30.8.24

Compartido

Si se trata del verbo compartir, hace falta alguien más. 

27.8.24

Final

Tienes que pensar en otro. Yo ya no tengo más palabras. Soy un libro acabado. 

24.8.24

Deforme

No es la locura la que hace ver la realidad de otra manera, es la realidad la que nos vuelve locos. 

23.8.24

Amor fantasma

—Menos sábanas y más pasión. Si seguimos así de sosos nos devolverán al cuerpo —le dijo ella mientras tendían la colada.


18.8.24

Del revés

Si tu corazón anda por las nubes y la cabeza permanece en la tierra, no tengo más remedio que pensar que estás del revés y que los pies se te debieron quedar en la luna llena de julio.

16.8.24

Aplicación

Abrió la aplicación, buscó su nombre y lo añadió a la lista de deseos: una sonrisa, un abrazo, un día.

15.8.24

La decisión

Recuerdo la magia de aquel tiempo en el que aún nos sentíamos jóvenes y eternos. Cuando ni la vida ni el cuerpo pesaban y cada velada era ocasión para celebrar la fiesta del amor. Nuestro ánimo entusiasmado se desbordaba anegando nuestra vida como un poema de mil versos encadenados. Ahora nuestra actitud pusilánime nos exaspera y provoca nuestra cólera. Pero no reaccionamos. No hay cambio. Solo cansancio. Cada vez más viejos, más huraños, más solos, más tristes. Está decidido, ha llegado nuestra hora. Esta tarde terminaremos con esta vida extenuada y a la sombra del olivo donde nos dimos nuestro primer beso escaparemos hacia el tiempo infinito.

12.8.24

Hallazgos

Llegas a la verdad cuando recoges las miguitas que fue dejando la mentira.

10.8.24

Cercanía

Te echaré de menos cuando me vaya más lejos, aunque tu sigas en el mismo lugar.

7.8.24

Golosina

El mejor remedio para el alma es un poema con sabor a cañadú.

6.8.24

Ilusión

Nunca se había enamorado del alma de un poeta. Por las noches revivía sus versos.

5.8.24

La puerta



Hay puertas que cautivan; viejas puertas con historia. Esta lleva incrustada el olor a retama quemada y el aroma del pan recién sacadito del horno de la vieja panadería. 

Tras ella, aun se conservan los ecos de las voces de Mariana, su fundadora allá por 1905,  y de María, hermanas de mi bisabuela Remedios, mujeres, las tres, arrugaditas como pasas de tanto trabajar. Más tarde, los del maestro pala y de Emilia, una generación herida por la guerra,  y los de la risa floja de Lily,  que cogía un bollo "prestado" para dárselo a escondidas a Paquito. "Cosas de chiquillos" le decía el tío Salvador Chines a Miguel de Mariana cuando este les reñía. "¿Que más da un bollo más que menos, Miguel? ".

Pero Miguel vigilaba cada gramo de harina y así amasaba el futuro. Y encargaba a Emilia que estuviera atenta a su niña y no le perdiera ojo a sus trabajadores, que "a veces se distraen", decía Miguel. Ella procuraba cumplir, aunque otras veces hacia la vista gorda porque había gente que no podía comprar un pan blanco. Había escasez.

Muchos hombres acudían al alba a la explanada de la Ermita de Benajarafe, muy cerca de la panadería, día tras día, para entrar en una especie de subasta donde los escogían para trabajar hasta la puesta de sol.

"Tú y tú y tú, sí; los demás, otro día, que no hay trabajo para todos. Y tú, Antonio, a ver si te pasas por mi casa y me limpias la cuadra y la corraleta de los cochinos y ya más adelante habrá trabajo" decía el encargado del cortijo.

Menos mal que estaban las cabrillas, me contó mucho despues mi padre —Paquito el huérfano, le llamaban— y que la leche no faltó nunca ni en los Burgos, en casa de su abuela Remedios,  ni en Valle Niza, en casa de su tío Antonio, ni más tarde en casa de su tía María, en los Ruises, al lado de la panadería, que en todas estas casas estuvo viviendo de niño mi padre, siempre de un lado para otro,  como rifado. Tampoco faltaban los espárragos, ni los chumbos coloraos recién barridos y lavados. Ni el pan de habas casero, ni el café de cebada. Ni la alegría dentro de la tristeza por los lutos y la estrechez.

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*Escrito en 2022. 



4.8.24

Travesía

Tú eres la luna, tienes que cruzar el cielo aunque la noche esté nublada y nadie te vea.

29.7.24

Cambios

Se levantó a las siete de la mañana, preparó el desayuno, llevó los hijos al colegio, limpió la casa, puso la lavadora, fue al mercado, tendió la ropa, hizo la comida, puso la mesa y la quitó, fregó los platos y los colocó en su sitio. Recogió la ropa, la planchó y la guardó en el ropero. Se tomó un cafe y encendió la tele. Decían algo de que las mujeres habían avanzado mucho en los últimos cuarenta años y se acordó de su abuela que se levantaba a las siete de la mañana, prendía la chimenea, molía la malta y servía el desayuno, hacía las camas, lavaba la ropa en el lebrillo de barro con el restregador de madera y el jabón verde y cambiaba el agua una y otra vez para enjuagar y venía la vecina y ayudaba a exprimir, retorciendo cada una por una punta las sábanas enrolladas, tendían la ropa juntas y luego cada cual a su casa a preparar la comida. Y después de comer fregaba los platos, los peroles y las sartenes. Y le daban las seis de la tarde ordenando y ya no podía más con su cuerpo cuando llegaba el hijo del campo y soltaba las botas en el escalón para que ella le quitara el estiércol de las suelas. Y le decía “qué hay de cenar hoy, que vengo muerto de hambre” y María se levantaba y se ponía a pelar papas y a sacar carne en aceite de la orza. Y comían en silencio, salvo cuando ella preguntaba:
—Abuela ¿mamá trabaja en el cielo tanto como tú?  
—No, hija mia, el cielo tiene esa ventaja, que ya no hay que doblar tanto el lomo. 
Y seguían cenando en silencio a la luz del quinqué.

27.7.24

Escrito al amanecer

La pastilla para evitar la ansiedad le tenía anulada la memoria de lo soñado. Pero aquella noche el sueño debió ser más intenso porque al despertar recordó el suave tacto de unas manos en las suyas. Era tan real que quiso darle un abrazo, pero su cuerpo se desvaneció. Durante todo el día le vino la sonrisa y el llanto a partes iguales porque estaba segura de que había soñado con el último amor de su vida. 



24.7.24

Greguería

Como el mago con su magia, seduce el poeta con sus versos.

21.7.24

Escrito

Escrito está que nos conocimos en un cuento a medio camino entre tus versos y mis sueños.


19.7.24

Bailes

En el baile suelto cada uno llevaba su ritmo, hasta que en el momento oportuno cambiaba la música y se bailaba agarrado. La música no se cambiaba sola.

18.7.24

Greguería

Las nubes y la tristeza se hacen mutua compañía, pero cada una oculta lo suyo.

14.7.24

Microcosmos

Tú en tu universo sin comas con cuentos y versos sin tiempo.

La urraca y la rana

Andaba la urraca enterrando semillas por el bosque cuando escuchó como alguien roncaba debajo de una hoja. La levantó y allí estaba la rana. Se le hizo el pico agua, pero algo le llamó la atención: aquella rana brillaba; quedaría bien de adorno en su nido. Acercó su cabeza a su corazón sin rozarlo, escuchó su latido bombear en una especie de chasquido. No la despertó.
"Tengo que descubrir el misterio de su brillo”, pensó, y levantó el vuelo.
Al día siguiente,  la urraca volvió. La rana estaba en el lago y de un solo salto se puso en tierra y se escondió tras una roca.
— No me hagas daño —le dijo la rana—. Soy inofensiva. Me gusta nadar y tomar el sol.
— No te quiero hacer daño. Cuentan cosas falsas sobre mí y nadie quiere ser mi amiga. Busco una amiga como tú.
— Pues a mi me pareces bonita. Tu plumaje cambia de color con el sol. Es atrayente.
La urraca correspondió al piropo.
— Igual que tu brillo; es especial, diferente al de las demás ranas. Sube a mi cuerpo y te llevaré hasta el cielo. Ya me contarás tu secreto.
La rana no lo pensó, dió un salto y se subió a la urraca.
— Haremos añicos tu mala fama, dijo la rana confiada y feliz.
La urraca chachareó algo para sus adentros.
Aquella noche, desde el fondo del bosque, se pudo ver un brillo con forma de rana extinguirse poco a poco en el nido de aquel pájaro.

12.7.24

Inventada

Le mantuvo la mirada tres segundos y sus ojos la extraviaron. Perdió la cabeza, cayeron los brazos, se descoyuntaron sus piernas. Se desarmó. Dudó de su propia existencia. Quizás fuera inventada.

11.7.24

Respuestas

Los amores no correspondidos no necesitan preguntar a las margaritas.

9.7.24

El apagón

Usted me va a perdonar, señor juez, pero ese hombre de ninguna manera puede ser el culpable del apagón. Fui yo. Fui yo, señor juez, la que encendí miles de lámparas cuando se me hizo la noche y provoqué la chispa en el sistema eléctrico de esta ciudad de fantasía. Porque debe usted saber, señor juez, que aquí, en esta ciudad, el único real es usted, que nos tiene a todos en vilo. Anda buscando culpables, pero la imaginación es inocente.


Nota posterior: 

* Escrito en julio de 2024. En modo alguno profético. 

Cartas

Leerte y escribirte fue la única forma que tuve de amarte.


(9 de febrero de 2025)

8.7.24

Vampira

No me tientes, que la última vez me quedé con ganas de más. Tu sangre me chifla.

7.7.24

Importancias

Nunca nada ajeno es importante para los que ya llevan la importancia puesta. 

6.7.24

Greguería

Sienten las palabras los poetas como los pájaros tienen alas.

Juego

Andas sobre el filo de una tapia posando tu suaves almohadillas para no hacer ruido, para no molestar, y de pronto sale ese perro inoportuno que ladra como si no hubiese un mañana. Y por no escucharlo te vas. Pero dejaron la puerta abierta y el perro te persigue. Puede que te alcance y te deje maltrecha una de las pocas vidas que te van quedando. Pero a pesar de todo, al día siguiente vas y te vuelves a subir a la misma tapia y te colocas otra vez en ese mismo filo. ¿Por tu espíritu aventurero? no, que va, eso hablaría bien de ti, no seas vanidosa. ¿Porque al otro lado huele bien? un poco sí. Pero a ver si va a ser que el fondo te gusta jugar con el hijo de la vecina al pilla pilla. Mañana le toca a él hacer de gato.

1.7.24

Un buen partido

El tendero ambulante siempre le causaba inquietud. Era vecino de una aldea cercana. Nada más bajar del mulo le clavaba en las tetas su estólida mirada de ogro con hacha a punto de cortarla como si fuera una rama para alimentar un fuego. En su presencia se sentía intimidada y le costaba trabajo respirar. Su madre, sin embargo, le ofrecía agua del búcaro y le daba paso a la cocina para dejar los comestibles. Ella los ordenaba y luego salía en estampida, sin despedirse.
—¿Por qué eres tan seca? No seas maleducada, ya no eres una niña —le dijo la madre aquel día cuando él se marchó.
— Me cae mal, no lo puedo ocultar. No sé por qué insiste, madre.
— Es un buen partido; no hay muchos hombres por aquí como él. No nos faltará de nada.
—Pues si tanto le gusta, hágase usted su novia.
— Yo ya soy vieja, hija, y los hombres ya se sabe. Pero tú deberías pensar...
No la dejó acabar, le dio la espalda y salió de la cocina dando un portazo.
El resto del día un silencio espeso se hizo entre las dos.
Al caer la noche, mientras una rezaba el rosario la otra pedía perdón a Dios por querer abandonar a su madre en aquel último rincón del mundo.