
y suplicó que lo enterraran
con su mujer.
y desde fuera le gritó
disculpa si te dejo solo
y en penumbra.
Necesito toda la luz para
alumbrarme
Todo mi plasma para vivir.
Y todo mi corazón
para olvidarte.
22.2.26
La verdad. Canción
21.2.26
Doble vida
Una caminaba contigo
por calles de luz
otra se desplegaba
detrás de tus párpados
como un mapa secreto.
la noche lo terminaba
sobre un tablero de sombras
entre risas que nadie escuchaba.
con cerrojos fríos
el sueño abría un océano
donde las olas pronunciaban tu nombre.
al dormir alguien tomaba tus manos
como si los libros hubieran aprendido
a quererte.
la tejías en dos hilos paralelos.
vida mía.
Nostalgia
20.2.26
El dilema
—El sol despunta por el horizonte. El mar sube. Nos quedan dos días. Tenemos que elegir.
— Comamos. Necesitamos energía por si se presenta la ocasión de usarla. Estás delgaducha.
—No quiero comer. Elijo hablar. Hablaré antes de que el mar nos alcance. Es lo que me queda. Contar quién soy.
—¿Para quién?
— Para Ellos, para los que nos obligan a elegir.
—Come y no hables.
—No.
18.2.26
17.2.26
Hacerse la muerta
La rana no estaba muerta. Se hacía la ahogada para evitar la mirada del príncipe convertido en sapo.
15.2.26
Sótano
Me mudé al sótano, tengo revestimiento hidrófugo e ignífugo. El agua ni cala ni traspasa, el fuego no se inflama, la llama no se propaga. Huele a tierra y el futuro toca mis pies.
.
13.2.26
11.2.26
Seis preguntas en busca de respuesta
¿Es la cruda realidad más cruda cuando se sirve sin cocinar?
¿Tiene receta la cruda realidad o cada cual la sazona a su gusto?
¿Se digiere mejor la cruda realidad lentamente o a mordiscos?
¿Quién decidió que la cruda realidad no podía llevar un poco de condimento?
¿Por qué la cruda realidad nunca llega guisada a la mesa?
¿Se puede ablandar la cruda realidad sin encender el fuego?
10.2.26
Maremotos
Cuando era niña y hasta bien entrada la treintena tenía sueños recurrentes. En uno de ellos el mar subía de nivel y las olas gigantes cubrían el pueblo. La primera vez que lo soñé no tenía referencias; ni la tele ni el cine habían llegado aun a mi vida. Eso sí, mi abuela y sus primas, con las que estaba muy a menudo, contaban historias de un maremoto que había sucedido en el lugar, hacía muchos años, sin ahorrarse los detalles que ellas habían oido contar a sus abuelos.
Hace algunos años, cuando el famoso Tsunami, recordé esas pesadillas.
Ahora, cuando veo en las redes o en los informativos las imágenes del mar arrasando los paseos marítimos, inundando la costa, también me acuerdo. Cada día veo más cosas que se parecen a mis pesadillas. Pero ahora no me despierto.