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5.8.24

La puerta



Hay puertas que cautivan; viejas puertas con historia. Esta lleva incrustada el olor a retama quemada y el aroma del pan recién sacadito del horno de la vieja panadería. 

Tras ella, aun se conservan los ecos de las voces de Mariana, su fundadora allá por 1905,  y de María, hermanas de mi bisabuela Remedios, mujeres, las tres, arrugaditas como pasas de tanto trabajar. Más tarde, los del maestro pala y de Emilia, una generación herida por la guerra,  y los de la risa floja de Lily,  que cogía un bollo "prestado" para dárselo a escondidas a Paquito. "Cosas de chiquillos" le decía el tío Salvador Chines a Miguel de Mariana cuando este les reñía. "¿Que más da un bollo más que menos, Miguel? ".

Pero Miguel vigilaba cada gramo de harina y así amasaba el futuro. Y encargaba a Emilia que estuviera atenta a su niña y no le perdiera ojo a sus trabajadores, que "a veces se distraen", decía Miguel. Ella procuraba cumplir, aunque otras veces hacia la vista gorda porque había gente que no podía comprar un pan blanco. Había escasez.

Muchos hombres acudían al alba a la explanada de la Ermita de Benajarafe, muy cerca de la panadería, día tras día, para entrar en una especie de subasta donde los escogían para trabajar hasta la puesta de sol.

"Tú y tú y tú, sí; los demás, otro día, que no hay trabajo para todos. Y tú, Antonio, a ver si te pasas por mi casa y me limpias la cuadra y la corraleta de los cochinos y ya más adelante habrá trabajo" decía el encargado del cortijo.

Menos mal que estaban las cabrillas, me contó mucho despues mi padre —Paquito el huérfano, le llamaban— y que la leche no faltó nunca ni en los Burgos, en casa de su abuela Remedios,  ni en Valle Niza, en casa de su tío Antonio, ni más tarde en casa de su tía María, en los Ruises, al lado de la panadería, que en todas estas casas estuvo viviendo de niño mi padre, siempre de un lado para otro,  como rifado. Tampoco faltaban los espárragos, ni los chumbos coloraos recién barridos y lavados. Ni el pan de habas casero, ni el café de cebada. Ni la alegría dentro de la tristeza por los lutos y la estrechez.

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*Escrito en 2022. 



15.10.23

Inocencia

Aprendió los números contando estrellas y se enamoró del cielo. Era en las noches de verano cuando aquellos astros encerraban el mayor misterio ¿Cómo podía ser que estando tan lejos, su sonido le llegara tan claro? 

Hubiera inventado una escalera infinita de cristal o subido en alguno de aquellos monopatines de madera que usaban los niños de Benajarafe para rodar sin juicio cuesta abajo, haciéndose los valientes. Pero a pesar de su corta edad, intuía que aquel inmenso espacio había que recorrerlo de otro modo.

Probó la telepatía, de la que le habló su hermano mayor. "Sincronízate", le dijo él, aquella noche de la lluvia de estrellas, y ella se subió al poyete y se concentró en el cricri, repitiendo aquel sonido en voz alta mientras él se reía. 

Al final de aquel verano, alguien le contó la verdad: aquella misteriosa onomatopeya no era el sonido de las estrellas, sino el canto de los grillos.

Lloró lágrimas tan espesas como la grasa que escurría su abuela en la cocina después de cada matanza. Hubiera querido tener entonces un borrador de verdades.

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* Primer relato escrito para participar  en el Club de lectura y Teatro de la Viñuela (Málaga). 



13.10.23

Fragmento del Paraíso: la barquita

Una barquita de hoja de caña no es una barca cualquiera, no merece navegar en cualquier agua. Ha de ser un agua limpia, sin remolinos,  apacible, pero que no se estanque. Un agua que sortee las piedras que encuentre en el camino y que no se detenga. 
El mejor lugar para ver navegar a una barquita de hoja de caña es la reguera que va desde una alberca a los surcos de un huerto.  Pero como ya casi no quedan regueras, recomiendo un arroyo de agua cristalina. Espero que aún quede alguno.
También seria imprescindible merendar pan con chocolate mientras ves avanzar la barquita de hoja de caña. Pero sobre todo, hay que estar preparada por si ocurre alguna desgracia y la barca zozobra. En estos caso recomiendo templanza pero prontitud en la maniobra; no importa que las manos estén manchadas de chocolate ni que en ese momento no se tengan calzadas las botas de agua. Hay que mojarse.


1.10.23

El marino. Un relato inspirado en hechos reales

Con la pleamar de la marea y arreciando a Barlovento, al mando de las máquinas del Orión, Enrique Robles Postigo –cincuenta y tres años– no se arrugó aquel siete de julio de 1902 cuando el Capitán le ordenó volver al puerto de Almería, del que acababa de salir rumbo a Málaga, donde la carga del Mayfield era pasto de las llamas. La maniobra de acercamiento fue complicada, pero Enrique era un maquinista experto, curtido en la guerra de Cuba y condecorado por aquel episodio del diez de junio de 1898, del que se hablaría en los libros de Historia. Cuando consiguió la mejor posición del Orión, de inmediato alumbraron al Mayfield y colocaron la bomba para anegar la estancia donde ardían más de ochocientas toneladas de esparto. Pero a las cuatro de la madrugada, el fuego aún seguía vivo y Enrique no quiso turnarse con sus ayudantes. Permaneció toda la noche en su puesto, vigilante del viento y de las llamas, preocupado por los hombres que no escatimaban esfuerzos. A las seis de la mañana, una fuerte tormenta, que descargó granizo de tamaño nunca visto, ayudó a sofocar el fuego. Fue un alivio. Horas mas tarde, el Orión reanudó su viaje hacia el puerto de Málaga. 

Dos días después, desde la playa de Benajarafe algún pescador divisaría la figura de Enrique en la atalaya de Torre Moya renovando su idilio con el cielo y la tierra que le vieron nacer. Allí tomaba aliento y recordaba aquella conversación que muchos años atrás tuvo con su padre, Antonio Robles Gutiérrez, el viejo torrero.

—Toda esta tierra abandonada por el mar, hijo mío, algún día será tuya.

-—No es la tierra lo que deseo, padre, sino la libertad del mar. La brava caricia de sus olas. Quiero ser marino.

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* Inspirado en hechos reales. Enrique era hermano de mi tatarabuelo José y de mi tatarabuela María. Tambien de Manuel Robles Postigo, cura de Benajarafe, capellán de la marina y maestro de latin y los clásicos del poeta Salvador Rueda, cuando este era adolescente. 

20.1.15

Entre la realidad y el laberinto


Paco fabrica su mundo a la medida de los 87 años que cumple hoy. Anoche, en la cama, cogió a su mujer de la mano y le propuso ir a comprar pescado a la playa; muy temprano, antes de que los lugareños se llevaran el que sale en el copo. Luego, se entretuvo durante un buen rato cantando canciones de rueda, de las que se cantaban cuando era mozuelo por las cortijadas de Benajarafe.

"Si tu padre quiere un rey
la baraja tiene cuatro
Rey de copa, Rey de oros
Rey de espada, Rey de bastos.

Mi padre no quiere un rey
porque no me lo merezco
pero no quiere que me siente
a guardar ningún estiércol.

Y que vengo de la churipampas
churripampas, churripleros
mi novio con otra novia
y yo con este salero." 
.....                     

7.3.11

Reencuentro

Hacía siete veranos que no veía aquellos montes. 
Desde lo alto de aquel promontorio, divisé aquellas lomas limpias, suaves, aterciopeladas, vestidas de color oro al atardecer.
El olor a salitre y a campo penetraba en mis sentidos como el de la dama de noches, hiriendo de intensidad, y emborrachándome de él me detuve allí por unos minutos.
 El rumor de las olas aún mecía mis sueños: van y vienen, sube y baja la espuma...
Allí aprendí los primeros pasos, las primeras palabras, las primeras letras, los primeros números, los primeros juegos, las primeras canciones.
Allí tuve los primeros sueños, las primeras pesadillas, los primeros miedos.
Allí rompí los primeros juguetes, ignoré los primeros pecados.
Ahora, aquel escenario posaba ante mis ojos de nuevo: la musa de mi vida. Todo más viejo, más desgastado: ¿La erosión del viento en el paisaje? ¿La erosión del tiempo en mis ojos?
No se cuánto tiempo pasó, porque el tiempo allí no tiene nunca prisa. Permanecí inmóvil, ensimismada en mis recuerdos, hasta que el negro color de la noche, salpicado de mágicas e incontables estrellas, descendió sobre mí. Y una vez más, como siempre que vuelvo, encontré la paz que perdí y el dulce regazo de la tierra.

( Texto original, modificado en 2025 para una canción hecha con IA)

12.11.10

El espantapájaros

Una de las aficiones favoritas de los niños, era tirar piedras contra los espantapájaros que colocaba, en los huertos, Antonio el medianero. Sobre todo, contra aquel que había en el llano grande, junto al pozo de Barranqueros.
Tras su apariencia desaliñada había, sin duda, un monstruo escondido: un ser malévolo que odiaba a los inocentes pajarillos. Su enmascaramiento solo tenía un objetivo: ser mientras más feo mejor para infundir miedo a los gorriones. Y por eso tentábamos su paciencia, para ver si así, algún día, cansado ya de aguantarnos, salía a correr detrás de nosotros y podíamos, por fin, reírnos de él y vengarnos. Porque, cojitranco —con una pierna de palo más larga que la otra—  y tuerto  —solo tenía un ojo de culo de botella—  era difícil que nos cogiera. «Para espantapájaros vales, pero para coger niños, mejor el Tío Mantequero», le decíamos entre burlas y risas. 

Nunca olvidaré aquel día de octubre ya, en el que a la caída de la tarde, de una tarde que era casi noche, y empezando a lloviznar, mi abuela cayó en la cuenta de que se le había olvidado ir a recoger el pan a la casilla del pozo, junto al llano, a unos doscientos metros de la casa, cerro abajo, donde el panadero lo dejaba todas las mañanas. Considerándome ya mayor —unos siete años, si no recuerdo mal—, me ofrecí para bajar a recogerlo y ella me dio permiso.
Me puse el impermeable, me armé de valor y bajé la cuesta con mis Katiuscas y mi paraguas en ristre. Todo fue bien hasta que llegué a la casilla. Allí, en un pispas, el ruido seco de un trueno dejó mi garganta sin grito, una sombra inesperada se colocó a mis pies y la luz de un relámpago verde cegó mis ojos. Mi cuerpo tembló todo entero, el espantapájaros alargó su brazo, que estiró como un chicle y colocó su peluda mano de tomiza de esparto sobre mis hombros.
Quise ser pájaro entonces, pero mis alas no existían y mis pies quedaron paralizados. Le supliqué: «¡No me mates, no me mates, ahora no, déjame vivir, cógeme cuando sea mayor!», creyendo yo, supongo, en mi infinita inocencia, que para entonces tendría armas suficientes para escapar.
En pocos segundos, el cielo descargó sobre mí un chaparrón fuerte que me espabiló el sentido y devolvió a su sitio al terrorífico muñeco de sacos rotos y sombrero de paja. Cogí el pan que estaba protegido con un plástico y salí corriendo, caminito arriba, que me las pelaba.
Llegué a la casa empapada: en ningún momento había caído en la cuenta de que llevaba un paraguas en la mano y que podría haberle atizado al espantapájaros con él, pero el miedo me atenazó. 
Aquella noche, tuve una pesadilla: un relámpago verde bajaba de la loma de Cañeo, iluminando las viñas, el río, el pozo y los bancales. Unas primillas negras sobrevolaban el cielo, teñido de violeta. Todas bajaban que parecían aviones en picado y me perseguían por las lomas y los cerros. Yo corría sin parar y mientras más corría más se reía de mí el espantapájaros. Llegué a pedirle perdón por mis piedras y por todas las piedras de todos los niños de Benajarafe y desperté en los brazos de mi abuela, empapada, esta vez, de lágrimas y no de lluvia.