—Abuela ¿mamá trabaja en el cielo tanto como tú?
—No, hija mia, el cielo tiene esa ventaja, que ya no hay que doblar tanto el lomo.
Y seguían cenando en silencio a la luz del quinqué.
La pastilla para evitar la ansiedad le tenía anulada la memoria de lo soñado. Pero aquella noche el sueño debió ser más intenso porque al despertar recordó el suave tacto de unas manos en las suyas. Era tan real que quiso darle un abrazo, pero su cuerpo se desvaneció. Durante todo el día le vino la sonrisa y el llanto a partes iguales porque estaba segura de que había soñado con el último amor de su vida.
En el baile suelto cada uno llevaba su ritmo, hasta que en el momento oportuno cambiaba la música y se bailaba agarrado. La música no se cambiaba sola.
Le mantuvo la mirada tres segundos y sus ojos la extraviaron. Perdió la cabeza, cayeron los brazos, se descoyuntaron sus piernas. Se desarmó. Dudó de su propia existencia. Quizás fuera inventada.
¿Jugaremos este invierno a conjugar verbos de afecto? ¿a escribir cuentos con palabras inventadas? ¿a inventar personajes traviesos debajo de la cama? ¿a robarle a la noche minutos? ¿Qué te apuestas a que te gano?.
Mi gata no sabe que siento cuando la miro. La misma incertidumbre tengo yo cuando me miras tú.
Apenas sabemos que el mundo no es como creíamos, decidimos utilizar la imaginación para poder soportarlo, siendo plenamente conscientes de la doble vida, entre lo real y el sueño, que llevaremos hasta el final de nuestros días. A veces nos confundimos.
— Pero tú, ¿en qué piensas?
— Pienso en la Nada.
— ¡Pero si la Nada no existe!
— Eso es lo que tu crees, pero yo he vivido en ella.
Cuando llega la noche y el sueño no viene, yo me canto una canción. Suya es la letra y mía la música.
Cuando era niño, tenía la manía de diseccionar los juguetes para ver lo que había dentro. Abrí en canal el tren de hojalata que me regaló mi abuelo y me quedé sin él, desarmé el coche eléctrico que me regaló mi padre y lo perdí para siempre. Luego, comprendí que si quería escuchar música no podía romper aquella caja mágica a la que llamaban radio. Ahora tengo un amor.
Disfrutaba la niña con las pompas de jabón; las irisaciones que producía la luz del sol en su redondez imperfecta le fascinaban. Pero pensaba que eran solo un mágico envoltorio de algún prodigio extraordinario que sucedería en algún momento ante sus ojos. Cuando explotaban se entristecía, pero enseguida hacía otra y sus ojos volvían a iluminarse. Así era la ilusión más pura.
Con el tiempo, supo la niña que todas las pompas de jabón acaban explotando y que ninguna tiene nada dentro. Fue entonces cuando se enamoró de los colores que las adornan mientras permanecen suspendidas en el aire.
Puse una gata de tres colores en mi vida; mi abuela decía que daban buena suerte. No conté con aquel maldito felino que vino a rondarla y se comió mis sardinas. Era lo único que tenía para comer aquel día de calor infernal. Tuve que bajar al bar y en la esquina tropecé, literalmente, con un vecino. Nos disculpamos mutuamente y me invitó a una cerveza, nos conocimos y me enamoré. No fue el destino, fue el azar disfrazado de unos bonitos ojos verdes y una sonrisa amplia llena de dientes muy blancos. También se comió todo el pescado y solo me dejó las espinas.
Cuando empiezo una historia ya no pienso cómo acabará porque el final nunca fue como yo lo imaginé.