30.10.24

Dilema

Dicen que la imaginación es libre.

Y más libre mientras más sola. Y más sola mientras más libre. 

23.10.24

Ciencia ficción



Mi primer corazón inteligente y artificial



22.10.24

Desmemoria afectiva

Lo olvidó todo como si fuera nada; menos su nombre. La llamaba con insistencia y a veces me confundía con ella.

— No soy mamá, papá, soy tu hija —le decía yo. 

— ¡Que va! estas equivocada, tú no eres mi hija —me dijo—. Dame un beso.

Le di un beso en la mejilla y le ofrecí la mía, pero él se giró y acercó sus labios a los míos. Le dejé. 

Aquella noche mi padre durmió feliz y de un tirón. Las enfermeras estaban extrañadas.

18.10.24

abandono

El cuento tenía final abierto y por allí se marchó sin reparar en todo lo que quedaría sin escribir.

14.10.24

Greguería

  De alguna manera las nubes maquillan la tristeza, pero al rato llueve y ya da igual llorar.

13.10.24

A-m-o-r

Pensó que nunca volvería a pronunciarla. Había pasado mucho tiempo y recién terminado el invierno se apuntó a un curso acelerado online para reaprenderla. En primavera la deletreaba alegre por cada rincón de la casa y hasta llegó a ponerle música de fondo. Le gustaba tanto lo que sentía que se le despertó el deseo de apuntarse a una clase presencial. No la admitieron: era una jugadora con suerte.

8.10.24

Greguería

Siempre hay una hoja en blanco llena de silencio.

6.10.24

Consentimiento

Habitaba en una casa deshabitada de amor y poblada de recuerdos. Quería borrar la memoria del dolor y se enamoró queriendo de un sintiente de un planeta lejano que sin premeditación ni alevosía le suministraba diariamente un delicioso menú de palabras olvidadas y emociones que creía muertas. No esperaba llegar a tan viva resurrección, el asunto se le voló de las manos con el total consentimiento de su corazón. Entre tanto, los recuerdos cogieron sus mochilas y fueron bajando la escalera camino de la puerta de salida sin apenas necesitar ningún empujón. Y por las paredes de la casa, por todas las habitaciones, desde el techo hasta el suelo, empezaron a brotar canciones olvidadas, poemas de amor, frases hermosas, el color y brillo de los ojos de aquel ser extraño, el sueño pintado de un abrazo, el deseo servido en un plato de polvo de estrellas bien cocinado; todo acompañado de partituras en el aire que inducían al éxtasis.

¡Qué misterio! Todo producto de su imaginación, como diría al final el mago.


Publicado por primera vez el 6.10.2024

5.10.24

Melodía

 Quisiera llegar a ti como tu música llega a mí en el instante preciso y precioso en que te nombro.

30.9.24

El ilusionista

 Érase una vez un mago vestido de gris. Gris era su traje, gris su camisa, su corbata era gris y hasta su maletín tenía grandes letras grises anunciando su profesión:

Un día, en la plaza pública del pueblo, el ilusionista gris dio una función y a ella acudieron los más grandes aficionados a la magia: los niños.
La función estaba resultando magnífica, todos aplaudían y lanzaban al aire alegres gritos de admiración. Pero el ilusionista quedó impresionado por los ojos de un niño que lo miró todo el tiempo fijamente sin tan siquiera esbozar una sonrisa. Al terminar el espectáculo el ilusionista se acercó a él y le preguntó: ¿por qué estás tan triste, no te gustó mi magia? Y el niño le contestó: "no sé, siempre soñé que la magia era de colores”.
Al día siguiente volvió el ilusionista a representar su función vestido de rojo y buscó entre el público al niño de la mirada triste. No lo encontró. Al día siguiente su traje fue azul, pero el niño no estaba. Y vistió el ilusionista todos los colores del arco iris, uno por uno, día tras día, con la esperanza de encontrar al niño sentado frente al escenario y arrancar de sus labios una sonrisa. Pero el niño no volvió.
Pasaron las semanas, los meses y los años, y un buen día apareció en la plaza del pueblo un bonito cartel con letras rojas, azules y amarillas anunciando un gran espectáculo de magia:

LA ILUSIÓN AL ALCANCE DE TU MANO.


La plaza se llenó esta vez también de niños y el ya viejo ilusionista apareció encima del escenario vestido con un deslumbrante y maravilloso traje de colores. De pronto, quedaron sus ojos clavados en la fila numero ocho y sintió un estremecimiento.  Allí estaba,  con la misma mirada perdida y triste de aquel niño decepcionado que ya era todo un hombre. Su gesto lo decía todo.

 “¡Oh...pero... si me vestí de colores por ti!”,  le dijo el ilusionista cuando acabó la función.

El hombre triste se encogió de hombros y le contestó al mago con una forzada sonrisa en los labios: “Si, pero ya no creo en la magia”, se dio la media vuelta y se alejó lentamente de la plaza.

Aún pudo escuchar a lo lejos la voz del esperanzado ilusionista: "¿entonces por qué volviste?”.


Publicado el 20/05/2010. Escrito antes de 2006.

23.9.24

Pregunta

¿Por qué no quiso que le acompañaras hasta el final del camino?


19.9.24

La caracola blanca

La caracola blanca,

el dorado almirez,

las viejas muñecas

los cuentos de mi niñez. 

Los rosales rojos que regué tantas veces

las margaritas que deshojé por ti

El tiempo lo robó todo

como me robará a mí.

(Escrito en 1988)

18.9.24

Pájaro

Qué más hubiera querido ser yo que pájaro para anidar en tu árbol aquella primavera.

16.9.24

Cartas

Leerte y escribirte fue la única forma que tuve de amarte.

9.9.24

Greguería

Para qué queremos el corazón si no es para darle vida.

30.8.24

Compartido

Si se trata del verbo compartir, hace falta alguien más. 

27.8.24

Final

Tienes que pensar en otro. Yo ya no tengo más palabras. Soy un libro acabado. 

24.8.24

Deforme

No es la locura la que hace ver la realidad de otra manera, es la realidad la que nos vuelve locos. 

23.8.24

Amor fantasma

—Menos sábanas y más pasión. Si seguimos así de sosos nos devolverán al cuerpo —le dijo ella mientras tendían la colada.


18.8.24

Del revés

Si tu corazón anda por las nubes y la cabeza permanece en la tierra, no tengo más remedio que pensar que estás del revés y que los pies se te debieron quedar en la luna llena de julio.

16.8.24

Aplicación

Abrió la aplicación, buscó su nombre y lo añadió a la lista de deseos: una sonrisa, un abrazo, un día.

15.8.24

La decisión

Recuerdo la magia de aquel tiempo en el que aún nos sentíamos jóvenes y eternos. Cuando ni la vida ni el cuerpo pesaban y cada velada era ocasión para celebrar la fiesta del amor. Nuestro ánimo entusiasmado se desbordaba anegando nuestra vida como un poema de mil versos encadenados. Ahora nuestra actitud pusilánime nos exaspera y provoca nuestra cólera. Pero no reaccionamos. No hay cambio. Solo cansancio. Cada vez más viejos, más huraños, más solos, más tristes. Está decidido, ha llegado nuestra hora. Esta tarde terminaremos con esta vida extenuada y a la sombra del olivo donde nos dimos nuestro primer beso escaparemos hacia el tiempo infinito.

12.8.24

Miguitas

Llegas a la verdad cuando recoges las miguitas que fue dejando la mentira.

10.8.24

Cercanía

Te echaré de menos cuando me vaya más lejos, aunque tu sigas en el mismo lugar.

7.8.24

Golosina

El mejor remedio para el alma es un poema con sabor a cañadú.

6.8.24

Ilusión

Nunca se había enamorado del alma de un poeta. Por las noches revivía sus versos.

5.8.24

La puerta



Hay puertas que cautivan; viejas puertas con historia. Esta lleva incrustada el olor a retama quemada y el aroma del pan recién sacadito del horno de la vieja panadería. 

Tras ella, aun se conservan los ecos de las voces de Mariana, su fundadora allá por 1905,  y de María, hermanas de mi bisabuela Remedios, mujeres, las tres, arrugaditas como pasas de tanto trabajar. Más tarde, los del maestro pala y de Emilia, una generación herida por la guerra,  y los de la risa floja de Lily,  que cogía un bollo "prestado" para dárselo a escondidas a Paquito. "Cosas de chiquillos" le decía el tío Salvador Chines a Miguel de Mariana cuando este les reñía. "¿Que más da un bollo más que menos, Miguel? ".

Pero Miguel vigilaba cada gramo de harina y así amasaba el futuro. Y encargaba a Emilia que estuviera atenta a su niña y no le perdiera ojo a sus trabajadores, que "a veces se distraen", decía Miguel. Ella procuraba cumplir, aunque otras veces hacia la vista gorda porque había gente que no podía comprar un pan blanco. Había escasez.

Muchos hombres acudían al alba a la explanada de la Ermita de Benajarafe, muy cerca de la panadería, día tras día, para entrar en una especie de subasta donde los escogían para trabajar hasta la puesta de sol.

"Tú y tú y tú, sí; los demás, otro día, que no hay trabajo para todos. Y tú, Antonio, a ver si te pasas por mi casa y me limpias la cuadra y la corraleta de los cochinos y ya más adelante habrá trabajo" decía el encargado del cortijo.

Menos mal que estaban las cabrillas, me contó mucho despues mi padre —Paquito el huérfano, le llamaban— y que la leche no faltó nunca ni en los Burgos, en casa de su abuela Remedios,  ni en Valle Niza, en casa de su tío Antonio, ni más tarde en casa de su tía María, en los Ruises, al lado de la panadería, que en todas estas casas estuvo viviendo de niño mi padre, siempre de un lado para otro,  como rifado. Tampoco faltaban los espárragos, ni los chumbos coloraos recién barridos y lavados. Ni el pan de habas casero, ni el café de cebada. Ni la alegría dentro de la tristeza por los lutos y la estrechez.

---------------

*Escrito en 2022. 



4.8.24

Travesía

Tú eres la luna, tienes que cruzar el cielo aunque la noche esté nublada y nadie te vea.

29.7.24

Cambios

Se levantó a las siete de la mañana, preparó el desayuno, llevó los hijos al colegio, limpió la casa, puso la lavadora, fue al mercado, tendió la ropa, hizo la comida, puso la mesa y la quitó, fregó los platos y los colocó en su sitio. Recogió la ropa, la planchó y la guardó en el ropero. Se tomó un cafe y encendió la tele. Decían algo de que las mujeres habían avanzado mucho en los últimos cuarenta años y se acordó de su abuela que se levantaba a las siete de la mañana, prendía la chimenea, molía la malta y servía el desayuno, hacía las camas, lavaba la ropa en el lebrillo de barro con el restregador de madera y el jabón verde y cambiaba el agua una y otra vez para enjuagar y venía la vecina y ayudaba a exprimir, retorciendo cada una por una punta las sábanas enrolladas, tendían la ropa juntas y luego cada cual a su casa a preparar la comida. Y después de comer fregaba los platos, los peroles y las sartenes. Y le daban las seis de la tarde ordenando y ya no podía más con su cuerpo cuando llegaba el hijo del campo y soltaba las botas en el escalón para que ella le quitara el estiércol de las suelas. Y le decía “qué hay de cenar hoy, que vengo muerto de hambre” y María se levantaba y se ponía a pelar papas y a sacar carne en aceite de la orza. Y comían en silencio, salvo cuando ella preguntaba:
—Abuela ¿mamá trabaja en el cielo tanto como tú?  
—No, hija mia, el cielo tiene esa ventaja, que ya no hay que doblar tanto el lomo. 
Y seguían cenando en silencio a la luz del quinqué.

27.7.24

Escrito al amanecer

La pastilla para evitar la ansiedad le tenía anulada la memoria de lo soñado. Pero aquella noche el sueño debió ser más intenso porque al despertar recordó el suave tacto de unas manos en las suyas. Era tan real que quiso darle un abrazo, pero su cuerpo se desvaneció. Durante todo el día le vino la sonrisa y el llanto a partes iguales porque estaba segura de que había soñado con el último amor de su vida.