Recuerdo el molinillo manual de café de mi abuela. Era azul. Ella no molía café; molía malta, granos de malta. Malta tostada.
Con sus manos envejecidas, manchadas de vida, arrugadas, de dedos largos y finos, daba vueltas a la manivela. Y la malta molida caía en el cajoncito del molinillo, donde reposaba unos minutos antes de convertirse en infusión. Para ella.
A continuación, mi abuela se giraba para verter el cacao en polvo en un vaso de leche condensada diluida en agua. Para mí.
El olor del cacao anulaba todos los demás olores de la cocina. A veces, el momento estaba amenizado por la radio. Era justo la hora del anuncio del Cola Cao.
Un día pregunté a mi abuela dónde vivía el negrito del África tropical. Mi abuela me llevó al porche y me dijo:
—¿Ves el mar? Pues después de cruzar el mar, pero más lejos.
—¿Y podemos ir a verle, abuela? —insistí.
—Está muy lejos, hija. Es mejor que él venga.
Me soltó la mano y volvió a la cocina.
Yo me quedé mirando el mar.
Igual que hoy.
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