Dormía. O no. No sé. Noté que una mano me tocaba el hombro.
—Despierta. No te duermas.
Abrí los ojos y no había nadie.
Me levanté. Encendí las luces, cogí el móvil y recorrí la casa. Miré por las ventanas. Todo estaba en orden y, sin embargo, no pude volver a la cama. Lo que me despertó no estaba fuera, estaba dentro. Podía estar cerca. Debajo de mi cama, en la despensa o detrás de una puerta. Yo, tan racional, busqué en cada rincón de mi casa el cuerpo de aquella voz. No encontré nada.
Volví a la habitación, me acosté y me arrugué como un ovillo. Escuché los ruidos de la noche, atenta a cualquier señal.
Cuando el sueño empezó a vencerme, quizás ya dormida, sentí de nuevo la mano en el brazo. Esta vez más enérgica. Y otra vez la misma voz:
—No te duermas. No puedes dormirte. Vamos, despierta.
Quise levantarme, pero no moví las piernas. Sentía los latidos disparados, la mandíbula apretada, el sudor frío pegado a la espalda. El olor a naranjas agrias.
A tientas busqué el móvil y no estaba. Hablé sin ser muy consciente:
—¿Quién eres? ¿Qué pasa? ¡Dime!
—Soy tú —me dijo.
Me toqué los brazos, el pecho, la cara, las rodillas. Busqué otra vez el móvil y nada. Al fin di con el interruptor y la luz me alivió el ahogo que sentía.
Me levanté y respiré tan hondo como pude. Al rato, cogí un libro. Leí algunas líneas, pero las palabras se evaporaban. Pensaba en la voz, en la mano, en aquella respuesta.
Era muy tarde, pero no mucho más que otros días. Siempre retrasaba la hora de acostarme. Dormir es perder el tiempo. Aunque también estaba lo otro: dormida no me daría cuenta de nada. No podría avisar a nadie si me encontraba mal.
Seguí leyendo. O lo intenté. En algún momento, dejé de entender lo que leía. Di una cabezada creo. No sé cuánto tiempo pasó.
Avisar, avisar… ¿Dije avisar?
Miré la cama. Tenía que avisarle.
¿O no debí?