Tenemos la mentira piadosa, la media verdad, la verdad a medias. Tenemos incluso la verdad que duele; para hacer daño. Pero no tenemos, que yo sepa, un nombre para otra posibilidad: la verdad piadosa.
Quizá haya llegado el momento de inventarla. O quizás alguien ya la inventó sin saberlo. O sabiéndolo, sin ponerle nombre. Pero que yo sepa, no se predica ni se prodiga.
La media verdad beneficia al que la cuenta; la verdad piadosa cuida al que la recibe. No consiste en deformar la realidad ni en ocultarla para proteger nuestros intereses, sino en preguntarnos qué hacer con la verdad cuando la tenemos delante de otra persona.
Porque no toda verdad necesita ser arrojada como una piedra. Algunas pueden abrir una puerta; otras, abrir una herida. Y hay silencios que, pretendiendo cerrar esa herida, dejan al otro viviendo durante años con la pregunta.
A veces, quedarse con una pregunta sin respuesta durante toda la vida duele más que haber recibido una respuesta dolorosa en su momento.
Por eso la verdad piadosa no sería necesariamente una verdad amable. Puede doler. Lo que intenta es evitar el daño innecesario.
Su frontera tampoco es sencilla: callar para proteger al otro puede ser cuidado, pero también puede convertirse en paternalismo o engaño.
Quizá la pregunta que la distingue de la media verdad sea esta:
¿Callo para protegerme yo o para cuidar al otro?
Y quizá ahí empiece a existir la verdad piadosa.
Y quizá ahí empiece a existir la verdad piadosa.
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