18.3.15

Como decía mi padre...

 ....estoy pensando que es mejor no pensar.

20.2.15

Dice mi padre...

...que está pensando que es mejor no pensar.


(87 años)

20.1.15

Entre la realidad y el laberinto


Paco fabrica su mundo a la medida de los 87 años que cumple hoy. Anoche, en la cama, cogió a su mujer de la mano y le propuso ir a comprar pescado a la playa; muy temprano, antes de que los lugareños se llevaran el que sale en el copo. Luego, se entretuvo durante un buen rato cantando canciones de rueda, de las que se cantaban cuando era mozuelo por las cortijadas de Benajarafe.

"Si tu padre quiere un rey
la baraja tiene cuatro
Rey de copa, Rey de oros
Rey de espada, Rey de bastos.

Mi padre no quiere un rey
porque no me lo merezco
pero no quiere que me siente
a guardar ningún estiércol.

Y que vengo de la churipampas
churripampas, churripleros
mi novio con otra novia
y yo con este salero." 
.....                     

29.8.14

1.8.14

De sapos y dinosaurios

A este paso no habrá charca que pueda albergar a tanto príncipe convertido en sapo. Ni meteorito que valga para extinguir a tanto dinosaurio. 

30.7.14

12.7.14

Feliz durmiente

Él la despertó con un beso. Ella nunca se lo perdonó.

10.7.14

Encuentro

El cuento es el lugar donde tú y yo nos encontramos. Luego, cada uno tiene su novela.

25.5.14

La Avaricia

Lo malo de la avaricia no es que rompa el saco, sino que lo que sale de dentro está podrido.

2.4.14

Fragmento del Paraíso




La  casa donde vivíamos estaba a tres kilómetros del pueblo y de la playa;  en un cerro y casi en el centro de un círculo que dibujaba el horizonte. Por el norte, cerros más altos llenos de olivos y almendros y en el horizonte el cielo, por el sur cerros más bajos con viñas y huertos, y en el horizonte el mar. Abajo, a sus pies, el pozo y la cañada, nuestro río.

La casa tenia dos naves; eran de muros de piedra muy anchos. La delantera y principal fue la primera que se construyó. Tenía el suelo en blanco y negro,  el clásico ajedrezado, y el techo de obra. Mientas la parte trasera, a pesar de ser más nueva, tenía el suelo de tierra y los techos de caña y madera. En esta segunda nave estaba la cocina, un cuarto trastero en el que había un ropero antiguo con una luna que a mi me parecía entonces muy grande porque yo era pequeña, y un corral donde mi abuela  criaba gallinas y conejos.

Delante de la primera nave, había un porche con un poyete también en blanco y negro. El porche miraba al pozo y a los huertos de abajo, que se encontraban  a unos cien metros bajando por un caminito estrecho y en pendiente. A mitad de camino se encontraba la alberca grande, donde nunca nos bañábamos porque estaba muy sucia. Nos decían que tenia serpientes venenosas y larguísimas, pero nunca llegamos a ver ninguno de esos monstruos y sí alguna que otra inofensiva culebra de agua. Lo que sí tenía la alberca grande era muchas  ranas y, durante un temporada larga, también tuvo peces de colores. Cuando subíamos por la cuesta del pozo a la casa, con los cántaros o los cubos de agua, aquel era el sitio de descanso. Allí nos entreteníamos jugando a perseguir hilanderas o a tirar piedras al agua. Se nos pasaba el tiempo volando curioseando en los huertos cercanos, comiendo guisantes o habas crudas. Alrededor de la alberca grande había un chirimoyo, un granado, orégano en el mismo caño del salida del agua de la alberca y algunas pitas grandes con pitones tan altos como palmeras. Había también allí un precioso Paraíso.


22.3.14

sms

No me llames a la oficina, me han despedido. Tampoco al piso, me han embargado. Al hospital, ni te molestes. Y a la policía, ni una palabra. Te espero en el fondo del lago. 
                                                          

Cabezaloca

«¡Manolito...tienes la cabeza llena de serrín!», le decían niños y mayores al loco del pueblo. Un día, ya cansado, Manolito se pegó un tiro en la sien. De su cabeza salieron diminutos pájaros azules.
 

14.3.14

Fragmento del Paraíso.


Por la mañana me despertaba el sol que cruzaba la ventana para deslizarse suavemente por mi cama. Los domingos, antes de levantarme, mi abuela preparaba el baño. Lo colocaba en el centro de la habitación y situaba muy cerca el brasero con los carbones encendidos; me acuerdo como agitaba el soplillo hasta verlos enrojecer. Luego, con cuidadosa parsimonia, disponía mi ropa limpia en la silla baja de enea mientras se calentaba el agua en la cocina. Cuando estaba a punto de hervir, la vertía en aquella bañera redonda de lata y la mezclaba con la fría hasta conseguir la temperatura adecuada. Cuando todo estaba perfecto, solo entonces, me dejaba que me introdujera en baño de zinc, culminando la ceremonia cuando esparcía sobre los carbones incandescentes del  brasero unas ramitas de alhucema y toda la habitación se impregnaba de un olor celestial. En verdad, allí, estábamos más cerca del cielo que de la tierra, porque el lugar que pisábamos era el Paraíso verdadero.

 


12.3.14

Dicen las malas lenguas...


...que el Patito feo fue feliz solo un segundo, justo el que tardó en caer desmayado de la impresión en las profundas aguas en las que se miraba cuando creyó ser un cisne. No nos consta que esto fuera cierto, pues Hans Chistian Andersen nos contó la historia de otra manera.
 
 
Fotografía de Juanka Viñolo






Liberado

"Por fin libre", pensó el personaje cuando el autor puso punto final a la novela.

9.3.14

Póstumo

Me dibujas con estos garabatos a los que llamas letras. Me llamas Roberto; un nombre que ni siquiera es el mío. Acaso describes brevemente mis ojos cargados de odio y mis zapatos llenos de barro. Luego, te detienes un poco más en mi alma, resentida por el artificio de esta existencia prestada; siempre a tu servicio. Ahora, me entregas un arma y por fin me enfrento contigo.

7.3.14

Pérdidas #

 
Él le pidió tiempo. Ella se lo regaló y lo perdió para siempre.
 

1.3.14

Propiedad conmutativa

El orden de los factores no altera el producto, pero a veces lo manipula. 

28.2.14

Viaje en tren

Son las diez menos cinco de la mañana en el reloj de la Estación de Santa Justa de Sevilla.  María sube a su coche, el siete, y localiza su plaza. Coloca en la zona de arriba su bolsa de viaje color caramelo y se acomoda en su asiento alisándose la falda para que no se le arrugue. Quiere llegar a Madrid de punta en blanco, como decía su padre que había que ir a las entrevistas de trabajo.

El tren arranca. Le ha tocado en sentido contrario a la marcha; una posición que le permite ir despidiéndose poco a poco de este sol y de esta luz que seguro que en Madrid no lucen igual. La invade cierta melancolía que enseguida se dispone a distraer.

Despliega la bandeja pegada al asiento de delante. Coloca encima una carpeta, por si le apeteciera repasar el texto, aunque quizás sea mejor estar relajada para cuando llegue. La cita lo merece, lo exige. Le han contado que el director del casting es un sieso.

Apenas han pasado unos minutos, cuando entra en el vagón una mujer de mediana edad, fuerte y rotunda. Lleva una bolsa enorme de cuadros azules a rebosar que se le quedó atascada en la puerta.

— Aquí es. Anda que otro día me voy a fiar yo de ti —le dice al que parece su marido, que entra tras ella muy acalorado.

― ¿Y por qué no has mirado antes el billete, mujer?

― ¿Y por qué no lo has mirado tú, que no llevas nada en esas manos que Dios te ha dado?

Detrás de ambos aparecen un adolescente de unos quince años, que habla a gritos por el móvil y una chica, de unos trece, con una pompa de chicle rosa en la boca a punto de explotar.

— El tren es guapo, tío, tiene tele y todo. 

— No, no para en los pueblos, esto va a Madrid del tirón. 

— Que sí tío, que sí, que te traigo una camiseta. Joe que pesado eres, tío, que acabo de Salir de Sevilla. Ya le pediré la pasta a mi padre y luego tu me la pagas. 

— Pues la camiseta, ¿Qué va a ser? no me vas a pagar el viaje.

— Anda que no ni ná,  pues claro que me la tienes que pagar. ¡Ya estamos!

Oye, Carlos, ¿quieres dejar ya el móvil, hijo mío?

María queda encantada cuando ve aparecer a la azafata con los auriculares. Pero justo cuando va a comprarlos el señor que va sentado a su lado —traje y corbata impecable y muy repeinado— le habla:

 Andaluces tenían que ser. Siempre dan la nota.

María no se calla, usa un tono contenido, pero irónico:

― Bueno, disculpe usted, pero andaluza soy yo también y voy aquí tan tranquila.

Si, ya, pero esa forma de hablar es de Andalucía. Usted no parece...

― Pues si señor, soy sevillana. El problema es la educación, no la lengua ni el acento.

Bueno, no es correcto hablar el español comiéndose las letras.

― No nos comemos las letras, las aspiramos, que no es lo mismo.

  Pues para andar por casa puede valer, pero en otros sitios no.

  ¿Por qué que no se va a poder hablar en andaluz? ¿Dónde?

    Pues, por ejemplo, en televisión, los presentadores, o en la radio. Y en las películas; los actores tienen que hablar en español bien pronunciado.  Yo cuando escojo a un actor soy exigente con eso. Es mi trabajo. Estar tarde tengo un Casting en Callao.

Suena el móvil de Carlos. Politono: última versión de La Macarena. El padre le da un manotazo al niño en la mano y el aparato cae al suelo.

María tendría que aprovechar el incidente para desaparecer. Pero no puede levantarse.

― ¿Y cómo ha dicho usted que se llama la película?

Todo el vagón está pendiente de la familia y el acompañante de María también; no la escucha. Pero María insiste.

― Oiga, perdone ¿Cómo se llama la película?

Los nueve escalones, de Pedro Silvestre.

 María se levanta bruscamente y se dirige a la cafetería. Le sudan las manos y tiene el pulso acelerado.

― Buenos días, por favor ¿me puede poner usted una tila?

― Tila no tenemos, señora, le puedo ofrecer manzanilla, té, menta poleo, café…

  Vaya, pues, agua, agua; una botella pequeña.

― Pequeña no le tenemos, señora, tiene que ser grande.

― Bueno, pues grande, y del tiempo, por favor. 

— Del tiempo no le tenemos, señora, tiene que ser fría. 

— Vaya por dios, pues como la tengamos. El agua, quiero decir, no la paciencia. Y es la, la tenemos —murmura María por lo bajini. 

— ¿Decía usted?

— Nada, nada. Que el agua, como la tenga. Y deme la cuenta cuando pueda por favor.

 María se queda un rato en la cafetería, mirando el pasar del paisaje a través de los ventanales. Cuando se tranquiliza vuelve a su sitio a recoger su bolsa de viaje. El del casting no está; es un alivio. Los escandalosos dormitan. María desaparece por la misma puerta que entró.

A las doce y treinta y cinco el tren hace su entrada en Atocha. María baja por el vagón número nueve. Lleva las gafas de sol. Va hacia el hall principal a paso lento; no tiene prisa. Busca un banco y toma asiento. Fija sus ojos en el reloj de la estación. En la aguja más larga, que va bajando poco a poco por los minutos como si fueran escalones. Cuenta nueve. Se levanta y se dirige al mostrador de los billetes.

― ¿El próximo para Sevilla?


24.2.14

Circunloquio de madrugada


La que roba a un ladrón tiene cien años de perdón, debe ser por esto por lo que yo practico el insomnio.
Que más quisiera yo que el refrán fuera cierto y encontrarme una mañana con treinta años de propina. Aunque me conformaría con que fueran ocho porque tampoco se le pueden pedir peras al tiempo; lo que por un lado te da, por el otro, seguro, te lo quita. Y no le hables de Santa Rita, que mi tiempo es laico: ni entiende de santas, ni de predicadores, ni de iluminados de la vieja ni de la nueva escuela. Él se lo guisa y él se lo sirve y si no le gusta lo recicla. Que los príncipes azules siempre fueron sapos y las princesas muñequitas de plástico. Que la buena estrella nunca baja del cielo y que el aura no existe, que es un cuento. Y que los fantasmas somos nosotros mismos reflejados en nuestros propio espejo. Por eso digo yo que al pan pan y al vino tiempo. Y si quieres un baile, mejor improvisamos que el tango queda lejos y el bolero ya se ha muerto. Pero roba, roba tiempo, que lo demás ya lo roban ellos.
  

 

11.1.14

Enero

Cada día tiene su afán
y cada noche su muerte
Cada tiempo su reloj de bronce dorado colgado en la pared.
Cada sueño su despertar 
Cada enero su herida

13.7.13

Sueños de mar


Nada le gustaba más a la niña que escuchar aquel cuento de labios de la abuela para imaginar el mundo que había más allá de la tierra. Luego, cuando dormía, solo le quedaba el recurso del sueño para ver el mar. Todas las noches se sentaba en el rompeolas y esperaba que el agua tocara sus pies, que la espuma cubriera su cintura y que el mar la conquistara palmo a palmo hasta dejarse llevar por él. Entonces aparecía una corte de delfines que la escoltaban en su viaje por aquel mundo submarino. Así, noche tras noche, la niña vivía sus sueños de mar hasta que al despuntar la mañana su abuela la despertaba con un beso. Pero una noche los delfines la arrastraron hasta las profundidades del océano y la niña empezó a llorar. Se despertó sirena y nunca más pudo escuchar la historia de la abuela que le hablaba del mar.

19.7.12

Imagen digital

29.6.12

Adolescencia

Ella presintió, desde el primer día, que aquel verano sería distinto para los dos en el preciso instante en que se bajó del coche y él, en vez de darle un beso como siempre, le alargó la mano para estrechar la suya y le soltó un escueto hola que le heló el alma. Claro, que él se puso nervioso nada más verla al apreciar el cambio radical que había experimentado su cuerpo en los últimos diez meses y eso le retrajo. «Ya no es mi niña» pensó, y correspondió con los ojos llenos de perplejidad a la inesperada expresión de extrañeza que ella le dirigía. Fue el fin de una bonita amistad.


18.6.12

A veces...

...aunque la esperanza sea lo último que se pierde, la decepción es lo primero que se encuentra.

27.3.12

Vanidad




Me llamo Paca y soy una cabra. Pero yo no vivo como esas pobres cabras de los campos, no. Yo, toda la vida, he sido una señora cabra de ciudad; fina, elegante, pacífica y con un objetivo claro en la vida: siempre quise ser oveja.
Así que, un día, cogí mis ahorros de toda una vida de acróbata profesional del taburete y me fui a una peletería a comprarme un buen abrigo de lana merina, de esos que te cubren toda enterita, con el que mereciera la pena estrenar un buen perfume a lana recién lavada y salir de fiesta a bailar el chachachá.
Crucé la ciudad para ir a la mejor tienda, a la que tenía más fama. Pero el dependiente me dijo que no había existencias y en apenas quince minutos me engatusó: en vez de venderme un abrigo de oveja me vendió una piel de osa por catálogo.
Y yo, toda envanecida, me fui a mi casa convencida de que convertirme en osa era mucho más de lo que había imaginado y por supuesto mucho mejor que ser una ovejita lucera de poca monta con un collar de campanillas; iba loca de contenta, vamos, como una cabra loca, realmente como una verdadera chota.
Al día siguiente, en el corral de mis dueños, a las afueras de la ciudad, les describí a mis amigas cabras lo fantástico que era el abrigo de piel de osa. Todas me miraban con cierto desden, desviando ligeramente los ojos hacia la tapia del corral, donde un sospechoso gato negro se relamía de la risa.
Pero esperé un mes, dos, tres meses; el invierno se iba acercando y el abrigo se retrasaba. 
Por fin, decidí cruzar la ciudad para ir de nuevo a la tienda donde lo compré y me la encontré cerrada. No podía despegar mi cara de cabra pasmada del cristal del escaparate vacío y lleno de polvo. Pregunté en la zapatería de la esquina y me dijeron que los dueños se habían ido sin dar muchas explicaciones.
¿Habéis visto alguna vez a una cabra cabreada?
Aquella noche no pude dormir del sofocón.
Puse un anuncio en el Correo Caprino y en La Gaceta de los Animales Acróbatas; “cabra incauta busca vendedor de piel de osa, se ofrece recompensa”. Coloqué carteles por toda la ciudad.
Todo en vano. Nadie me dio noticia de los dueños de la tienda.
Durante meses, he estado muy deprimida; no comía, no balaba, no brincaba y mis amigas ni siquiera se han compadecido de mi. Y el maldito gato negro ha ido reuniendo, tarde tras tarde, encima de la tapia del corral, a toda su parentela, para, juntos, relamerse de risa a mi costa.
Mi estado anímico ha ido de mal en peor, mi dueño ya no me lleva a trabajar por las plazas de la ciudad, pues ya no soy capaz de juntar las cuatro patas sobre el taburete cuando él toca la trompeta.
Hace poco, me ha llegado una carta sin remite donde me comunican que lo sienten mucho pero que la osa en cuestión se fue de vacaciones y no la pudieron cazar. 
¿Y yo? pues  aquí estoy, medio resignada: cabra para toda la vida, aunque cabra escaldada.

Aunque... ¿Y si me comprara la piel de loba?.