La culpa


Se recuerda escondido detrás de aquellos arbustos, ovillado sobre sí mismo como su madre lo tuviera en el vientre, mordiéndose los labios, sangrándole la boca, orinándose en los calzones como un chiquillo cobarde, llorando por dentro, maldiciendo su vida y aquella guerra, paralizado y muerto de miedo como lo está ahora, veinte años después de aquel fatal minuto en el que el capitán Santiago ordenó apunten, disparen y fuego y su padre, con la cabeza alta y el puño levantado, recibiera en el centro del corazón la bala que lo mató y cayera desplomado al suelo junto a la tapia del cementerio sin que él moviera un músculo para impedirlo, sin gritar basta ya bastardos que es mi  padre, que esto es un  error, que él no ha matado a nadie... pero nada, no dijo nada. Por eso ahora se mantiene firme, de frente, con la cabeza alta y el puño izquierdo levantado, al igual que hiciera su padre en el momento de su muerte, y sin pedir perdón a Dios ni a nadie por su venganza, con la mano derecha se coloca la pistola en la sien, apunta, dispara y fuego.

2 comentarios:

Enrique Senez dijo...

Es genial ver como la escritura y lectura están retomando el resplandor que merecen, y que estaba acabando en los materiales de política, asesinatos y erotismo, hace poco fui a un festival del libro y vi a cientos de personas dialogando, leyendo y disfrutando de la lectura.

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joan21 dijo...

muy buena tu entrada y es cierto lo que dice el compañero, siempre hay que mantener una actitud de lectura.

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