3.3.11

Diálogo de civilizaciones


«El arte de la conversación» (1964), de René Magritte.

***

—Tengo miedo —dijo el vivo—vosotros estáis muertos, pero sois más.
—Tengo miedo —respondió el muerto—, porque llegará un día en que ya no cabremos en este mundo y también aquí nos mataremos los unos a los otros.
—¿Y, entonces, a dónde iremos todos?— le preguntó el vivo.
—Nos iremos a la nada, a empezar de cero —contestó el muerto mientras suspiraba con aires de resignación.

Limón


3.2.11

Escaldada

Una cabra soñó con ser oveja y se fue a una peletería. Le vendieron la piel del osa antes de cazarla. Salió escaldada. Dibujo encontrado en un artículo de la Sociedad Chilena de Anatomía sobre la producción de Quimeras.

2.2.11

El mago de la calle Goles


Usted no me creerá porque me ve como me ve, no solo viejo, sino vencido y derrotado, que es la peor vejez que puede existir, pero yo le juro que, durante los años ochenta, fui el mejor mago de España. Sí, aquí donde me ve, que no tengo hoy donde caerme muerto. Puede venir conmigo a la habitación donde vivo, aquí, a la vuelta de la esquina, en la calle Goles, porque ya no tengo ni casa, que la mía me la embargó el banco; así se porta este país con los viejos y fracasados como yo.

Échese un trago amigo, que hoy invito yo. 

Como le iba diciendo,  yo era un buen mago.  Trabajé en el Circo Mundial, en el Gran Circo Ruso, en el Teatro de la Magia. Guardo todos los recortes de periódicos de aquella época, las fotos y todos los reportajes donde se alababa mi destreza. Pero de la noche a la mañana dejaron de contratarme. Mis números se estaban quedando anticuados; eso fue lo que me dijeron. Aunque creo que la razón fue otra: los niños ya no se sorprendían cuando veían a un conejo salir de la chistera, a una paloma aparecer entre un pañuelo o a la pobre Verónica escapar indemne de los siete cuchillos que atravesaba el cajón. Pobre muchacha; está peor que yo: muerta y enterrada; tuvo un accidente ¿sabe usted? Aunque tal vez sea mejor morir a tiempo, que sufrir esta humillación.

Pero tome usted algo, hombre de Dios. Un vino que le caliente el estómago.

Lo que pasó, en realidad, no es que mis trucos estuvieran pasados de moda o que yo hubiera perdido facultades, es que los niños dejaron de creer en la magia. Me lo dejó claro un chavea el último día de trabajo; esas cosas no se olvidan. Tendría unos diez años y se colaba todos los días en el anfiteatro del circo; se sentaba siempre en la primera fila, para ver las fieras de cerca, decía. ¡Jodio chaval!

Aquel día, al termino del espectáculo, me acerqué al él y le pregunté por qué no se inmutaba con el número de la paloma, ni con el del conejo. Se me encogió de hombros ¿sabe usted? y me contó que tenía una máquina en su casa más divertida que yo. ¡Una máquina! ¿puede usted creerlo? «Una videoconsola», me dijo. Ese fue el principio del fin; la ruina de los magos, de los ilusionistas, de los payasos y de los Juegos reunidos Geyper. Sí, sí, no se ría. También la ruina de la conversación. El mundo avanza, dicen.

¿Quiere otro vasito de vino? Ha dejado de llover, pero es temprano. ¿Camarero!

Y perdone mi atrevimiento; a lo mejor le canso con mis cosas. Es que me pongo hablar y no paro, será por el poco tiempo que hablo con alguien. Vivo solo, ¿sabe usted? Hay que aprovechar estos ratos, que mañana no se sabe. A lo mejor nos cae un satélite encima o un misil que se le escape a los rusos o a los americanos o vaya usted a saber de donde viene. El enemigo está en cualquier parte. Este mundo ya no es nuestro, si es que alguna vez lo fue.

Camarero, unas aceitunitas para el amigo.


28.1.11

La doble fortuna...

... del que cayó a un pozo y fué rescatado a tiempo y a medida que iba subiendo la distancia que separaba el brocal del fondo, fue viendo como se iban ahogando en él ratas y culebras que no tenían donde agarrarse ni quien las salvara, de modo que se sintió afortunado de ser persona humana y no animal.

18.1.11

greguerías


El sueño de las letras es formar una palabra con todo el abecedario. 

Una novela es el sueño de un libro en blanco.

Ya no caben más suspiros en el aire, hay demasiado huracanes. 

El amor cuando se olvida... se va... ¡a paseo!.

Mensaje en una botella para un alcohólico: prohibido abrir la botella.

El sol estaba celoso de aquel toro enamorao de la luna. 

Se comió la sopa de letras y se quedó sin palabras.

Quien no llora, no mama y quien no mama llora de hambre.

La paloma de la paz se ha vuelto loca: sufre desdoblamiento de personalidad.

En el principio, las palabras congeniaron con las piedras y se inventó la escritura.

La infancia es la magia del tiempo; la vejez, el descubrimiento del truco.

El pingüino se vistió para bailar un vals, pero no tiene dotes.

El camaleón es feo, pero tiene mucho estilo y se cambia de traje según la ocasión.

El niño quiere ser piloto porque su abuelo está en el cielo.

El caracol va despacio porque no necesita llegar a casa.

Una cabra sueña con ser oveja y se va a una peletería.

La leche y el café se reunieron a la hora del desayuno. Hubo flechazo y quedaron para merendar. De la cena nada se sabe.

El sentido de la vida es no estar muerto. Los fantasmas no tienen sentido del ridículo que hacen.

En la última página, el libro puso fin y se quedó sin palabras.

La gallina fue antes que su huevo, aunque los primeros huevos fueron anteriores a las gallinas. (Mi nieto: 6 años. Experto en dinosaurios. Añadida en 2024).

11.1.11

Un día de invierno inusualmente luminoso

El sol va calentando, de nuevo, la tierra; los pájaros recobran su natural jolgorio mañanero; los caracoles suben por los hinojares; los almendros escurren gotita a gotita el agua que les sobra, luciendo de nuevo todo su blanco esplendor. Y la tierra va desprendiendo, poco a poco, un olorcillo agradable, dulce y placentero, un olor que te reconcilia con el mundo: el olor a tierra mojada de los días de inviernos inusualmente luminosos.

12.11.10

El espantapájaros

Una de las aficiones favoritas de los niños, era tirar piedras contra los espantapájaros que colocaba, en los huertos, Antonio el medianero. Sobre todo, contra aquel que había en el llano grande, junto al pozo de Barranqueros.
Tras su apariencia desaliñada había, sin duda, un monstruo escondido: un ser malévolo que odiaba a los inocentes pajarillos. Su enmascaramiento solo tenía un objetivo: ser mientras más feo mejor para infundir miedo a los gorriones. Y por eso tentábamos su paciencia, para ver si así, algún día, cansado ya de aguantarnos, salía a correr detrás de nosotros y podíamos, por fin, reírnos de él y vengarnos. Porque, cojitranco —con una pierna de palo más larga que la otra—  y tuerto  —solo tenía un ojo de culo de botella—  era difícil que nos cogiera. «Para espantapájaros vales, pero para coger niños, mejor el Tío Mantequero», le decíamos entre burlas y risas. 

Nunca olvidaré aquel día de octubre ya, en el que a la caída de la tarde, de una tarde que era casi noche, y empezando a lloviznar, mi abuela cayó en la cuenta de que se le había olvidado ir a recoger el pan a la casilla del pozo, junto al llano, a unos doscientos metros de la casa, cerro abajo, donde el panadero lo dejaba todas las mañanas. Considerándome ya mayor —unos siete años, si no recuerdo mal—, me ofrecí para bajar a recogerlo y ella me dio permiso.
Me puse el impermeable, me armé de valor y bajé la cuesta con mis Katiuscas y mi paraguas en ristre. Todo fue bien hasta que llegué a la casilla. Allí, en un pispas, el ruido seco de un trueno dejó mi garganta sin grito, una sombra inesperada se colocó a mis pies y la luz de un relámpago verde cegó mis ojos. Mi cuerpo tembló todo entero, el espantapájaros alargó su brazo, que estiró como un chicle y colocó su peluda mano de tomiza de esparto sobre mis hombros.
Quise ser pájaro entonces, pero mis alas no existían y mis pies quedaron paralizados. Le supliqué: «¡No me mates, no me mates, ahora no, déjame vivir, cógeme cuando sea mayor!», creyendo yo, supongo, en mi infinita inocencia, que para entonces tendría armas suficientes para escapar.
En pocos segundos, el cielo descargó sobre mí un chaparrón fuerte que me espabiló el sentido y devolvió a su sitio al terrorífico muñeco de sacos rotos y sombrero de paja. Cogí el pan que estaba protegido con un plástico y salí corriendo, caminito arriba, que me las pelaba.
Llegué a la casa empapada: en ningún momento había caído en la cuenta de que llevaba un paraguas en la mano y que podría haberle atizado al espantapájaros con él, pero el miedo me atenazó. 
Aquella noche, tuve una pesadilla: un relámpago verde bajaba de la loma de Cañeo, iluminando las viñas, el río, el pozo y los bancales. Unas primillas negras sobrevolaban el cielo, teñido de violeta. Todas bajaban que parecían aviones en picado y me perseguían por las lomas y los cerros. Yo corría sin parar y mientras más corría más se reía de mí el espantapájaros. Llegué a pedirle perdón por mis piedras y por todas las piedras de todos los niños de Benajarafe y desperté en los brazos de mi abuela, empapada, esta vez, de lágrimas y no de lluvia.

16.6.10

La caracola


En un rincón a la izquierda, tras la puerta de madera pintada de verde, sobre un blanco y almidonado tapete de croché extendido sobre una pequeña mesa oval, está la caracola; como una radio sin botón a la que sólo hay que pegar la oreja para oír la única melodía posible: el mar. Es de suaves colores marrones, rosas y anacardos, y se riza sobre sí misma como las olas que la han arrastrado desde la profundidades del mar hasta la playa. Los chiquillos porfían para tenerla como se porfía por obtener un premio. Hay quien dice que no oye nada. La niña se acerca al tropel, altiva, mandamás de la cuadrilla, la coge, más bien la roba de las manos del chiquillo labrador. Y acercándosela al oído, cierra los ojos para escuchar intensamente aquella música lenta y acompasada como las mecidas de una cuna que le trae a la boca un fuerte sabor a sal y a la memoria recuerdos del último verano. Y en un suspiro suelta la queja: qué pena, es el eco del mar que está prisionero.

 Escrito en julio de 1983

20.5.10

EL ILUSIONISTA

Érase una vez un mago vestido de gris. Gris era su traje, gris su camisa, su corbata era gris y hasta su maletín tenía grandes letras grises anunciando su profesión:


Un día, en la plaza pública del pueblo, el ilusionista gris dio una función y a ella acudieron los más grandes aficionados a la magia: los niños.
La función estaba resultando magnífica, todos aplaudían y lanzaban al aire alegres gritos de admiración. Pero el ilusionista quedó impresionado por los ojos de un niño que lo miró todo el tiempo fijamente sin tan siquiera esbozar una sonrisa. Al terminar el espectáculo el ilusionista se acercó a él y le preguntó: ¿por qué estás tan triste, no te gustó mi magia? Y el niño le contestó: "no sé, siempre soñé que la magia era de colores”.
Al día siguiente volvió el ilusionista a representar su función vestido de rojo y buscó entre el público al niño de la mirada triste. No lo encontró. Al día siguiente su traje fue azul, pero el niño no estaba. Y vistió el ilusionista todos los colores del arco iris, uno por uno, día tras día, con la esperanza de encontrar al niño sentado frente al escenario y arrancar de sus labios una sonrisa. Pero el niño no volvió.
Pasaron las semanas, los meses y los años, y un buen día apareció en la plaza del pueblo un bonito cartel con letras rojas, azules y amarillas anunciando un gran espectáculo de magia:

LA ILUSIÓN AL ALCANCE DE TU MANO.


La plaza se llenó esta vez también de niños y el ya viejo ilusionista apareció encima del escenario vestido con un deslumbrante y maravilloso traje de colores. De pronto, quedaron sus ojos clavados en la fila numero ocho y sintió un estremecimiento.  Allí estaba,  con la misma mirada perdida y triste de aquel niño decepcionado que ya era todo un hombre. Su gesto lo decia todo.

 “¡Oh...pero... si me vestí de colores por tí!”,  le dijo el ilusionista cuando acabó la función.

El hombre triste se encogió de hombros y le  contestó al mago con una forzada sonrisa en los labios: “Si, pero ya no creo en la magia”, se dió la media vuelta y se alejó lentamente de la plaza.

Aún pudo escuchar a lo lejos el grito esperanzado del ilusionista: "¿entonces por qué volviste?”.

13.5.10

La sonrisa eterna


A los pies de la cama, el fotógrafo le pidió un último esfuerzo:
—Vamos, doña Paquita, sonría al pajarito, sus familiares se lo agradecerán.
Ella pensó en su hijo, enrolado en el frente republicano, deseó con todas sus fuerzas que algún día viera aquella fotografía y le dedicó una cariñosa sonrisa maternal en el momento del disparo.
Al día siguiente, doña Paquita murió antes de que llegara la mala noticia.
Hoy, ochenta y siete años después, doña Paquita nos sonrie desde la pared.


30.3.09

Entrevista a Paco Ramírez, un niño huerfano de la guerra Civil

Esta entrada no es un latido extra, son dos, o se podría decir que muchos, una taquicardia de sentimientos desde mis raices hasta mi rama, mi única rama. Para que más palabras, que hablen Ellos (enlace)

https://m.soundcloud.com/juanlusanchezsonido/paco-78-pentium-75