30.11.23

Encuentro

El cuento es el lugar donde tú y yo nos encontramos. Luego, cada uno tiene su novela.

Historia imperfecta

Nunca lo alcanzaría porque él era un astro y ella escribía desde el subsuelo. Pero esa distancia no le daba envidia, sino un deseo irrefrenable de escribir.
De modo que por cada cuento mínimo que él colgaba ella escribía una historia imperfecta con algún hilo invisible que los uniera.
Así fue durante mucho tiempo, sin que él advirtiera su secreto. O, al menos, eso pensaba ella. Hasta que un día él escribió:
“El cuento es el lugar donde tú y yo nos encontramos, luego cada uno tiene su novela”.
A ella, aquel micro, le llegó directo al corazón y quiso seguirle el juego con otro. 
“Eché la sonda al fondo de mi pozo y allí encontré tus palabras”.
Y así fueron encadenando una historia tras otra en una especie de abrazo de dos desconocidos cuya única realidad común era la ficción. 

29.11.23

Posdata:

Escribir es una forma de contarnos. 

28.11.23

Imagen digital



La paloma


Colocó la trampa sobre la tierra con una hormiga como cebo. Tras dos horas de paciente espera una paloma blanca posó sus patas sobre el alambre y en un seco golpe quedó atrapada. Sus alas, rotas; su cuerpo, herido; sus ojos, muertos. Y en el pico, la ramita de olivo tronchada.

27.11.23

Clamor

 — ¡Basta ya! —gritó Dios desde el cielo de Gaza. 

25.11.23

Entre tú y mis ideas

Imagen de Charo Llamas.
Benajarafe (Vélez-Málaga)

Hacía tiempo que no se miraba al espejo. Frente a él no encontraba su alma sino el adefesio en el que se había convertido. Ella, la que siempre fue, ya no estaba.
Su corazón era un frágil avioncito de papel que intentaba planear entre grandes turbulencias, a merced de todos los vientos, sobrevolando todas las dudas y entregando al diablo todas sus certezas.
Así fue hasta que un día escuchó una canción que le abrió los ojos, trazó un plan y, usando su inteligencia como un eficaz matamoscas, propinó, en el momento adecuado, un golpe certero al miedo. 
—Caíste –exclamó triunfante–. Me quedo conmigo.
Aquella noche, el espejo le devolvió el alma. 

20.11.23

Despoblación


En enero murió de frío el guardia forestal y en febrero su mujer murió de tristeza. En marzo una pulmonía se llevó al otro mundo a Remigio, el leñador, que ya era viudo, y en abril encontramos al herrero ahogado en el río. En mayo murió la tendera, nadie supo de qué, y en junio, su marido, de un ataque al corazón. En julio murió, desangrada, Adelita la soltera y en agosto el médico se suicidó sin dejar nada escrito. En septiembre apareció la matrona con un tiro mortal en la cabeza y en octubre nos dejó el cura D. Benito, que Dios lo tenga en su gloria. En noviembre murió el último niño del pueblo y en diciembre la maestra. Ahora tengo miedo porque empieza un nuevo año y solo quedamos tú y yo.

El último viaje


Se murió Bernardo Postigo en verano o en invierno de 1964; no recuerdo bien si yo iba con sandalias o llevaba calcetines. Tenía siete años y mi abuela me llevó al duelo; no me podía dejar sola. Fue la primera vez en mi vida que vi a una persona muerta.
Bernardo tenía los ojos cerrados como todos los muertos que tienen quien les cuide. A mi abuela le pregunté que si estar muerto era como estar dormido y mi abuela me dijo que sí, que dormido para siempre. 
Lo que más me llamó la atención es que Bernardo, que tenía el pelo blanco, la cara blanca y el traje negro, tenía los zapatos puestos. Y muy limpios, como para ir a una boda. Entonces le pregunté a mi abuela que para qué quería Bernardo los zapatos si ya estaría dormido para siempre, a lo que mi abuela me contestó que aún le quedaba por hacer el último viaje.
¿Con los ojos cerrados, abuela? Sí, con los ojos cerrados, me contestó ella ¿Y no tropieza? No, ya no tropieza, tropezar solo tropezamos los vivos, hija.
Unos días después, mis amigos y yo jugábamos a los muertos. Llevaba los ojos vendados y avanzaba a tientas por el porche, buscando el cuerpo de alguno de ellos, mientras declamaba a voz en grito ¡voy al último viaje, voy al último viaje! 
Entre risas, mis amigos me esquivaban, pero el juego nos distrajo y me alejé del espacio seguro. Un instante después oí un grito de mi abuela que ya me avisaba tarde, mientras yo rodaba por un terraplén de cinco metros.
Solo me lastimé un tobillo; ya se sabe que los niños en aquella época éramos de chicle Bazooka o de goma fresca de almendro. Eso sí, mi abuela me recetó reposo o castigo, que aún me ronda la duda, y estuve un día en cama. Cuando ella no estaba en el cuarto, de vez en cuando y sin hacer muchos aspavientos, yo sacaba los pies por debajo de la sábana y me aseguraba de no tener los zapatos puestos. 
Lo he recordado esta mañana cuando me he despertado y lo he vuelto hacer.


18.11.23

A quién dios se lo de...

Yo solo quería que me diera una explicación y él me dijo que lo dejara en paz.

—¿Ahora vos sos la paz? — le espeté con sarcasmo.

Supo entonces que yo lo sabía. Se levantó, hizo la maleta y se fue.
Me aseguré de que su coche desaparecía por el horizonte. Solo entonces entré en la casa, abrí una cerveza y brindé a la salud de la argentina del carajo.

13.11.23

informe sobre la caricia.

La caricia es un lenguaje
si tus caricias me hablan
no quisiera que se callen.
La caricia no es la copia
de otra caricia lejana
es una nueva versión
casi siempre mejorada.
Es la fiesta de la piel
la caricia mientras dura
y cuando se aleja deja
sin amparo a la lujuria.
Las caricias de los sueños
que son prodigio y encanto
adolecen de un defecto
no tiene tacto.
Como aventura y enigma
la caricia empieza antes
de convertirse en caricia.
....
(Mario Benedetti)

12.11.23

Imagen digital




Imagen digital


Imagen digital de Ulla Ramírez

El duende de la Piedra Gorda (cuento infantil)



Tenía yo seis años cuando mi abuela empezó a pelear, en voz alta, con un duende que le cambiaba las cosas de sitio. El duende le escondía las gafas, el libro, los zapatos, las medias y el peine. «Como te pille te vas a enterar», la oía decir un poco enfadada.
A mi no me gustaba ver a mi abuela enfadada por culpa de aquel duende y me escondía detrás de la puerta, de las cortinas o de la cómoda de los tres espejos para ver si lo pillaba por sorpresa.
Me lo imaginaba azul, del tamaño de un pepino, con dientes de Ratoncito Pérez, nariz de Pinocho y orejas de gato. Pero no conseguía verlo.
Una noche, dejé en la cocina un platito con frutos secos y trocitos de galletas y le escribí un mensaje: 
 "Quiero ser tu amiga y jugar contigo, pero te pido por favor que no le escondas más las cosas a mi abuelita", le decía. 
Y me escondí, esperando que llegara. Por algún sitio tenía que entrar. 
Al poco rato, apareció. Era tal como yo lo había imaginado: pequeñín, azul, con una nariz muy larga y orejitas de gato, aunque llevaba un sombrero picudo con tres bolitas de colores en la punta; muy gracioso. Le vi bajar por el hueco de la chimenea y descolgarse por una cuerda muy fina hasta la tabla de la cocina donde estaban los frutos secos y las galletas que yo le había dejado. Se comió algunas almendras, nueces y avellanas y lo demás lo guardó en un pequeño saquito rojo que traía colgado en la espalda. 
Luego, leyó mi mensaje y empezó a bailar y dar saltos por toda la cocina. Parecía muy contento. Sacó un pequeño trozo de carbón de su saquito y escribió algo encima de la tabla de la cocina. Después, se quedó dormido allí mismo. 
No quise acercarme a leer su mensaje porque lo hubiera despertado. Y me fui muy despacito, muy despacito, sin hacer ruido, a mi cama. Era muy tarde y mi abuela, que me estaba esperando, se acercó a mí, me dio un beso y me leyó un cuento. Me quedé dormida.
Por la mañana, me levanté muy temprano para leer el mensaje del duende. 
Me decía que esconder las cosas de la abuela era para él como un juego, porque los duendes son
muy traviesos, pero que ya no lo haría más porque quería ser mi amigo. Y me proponía un juego nuevo.
"Tienes que buscar mi casa y cuando la encuentres te presentaré a mis amigos", me decía. 
Busqué y busqué y busqué hasta que al fin la encontré. La casa del duende era una cueva muy pequeña dentro de una piedra muy grande. En la puerta de la cueva había un cartel que decía: "Aquí vive el duende de la Piedra Gorda". 
Fue así como me hice amiga del duende y de sus amigos: la libélula, la hormiga, el saltamontes y el escarabajo.
A partir de aquel día, al llegar la tarde nos juntábamos todos en la puerta de aquella cueva para contarnos cuentos de niños, animales y duendes.

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* Escrito para leer a los niños en la actividad lúdica organizada por el colegio público de mis nietos, a la que se refiere la imagen del cartel arriba expuesto, editado por el colegio.

* * Este cuento parte de los primeros párrafo de otro cuento para adultos, que está incluido en este blog y que se llama "Maldito duende".





10.11.23

Mirada

El espejo no le contaba ya nada nuevo; necesitaba otros ojos donde mirarse.

31.10.23

La fortuna


Aquella noche de invierno, una planta que me triplicaba la estatura con una flor gigante y negra como el carbón, rompió con furia y gran estrépito los cristales de mi ventana y se coló en mi salón. Sí señores, la planta me asaltó y me quería comer.  Lo juro como que me llamo Pierre. No sufro de alucinaciones, ni estoy loco, aunque los envidiosos de mi actual fortuna lo murmuren por ahí. 
Tras un forcejeo que duró lo justo para no perder el aliento, logré escapar de los largos y retorcidos brazos de la invasora, no se si por mi propia pericia o por decisión de aquella flor, que me lamía el cuerpo y el rostro con sus pegajosos petalos negros. Quién sabe si ella intuía ya cuál sería su futuro si me dejaba con vida. 
Había oído contar yo que, en el pasado, la flora de este lugar gozaba de una frondosidad fuera de lo común, debido al abono extraordinario que este terreno había almacenado a lo largo de los siglos. La savia de los muertos, le llamaban. Y es que parte de este pueblo, como bien es sabido, se asienta sobre un viejo cementerio medieval. La gente contaba que con el paso del tiempo las plantas se marchitaron y murieron. Y fin de la historia, al menos para mí. 
Pero no señores. La mía, mi planta, resucitó de pronto aquella noche al olor de mi carne y de mis huesos frescos. Pero le gané la batalla –o ella me dejó ganarla– y miren lo hermosa que la tengo ahora. El laberinto de sus ramas ocupa todo el jardín y escala por las paredes hasta el tejado de mi hotel, este hotel en el que convertí mi casa.
Ciento cincuenta euros por muerto y día ¿qué les parece? Ahora hay que esperar hasta una semana para enterrarlos. Hay cola, sí señores. Aunque, a veces, la gente olvida a sus muertos y mi planta lo agradece. 
Ya les digo, ciento cincuenta la habitación refrigerada, incluida una flor negra.
La historia es gratis. 

28.10.23

Imagen digital




15.10.23

Inocencia

Aprendió los números contando estrellas y se enamoró del cielo. Era en las noches de verano cuando aquellos astros encerraban el mayor misterio ¿Cómo podía ser que estando tan lejos, su sonido le llegara tan claro? 

Hubiera inventado una escalera infinita de cristal o subido en alguno de aquellos monopatines de madera que usaban los niños de Benajarafe para rodar sin juicio cuesta abajo, haciéndose los valientes. Pero a pesar de su corta edad, intuía que aquel inmenso espacio había que recorrerlo de otro modo.

Probó la telepatía, de la que le habló su hermano mayor. "Sincronízate", le dijo él, aquella noche de la lluvia de estrellas, y ella se subió al poyete y se concentró en el cricri, repitiendo aquel sonido en voz alta mientras él se reía. 

Al final de aquel verano, alguien le contó la verdad: aquella misteriosa onomatopeya no era el sonido de las estrellas, sino el canto de los grillos.

Lloró lágrimas tan espesas como la grasa que escurría su abuela en la cocina después de cada matanza. Hubiera querido tener entonces un borrador de verdades.

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* Primer relato escrito para participar  en el Club de lectura y Teatro de la Viñuela (Málaga). 



13.10.23

Fragmento del Paraíso: la barquita

Una barquita de hoja de caña no es una barca cualquiera, no merece navegar en cualquier agua. Ha de ser un agua limpia, sin remolinos,  apacible, pero que no se estanque. Un agua que sortee las piedras que encuentre en el camino y que no se detenga. 
El mejor lugar para ver navegar a una barquita de hoja de caña es la reguera que va desde una alberca a los surcos de un huerto.  Pero como ya casi no quedan regueras, recomiendo un arroyo de agua cristalina. Espero que aún quede alguno.
También seria imprescindible merendar pan con chocolate mientras ves avanzar la barquita de hoja de caña. Pero sobre todo, hay que estar preparada por si ocurre alguna desgracia y la barca zozobra. En estos caso recomiendo templanza pero prontitud en la maniobra; no importa que las manos estén manchadas de chocolate ni que en ese momento no se tengan calzadas las botas de agua. Hay que mojarse.


Onomatopeyas

Mucho antes de que existiera el aullido del lobo, existió la onomatopeya del viento.

9.10.23

Astromelias

Un ramillete de astromelias adornaba la cama de aquella habitación decorada en tonos neutros. La puerta se cerró tras nuestros pasos. El espacio se hizo pequeño. Íntimo. 
Él dijo lo que había guardado durante diez años para mí: palabras de amor. Yo, sin embargo, no logré articular ninguna. Preferí la magia, un poco de brujería. El encantamiento.
El beso no se hizo esperar. Me abrazaba como un koala a su tronco. Me abandoné. Tembló la tierra bajo mis faldas. 
Al día siguiente, nos contamos todas las historias pendientes y pedimos nuestro helado favorito: turrón con coscurros de almendra.
Murió la princesa Diana aquel día en un demarraje fatal. Llegué dos jornadas tarde a la noticia. También murió mi gata; la enterraron bajo un vulgar matojo y no pude reprochar nada.
Fue imposible evitar otros encuentros, pero el amor era furtivo; al engaño siguió la culpa y diciembre trajo el frío de la despedida. 
¿Hasta cuándo? preguntó.
Hasta el infinito, le dije.
Y aquí estoy, fiel a la cita, con un ramillete de astromelias frente a su tumba. Diez años más tarde.
Hay amores eviternos.
Espérame.



8.10.23

Abandonamos

Los océanos se han convertido en ciénagas cubiertas de una espesa capa de plástico. Han muerto las Sirenitas.
Los ríos ya no desembocan en el mar y apenas quedan charcas para tanto príncipe convertido en rana. Las guerras son guerras del agua. Han ardido los bosques donde vivían las brujas y los enanitos y se han extinguido los lobos feroces y las selvas donde bailaban los osos como Baloo.
El sol ha quemado las alas de las últimas cigüeñas. Caperucita y Cenicienta volaron por encima del precipicio hacia el cielo, en su moto eléctrica, esperando llegar a un mundo mejor. Y los niños lloran porque ya nadie quiere contar cuentos sin vida. 
El desierto ha invadido la Tierra y vamos camino de otro mundo. No se si conseguiremos llegar a alguno donde seamos capaces de apaciguar al dragón que llevamos dentro. Ojalá las hadas nos acompañen y vuelvan a nosotros las musas de la Creación. 

1.10.23

El marino. Un relato inspirado en hechos reales

Con la pleamar de la marea y arreciando a Barlovento, al mando de las máquinas del Orión, Enrique Robles Postigo –cincuenta y tres años– no se arrugó aquel siete de julio de 1902 cuando el Capitán le ordenó volver al puerto de Almería, del que acababa de salir rumbo a Málaga, donde la carga del Mayfield era pasto de las llamas. La maniobra de acercamiento fue complicada, pero Enrique era un maquinista experto, curtido en la guerra de Cuba y condecorado por aquel episodio del diez de junio de 1898, del que se hablaría en los libros de Historia. Cuando consiguió la mejor posición del Orión, de inmediato alumbraron al Mayfield y colocaron la bomba para anegar la estancia donde ardían más de ochocientas toneladas de esparto. Pero a las cuatro de la madrugada, el fuego aún seguía vivo y Enrique no quiso turnarse con sus ayudantes. Permaneció toda la noche en su puesto, vigilante del viento y de las llamas, preocupado por los hombres que no escatimaban esfuerzos. A las seis de la mañana, una fuerte tormenta, que descargó granizo de tamaño nunca visto, ayudó a sofocar el fuego. Fue un alivio. Horas mas tarde, el Orión reanudó su viaje hacia el puerto de Málaga. 

Dos días después, desde la playa de Benajarafe algún pescador divisaría la figura de Enrique en la atalaya de Torre Moya renovando su idilio con el cielo y la tierra que le vieron nacer. Allí tomaba aliento y recordaba aquella conversación que muchos años atrás tuvo con su padre, Antonio Robles Gutiérrez, el viejo torrero.

—Toda esta tierra abandonada por el mar, hijo mío, algún día será tuya.

-—No es la tierra lo que deseo, padre, sino la libertad del mar. La brava caricia de sus olas. Quiero ser marino.

______________

* Inspirado en hechos reales. Enrique era hermano de mi tatarabuelo José y de mi tatarabuela María. Tambien de Manuel Robles Postigo, cura de Benajarafe, capellán de la marina y maestro de latin y los clásicos del poeta Salvador Rueda, cuando este era adolescente. 

Imagen digital **




8.9.23

imagen digital


 

6.9.23

¿Qué es un mito?

Algo lejano e inalcanzable que en un tiempo remoto gobernó nuestras vidas, cuya pérdida nos arrancó las alas del sueño.

Un mito es el Paraíso.

Un mito es el Amor.

Un mito es cualquier dios.

Un mito es un grito de la humanidad que pide auxilio al Universo.


Escrito 1999

Introducción trabajo

 " El Mito perdido" 

14.2.23

Presagio

Ni yo misma  me entiendo cuándo te pienso. Por eso procuro no pensarte. Pero el agua ha caído hoy como en aquellos días en los que tu y yo veíamos caer la lluvia con la nariz pegada a los cristales. El vaho de nuestro aliento terminaba por empañarlos. Un presagio. 

Un dolor agudo me atraviesa el recuerdo. Mejor que no llueva. 

17.1.23

Todavía

Los tres teníamos veinte años.

Una ventolera de levante le calentó la cabeza con chismes de comadres, confundió los celos con el amor, la cogió del brazo de mala manera y la empujó al mar. La ola la arrastró. 

La encontraron muerta y él se suicidó.

No sé qué hago yo aquí todavía, parado frente a la playa.


4.1.23

Miradas

 — ¡Guau!  gracias por mirarme con esos ojos —le dijo moviendo la cola.


26.11.22

Nada

Nadie sabe casi nada sobre nadie. Somos la punta de un iceberg y bajo la línea de flotación los secretos congelados impiden que el mar arrase con todo. Pero parece conveniente conservar la temperatura ambiente para evitar mayores desastres. Seguimos navegando.