En ese instante en que el sueño linda con el despertar, vi cigüeñas que surcaban el cielo como locas, que chocaban contra espadañas y cables de alta tensión y caían al suelo gravemente heridas o electrocutadas. Hice cábalas, junté y separé palabras, pensé en los colores de mi pensamiento –El blanco de las cigueñas, el negro de la muerte–. Intenté descifrar que podía significar aquello. No encontré explicación y desconecté de la angustia que semejantes visión me había provocado con un café un poco más cargado de lo habitual.
Tres meses después, me acordé de aquella visión.
Sonó el despertador a las ocho, como siempre, pero a Iñaki Gabilondo le temblaba la voz y en su discurso apresurado destacaban algunas palabras por encima de otras: trenes, Atocha, bombas, atentados. Me incorporé, salté de la cama. Seguía el locutor narrando una atrocidad. En mi cabeza se instaló un eco y muchas preguntas: muertos, muertos, muertos, muertos, ¿cuántos? ¿cómo? ¿por qué? ¿quién?. Llamé a mi hijo, necesitaba escuchar su voz.
Algunos días después, el recuento oficial dio ciento noventa fallecidos —asesinados— aunque el número final fue de ciento noventa y uno, porque el diez de mayo, en la plenitud de aquella negra primavera, a las cuarenta y ocho horas de nacer, murió un niño debido a las heridas sufridas por su madre en el atentado.
Quise saber sus nombres. Todos los nombres.
(escrito dos años después).
Publicado el 11.3.24
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